Costes sumergidos.

Guerra del Vietnam. Estados Unidos sabe que va a perder la contienda, ya que todos los indicadores de referencia así lo demuestran. Sin embargo, se siguen gastando de la forma más estúpida posible grandes cantidades de dinero sin parar y lo que es peor, se siguen perdiendo múltiples vidas humanas. Finalmente, la situación es tan desastrosa que la guerra termina. El coste es descomunal. La pregunta es, ¿cómo pudieron los estrategas norteamericanos perseverar con una situación de la que sabían que no tenían salida? Por un concepto que en Economía de la Conducta que se llama “costes sumergidos”. Tenemos este problema cuando hemos realizado una gran inversión económica, emocional o temporal y vemos que las cosas no salen como queríamos, pero perseveramos. Y por no retirarnos a tiempo, la pérdida es cada vez mayor. Gigantesca. Sideral. Un caso particular se daría cuando el hecho de no afrontar un problema presente debido al coste que tiene hace que lo posterguemos.

Vamos a ilustrarlo con ejemplos. Supongamos un empresario que hace una gran inversión para abrir una nueva línea de negocio. Observa que los resultados no son  los esperados, y claro, le cuesta admitir el error. Se sigue y se sigue hasta que la pérdida es descomunal. En algunos casos, incluso ruinosa.

En este contexto merece la pena resaltar el concepto del método “Lean Startup”, creado por Eric Ries. Aunque esta idea lleva entre nosotros ya diez años, compañías de gran renombre como Amazon han comenzado a aplicarla recientemente. En esencia, es una pequeña variación de la idea de “prueba y error”. Se trata de ir realizando experimentos sencillos hasta dar con aquello que realmente desea o necesita un cliente. Posteriormente, se buscan soluciones. Estas comienzan por sencillos prototipos que van evolucionando hasta llegar al lanzamiento del producto final. Así se evitan los grandes costes de campañas agresivas de marketing de las que se desconoce el resultado.

No obstante, volvamos a los costes sumergidos hasta llegar a nuestras vidas particulares. Puede ser que nuestra situación de pareja no nos guste, sin embargo, la inversión temporal y emocional es tan grande que pese a los problemas que podamos tener, seguimos adelante. Lo mismo ocurre en trabajos que no nos satisfacen. Como es la empresa de siempre y nos sabemos hacer otra cosa, nos da pereza cambiar.

Un ejemplo sencillo y trivial que ilustra esta idea es una simple película de cine. Si llevamos media hora de sesión y estamos aburridos, lo más racional sería irnos de la sala y tomar un café o el aire. No lo hacemos, ya que en nuestra contabilidad mental hemos pagado una entrada para un mínimo de hora y media. Pero eso es una forma de ver la realidad. En verdad, lo que hemos hecho es pagar por la opción de ver la película entera. Visto así, nos costaría menos irnos, ¿verdad?

El caso del procés catalán se asocia claramente a este modelo. Indudablemente, el gobierno central jamás pensó que la cosa llegaría a estos límites. Pero los nacionalistas más moderados, tampoco. Para cuando sea dieron cuenta, habían ido demasiado lejos. Volver atrás era quitar el sentido a una estrategia que había durado muchos años. Ahora Cataluña se encuentra en una situación política estancada.

Estos días se habla de la posible moción de censura al gobierno de Rajoy o de la necesidad de realizar elecciones anticipadas. Está claro: cuando un político está amortizado para la opinión pública y  para los principales medios de comunicación, lo que debe hacer es una evidencia. Les criticamos con razón por que no se van, pero existe una componente humana: muchos puestos de personas de confianza dependen de ellos. Y en su mayoría, irían a la calle. Así está montado el tinglado.

Qué ha pasado? El PP ha tenido un problema asociado a los costes sumergidos. En lugar de combatir una estructura que fomentaba casos de corrupción, se han dedicado a dar patadas y más patadas hacia delante. Lo más sencillo era haber realizado una limpia y lavar la cara del partido, y no se hizo. Pasado el tiempo, el coste de afrontar la realidad es mayor. Cuando el presidente del Gobierno habla de “unos pocos casos aislados” o recordamos expresiones de políticos como Javier Arenas de que  “el PP y la corrupción son palabras incompatibles” nos reímos por no llorar. La imagen percibida por la sociedad es la de un partido que no está limpio en la que sus integrantes se dedican a mantener sus puestos y al sálvese quien pueda. Por supuesto, es injusto generalizar esta idea a todos los integrantes del PP, pero somos así.

La sentencia del caso Gurtel enseña lo que ocurre cuando no afrontamos los  costes sumergidos. Y es que ya lo decía la sabiduría popular: “llega Paco con las rebajas”.

Estimado lector, como persona que eres, puedes ocupar diferentes roles: padre, madre, hijo, trabajador, empresario, político….sea el tuyo el que sea, te vendrá bien realizar una introspección.

Todos tenemos algún coste sumergido en la vida.

 

Arboles, bosques.

Dice el dicho popular aquello de que “no dejes que los árboles te impidan ver  el bosque”. Esta frase tiene muchas interpretaciones; por ejemplo, podemos estar pasando un momento difícil y estar tan preocupados por un hecho concreto que no vemos los aspectos positivos en nuestra vida. De hecho, existe un método muy sencillo para aliviar preocupaciones. Basta ir hacia atrás y realizar al siguiente reflexión: ¿qué nos preocupaba hace diez años? A no ser que hayamos tenido un problema muy grave, ni lo recordamos. Es la vida: cuando recordamos nuestro pasado, creemos ser más felices de lo que realmente éramos ya que no tenemos en cuenta la incertidumbre de esos momentos.

En la vida real, existen muchos árboles que nos impiden tener una percepción más correcta de la realidad, que sería el bosque en el que vivimos. A nivel informativo, siempre hay algún tema central y todos los debates o  comentarios de los medios de comunicación y de las personas más próximas a nosotros pivotan alrededor de dicho tema. Los ejemplos abundan: puede ser la final de Champions, la moción de censura, la posibilidad de adelantar las elecciones, la hipotética reunión de Donald Trump con su “amigo” coreano o la igualdad de género. Y cuando no se sabe de lo que hablar, siempre está el procés. ¿Es eso lo más importante? Pues seguramente no. ¿Por qué no lanzar un debate sobre los problemas más preocupantes a los que nos enfrentamos como sociedad a medio o largo plazo?

Las posibilidades serían las siguientes: a medio plazo, la sostenibilidad demográfica ( en tres ámbitos fundamentales: las pensiones, la sanidad y la despoblación del medio rural) y el desempleo (muy relacionado con el sistema educativo y las estrategias público-privados que nos permitan competir en el mundo global del que formamos parte). A largo plazo, el cambio climático y cómo afrontar una situación en la que ya no hará falta que todo el mundo trabaje. ¿Cuál será el nuevo contrato social que necesitaremos? Lógicamente, no es esto lo que esperamos de nuestros representantes políticos. La mayor parte de las estrategias buscan traducirse en votos. No hay más.

Ahora bien, ¿por qué no volver a los bosques y a los árboles, pero a los de verdad? Podríamos comenzar por una paradoja: se están repoblando. Claro que en el Amazonas, que es lo primero que nos aparece en el imaginario colectivo, persisten los problemas de siempre. Pero  según las últimas estadísticas, las cosas están mejorando. Sorprendente, ¿no?

Hoy en día, nos hemos acostumbrado a estar conectados todas las horas del día. Y no me refiero sólo al móvil: en la vida familiar no es anómalo que cada uno esté “enganchado” a su pantalla particular: tablet, ordenador o televisión están siempre delante de nosotros. Lo decía el escritor  recientemente fallecido Philip Roth: “las pantallas han ganado”. Tiene razón: vayamos a una sala de espera y comparemos el número de personas pendientes del teléfono móvil con aquellos que están leyendo un libro, una revista o un periódico. Preocupante, ¿verdad?

Y sin embargo, nos alertan de que el estrés o las enfermedades mentales van a ser cada vez más comunes en nuestras vidas. Algo estamos haciendo mal. Y podemos aplicar los remedios habituales para estar bien: comer sano, hacer deporte, no fumar….ya se sabe, esas cosas que se repiten un día sí y otro también.  Es uno de los mayores absurdos: ¿cómo puede existir un mercado tan gigante asociado al bienestar cuando todos sabemos lo se debe hacer y no lo hacemos? Buda tenía razón: peor que no tener conocimiento es tener conocimiento y no aplicarlo.

En todo caso, ha aparecido una nueva solución para el estrés. Y algo tendrá, ya que las empresas están financiando estas terapias para sus trabajadores. Para comprender esta técnica, pensemos en un lugar donde se trabaje mucho. Un sitio donde incluso existe un nombre para las muertes por exceso de trabajo: Karoshi. Sí. Es el  país del sol naciente.

El Shinrin-Yoku es una técnica japonesa para poder estar mejor con nosotros mismos. Literalmente significa “baños de bosque”. No es muy difícil adivinar en qué consiste. Se trata de perderse entre los árboles, dejar flotar la mente, volar y por supuesto, desconectar el móvil  Se han comprobado estadísticamente aspectos que nos parecen intuitivos, por ejemplo, las personas que son tratadas en los hospitales se curan mucho mejor si  tienen vistas a los árboles en lugar de un bonito hormigón exterior.

Cuando paseamos y dejamos volar la mente, surgen pensamientos. Se nos ocurren ideas nuevas. Sonreímos. Nos recargamos de energía. Fluimos con lo que somos: naturaleza. Cambiamos de un mundo de pantallas otro de colores, verde y azul.

Bosques y árboles.

Cuidarlos es cuidarnos a nosotros mismos.

El gobierno verdadero

¡Por fin hay nuevo gobierno! ¡Un nuevo cambio se nos viene encima, por fin va a ser todo precioso y maravilloso! Para ver que todo va a ser diferente, comencemos por las pensiones. Se igualan a la inflación y ya está (aunque según el Tribunal de Cuentas las cuentas de la Seguridad Social estén quebradas pero bueno, eso son detalles sin importancia).

¿Es para tanto? No, claro que  no. Un indicador que evalúa la tendencia por adelantado de una economía es la prima de riesgo, es decir, la diferencia existente entre el tipo de interés de un país y el alemán, ya que está considerado el más seguro. Y en España, ha cambiado muy poco. En otras palabras, según los mercados financieros todo va a seguir igual. Simplemente hemos visto un pequeño cambio de cara, nada más que eso. Sí, claro que habrá alguna pequeña reforma, pero será cosmética. Al fin y al cabo, no hay dinero para más. Además, las paradojas son múltiples: el PSOE defendiendo el presupuesto de Montoro es la más curiosa. Cuando gobernaba el PP,  el adelanto de las elecciones era algo urgente. Para lo que mandan, resulta que  ahora ya no lo es. Aspectos que desde la oposición de ven de una forma, se ven de otra al llegar al poder. Es muy triste, ya que debido a eso la confianza en las palabras de los políticos es cero. En este contexto,  es pertinente recordar un artículo de Ignacio Marco Gardoqui (Diario de Navarra del 28 de marzo): “el discurso de Pedro Sánchez es increíble. Asegura que cumplirá con Bruselas, eliminará recortes, atenderá todas las demandas sociales y promoverá la actividad económica. Si no le dan el Premio Nobel de Economía y el Oscar a la Magia es que no hay justicia”. El texto se comenta por sí solo.

Además, el margen de acción desde el Gobierno Central es muy bajo: la mayor parte de los gastos están comprometidos. Lo más influyente es el Gobierno regional (en Navarra tenemos un buen ejemplo de ello: la subida de impuestos, el plan de “amabilización”, los criterios para superar oposiciones o las obras de Pïo XII afectan a muchas personas) y Bruselas. Ahí donde se encuentran esos “hombres de negro” que vigilan de forma inmisericorde el cumplimiento de las cuentas.

En el mundo empresarial, es habitual endeudarse al comienzo de la actividad económica o cuando se va a realizar una inversión. Se espera que los retornos futuros compensen el gasto adicional actual. En este sentido, el papel de las finanzas en el mundo ha sido fundamental: esa es una de las claves del gran desarrollo del capitalismo, tener la posibilidad de comprar algo sin tener recursos económicos presentes para ello.

Según la teoría económica, los gobiernos deben gastan más de lo que ingresan cuando la economía va mal. Así se impulsa actividad y dinamismo a la economía compensando el gasto público realizado y además se suavizan los efectos de una hipotética recesión. Es el llamado “efecto multiplicador” Por otro lado, cuando la economía va bien lo adecuado es gastar menos de lo que se ingresa. Así ahorramos para cuando lleguen tiempos peores. Las vacas flacas y las vacas gordas.

Pero eso es la teoría. Hoy en día, las necesidades sociales son tan enormes que si la economía va bien los gobiernos gastan mucho, y si va mal gustan muchísimo. No es una perspectiva sostenible en el tiempo, pero claro, ¿quién va a ser el gobernante que vaya a contar la verdad si su puesto depende de la percepción que tenga el votante de la economía?

Antes de entrar en el euro, España también tenía desequilibrios presupuestarios. Pero siempre se arreglaban devaluando la peseta. Hay una forma muy sencilla de hacerlo: aumentando el gasto público o la cantidad de dinero en circulación. Así logramos introducir inflación en el sistema (explicaba recientemente en otro artículo  mi compañero Carlos Medrano como eso reduce la deuda), lo cual nos lleva a una devaluación inmediata. En esa época había ministros navarros en el Gobierno: recordemos las célebres devaluaciones de Carlos Solchaga (1.992).

En esos tiempos éramos muy pobres en términos relativos: no se podía salir de vacaciones fuera (hoy nos podemos ir tranquilamente un fin de semana a Berlín) y los productos importados eran mucho más caros (con lo cual la alta tecnología o los bienes de grandes prestaciones no eran accesibles para la clase media; hoy todos tenemos teléfonos móviles alucinantes).

Como bien lo saben en Grecia, se trata de una elección. Primera posibilidad, salirnos del euro. Consecuencia inmediata, devaluación de la moneda, y ya hemos analizado lo que pasa. Segunda posibilidad, cumplir unos mínimos rigores presupuestarios, aunque eso suponga dar una patada constante hacia adelante al entrar en una dinámica de déficit perpetuo y obedecer a quien realmente manda, al gobierno verdadero.

Es una simple moneda.

Es el gobierno del Euro.

Del discurso al hecho.

“Yes, we can”, “América primero”, “fuera la casta” son eslóganes que hemos oído muchas veces en recientes procesos electorales. Es más: todos sabemos a quién pertenecen, ¿verdad?

Sí, un mensaje corto y directo puede ser un instrumento poderoso para ganar votos, y los hechos así lo demuestran. Ahora bien, ¿qué podemos decir de los discursos? Nadie puede discutir el nivel retórico de Barack Obama. Ahora bien, ¿es compatible con sus hechos posteriores? Sin desmerecer su legado, es indudable que sus discursos están por encima de sus hechos. Es más, recibió el Premio Nobel de la Paz más por intenciones que por resultados.  Siempre ha sido así, hablar muy bien no es equivalente a gestionar al mismo nivel.

Si un político actual es capaz de realizar discursos memorables este es Emmanuel Macron. Su antítesis vive en una casa blanca, y su nombre es Donald. Sin embargo, podemos indicar un contraste enorme; de momento, el primero ha cumplido  menos promesas que el segundo. Aunque no nos gusten las cosas que dice, las hace.

Muchas de las promesas electorales que escuchamos no cristalizan. Ahora bien, ¿a qué es debido? Hay tres posibilidades. Uno, son simples trolas. Dos, el candidato tiene un desconocimiento enorme de la realidad e ignora que muchas de las cosas que dice no se pueden cumplir. Tres, existen unas barreras más fuertes de lo que se pensaba a priori que impiden la realización de la promesa. Las barreras, además de las presupuestarias, son de dos tipos. En primer lugar, las  jurídicas. Pueden ser debidas a los contrapesos del sistema o a que simplemente existe algún organismo superior, como puede ser la Unión Europea, que tiene la potestad sobre el asunto tratado. No obstante, existen obstáculos superiores. Están formados por los grupos de interés que salen perdiendo, aunque sea a costa de que gane el resto de la sociedad. Conforme más organizados estén y mejor sepan vender su relato, más fuerza tienen. Pensemos en asuntos como los estibadores en España o los trenes en Francia. Medidas razonables para reducir unos privilegios que el resto de trabajadores no pueden lograr ni en sueños han originado unos niveles de resistencia descomunales. Sí, la realidad es compleja. Pero se entiende mejor si conocemos las razones por las que nos movemos los seres humanos: simples incentivos. Los más importantes, los que afectan a la parte más sensible del cuerpo humano, que es el bolsillo.

Estos incentivos hacen que sea complicado mejorar la gobernanza de la Unión Europea. Hay consenso en tres ideas. Uno, excesiva burocracia. Dos, necesidad de profundizar en las reformas. Tres, explicar a la población para qué sirve la Unión y las ventajas que genera a todos los ciudadanos.

¿Cuáles son las barreras? En el primer caso, los grupos de personas que viven de la burocracia (es difícil que alguien entienda algo si su sueldo depende de que no lo entienda) desean seguir en sus puestos. Ejemplo, el Parlamento Europeo.  Dos, los intereses espurios de los gobernantes y la ventaja que supone poder echar la culpa a alguien si algo va mal. En este sentido, la Unión Europea es el chivo expiatorio ideal Tres, dejadez de las instituciones para explicar las ventajas de la Unión. Aspectos como la PAC (política agraria común), las políticas de cohesión para mantener el equilibrio territorial y económico, el programa Erasmus de intercambio de estudiantes o la facilidad para movernos entre los países de la Unión son muy positivos y no hace tanto tiempo eran inimaginables.

Por otro lado, las personas también tenemos el mismo problema, aunque las razones de las divergencias entre discurso y hecho son distintas. Tenemos nuestros “discursos internos” (tienes que perder peso) y los “hechos externos” (nos cuesta aguantarnos al ver un delicioso pastel). Los discursos para los demás (quiero cambiarme de trabajo) y el hecho real (¿dónde puedo buscar uno?). Y la inconsistencia entre lo que pedimos a los demás y lo que hacemos nosotros, que se traduce, principalmente, en sobrevalorar los errores de los demás (“este persona es una dejada”) y en infravalorar los nuestros (“tampoco tenía tanta importancia”).

Si tenemos todos estos condicionantes presentes podemos ser más comprensivos y exigentes con  las  promesas de otros (sean de un político, un empresario o un presidente de una sociedad) y con nuestras promesas personales, esas que al no cumplirlas impiden nuestro desarrollo humano generándonos inquietud y malestar interno.

Pocas cosas dan más satisfacción personal que ser consecuentes entre nuestros pensamientos, palabras y hechos. ¿Por qué no intentarlo?

Para hacerlo, podemos usar recomendaciones extraídas de discursos memorables. Un buen comienzo es probar la siguiente, de Macron, cuando argumentaba la necesidad de cumplir sus reformas: “No hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Lo que ocurre es que hemos vivido al margen de nuestra realidad”.

¿Por qué no crear la nuestra propia?

 

Reputación.

Dos de las personas de las que más se ha hablado durante las últimas semanas han sido Cristina Cifuentes y la reina Letizia. En el primer caso, se ha hecho famoso el máster. Y dentro de lo malo, ha generado un efecto colateral positivo: muchos políticos se han dedicado a “ajustar” sus currículums. Por desgracia, el uso de la mentira para lograr diferentes objetivos está muy extendido en nuestra sociedad, ya que “todo el mundo lo hace”. Existen culturas que no soportan la mentira bajo ningún concepto, pero eso es una historia que merece ser contada en otro momento. Volviendo a Letizia, en el segundo caso estaba el tema de las relaciones “reales” que existen dentro de la familia Real.

¿Por qué estos aspectos son tan graves? Muy sencillo. Dañan la reputación de las dos personas. Y nada hay más difícil de recuperar que la reputación perdida. Un ejemplo sencillo lo proporciona la antigua presidenta de la comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, cuando después de una infracción de tráfico dejó a la autoridad con un palmo de narices y se escapó como si fuese una simple delincuente. Sí, después se puede decir lo que se quiera a la prensa. Lo visto, visto está. Y eso no tiene vuelta atrás. Además, Aguirre está también marcada por las graves acusaciones de corrupción a las que se ha visto sometido el PP de Madrid. Su reputación no está muy alta, no. (Una curiosidad. En los tiempos de gloria de la comunidad, había un programa de televisión llamado “espejo de lo que somos”; si jugamos con las palabras queda espe j… lo que somos. Por supuesto, el programa cambió su nombre).

El rey emérito perdió gran parte de su reputación después de la caída que tuvo cuando estaba de cacería por Africa. Las personas tendemos a tener reducida la información relacionada con las personas que conocemos, de forma que los podemos resumir en unas pocas palabras: “simpático, agradable, buena o mala persona, etc”. ¿Qué ocurre aquí? Antes se veía al rey como la persona que evitó el golpe de Estado del 23f. Con esa referencia, las cosas buenas se exageran, las negativas se minimizan. No obstante, si el hecho principal es negativo, ocurre lo contrario. Las cosas positivas se minimizan, las negativas se exageran. Así, la imagen del rey emérito es la de un vividor que le ha hecho pasar a su esposa Sofía una vida que no es precisamente de cuento de hadas.

Obviamente, no es intención de estas líneas difundir uno u otro relato sobre las personas que aparecen en el mismo, no. Las ideas principales son dos. Primero, la reputación perdida tiene una reparación muy difícil y compleja. Dos, personas con problemas de reputación tienen una visión por parte de los demás extremadamente negativa, ya que asociamos la persona al hecho. Así, Cristina es “la del máster”  y Letizia es tan antipática que “no deja ni que la abuela se saque una foto con sus nietas”.

Esto nos enseña que a nivel de comportamiento humano debemos ser muy cuidadosos con aspectos que pongan en riesgo nuestra reputación. Se puede fracasar en un negocio, en una relación de pareja o en una competición. Es lógico y normal. Pero ir bebido con el coche y atropellar a alguien, por, ejemplo, tiene un difícil arreglo posible. Es así. Por lo tanto, cuidado. Nos podremos dejar llevar en muchos aspectos de la vida cotidiana, pero existe una regla sagrada. No hacer nada que manche nuestra reputación.

¿Y las instituciones? ¿Cómo está la reputación de las mismas? Es claro que confiamos más en los servicios sanitarios que en los políticos, ¿no? ¿A qué se debe? ¿Qué organismos tienen una mejor o peor reputación?

Por desgracia, los incentivos de la política muchas veces no son los más adecuados para generar bienestar social, como han mostrado múltiples estudios. Uno de esos incentivos es influir en diferentes organismos, públicos o privados. Y mientras que todos tenemos la imagen de la justicia politizada, no ocurre eso con la sanidad. A nivel universitario, se han generado dudas, ya que en Madrid existen centros que están asociados a diferentes opciones políticas, y eso no es precisamente ejemplar. El tiempo dará y quitará razones, pero es seguro que todas las mejoras tecnológicas que llevan aparejadas transparencia se usarán para evitar más falsedades en el futuro.

En este escenario, la batalla por el relato importa. Pensemos en la Iglesia. ¿Cuál es su reputación? Para unos, se aprovechan de las ayudas del Estado y de leyes que les benefician para mantener sus privilegios y prebendas. Para otros, hacen una labor social y religiosa inigualable: las valoraciones de términos del PIB acerca de actividades de ayuda a los necesitados son enormes.

Esto nos enseña que en términos de reputación, como tantas otras cosas en la vida, es fundamental explicar bien lo que hacemos.

Otras economías para vivir mejor.

Este fin de semana se celebra la sexta feria de economía solidaria. Organizada por la Red de Economía Alternativa y Solidaria de Navarra (REAS), busca proponer ideas de consumo y economía basadas en principios éticos. ¿Es eso posible? ¿O bien vivimos en un único país que es nuestro planeta, en el que no tenemos ningún margen para hacer un mundo mejor? ¿Existen otras economías posibles?

Para responder a estas preguntas, comenzamos recordando los principios en los que se basa la teoría económica actual. Es conocido que la economía trata del “uso de recursos escasos en un mundo de múltiples necesidades e infinitos deseos”. Para ello, nos proporciona instrumentos como la teoría del consumidor, del productor o los mercados para aprender a tomar mejores decisiones. No se puede negar la utilidad de muchos de los conceptos que se enseñan en los colegios o facultades, pero todos ellos están basados en la racionalidad de las personas (lo cual, según demuestra la evidencia empírica, es más que dudoso) o en la consecución objetivos claros y determinados. Por ejemplo, las empresas sólo buscan maximizar beneficios o los individuos quieren la mayor felicidad posible, lo cual se logra, obviamente, consumiendo cada vez más. De premisas dudosas no pueden salir conclusiones fiables.

En todo caso, ¿qué ven nuestros ojos? Algo muy sencillo: el sistema económico genera tres grandes desequilibrios. El primero, con nuestro planeta. El cambio climático, la contaminación de los mares o la pérdida de biodiversidad son ejemplos claros. El segundo, con la sociedad. Aunque los indicadores económicos no son malos, la realidad de cada persona es un concepto diferente. Por primera vez, se puede ser trabajador y pobre a la vez. Muchas personas (parados de larga duración, jóvenes con escasa formación) no tienen ningún tipo de expectativas. Ojo, que no todo es negativo. Pero estos dos aspectos son muy preocupantes. Falta el tercer desequilibrio, y viene dado por el enorme peso que tiene el sistema financiero. ¿Cómo puede ser que el peso de los derivados financieros sea al menos diez veces superior al del Producto Interior Bruto mundial? ¿Cómo puede ser que un banco mal gestionado pueda hundir toda la economía?

Por todas estas razones, algo se mueve. Aparecen otras formas de ver la realidad que merecen ser destacadas. Vamos con ellas.

La Bioeconomía (su autor de referencia es René Passet) busca integrar la naturaleza con la actividad humana guardando un necesario equilibrio entre ellas. Se puede considerar un caso particular de la misma la Economía Azul, la cual busca generar de forma sostenible negocios a partir de ecosistemas. Uno de sus apóstoles, Gunter Pauli, estima que se pueden generar a partir de la misma 300 millones de empleos.

La economía del bien común, de Christian Falber, lleva años entre nosotros. Se trata de que orientar las actividades no sólo a la consecución de beneficios: bajo ningún concepto se debe olvidar que lo más importante es la mejora de todos los seres humanos. Así, se trata de buscar lo más positivo para todos. Los partidarios de la economía circular (una idea semejante la da la “economía de la rosquilla o del donuts”)  por otro lado, piensan en un ciclo de producción que de una mayor importancia al uso de los recursos y los deshechos. Los primeros se deben extraer de forma sostenible, los segundos se deben reciclar de forma ordenada. Ya no es sólo la contaminación, es el sentido común. Pensemos en las bolsas de plástico. La cantidad de dinero que se gasta una pequeña tienda de ultramarinos supera de largo los mil euros.

Para responder a todas estas tendencias, un economista tradicional nos diría que el mercado las arregla por sí mismas. Por ejemplo, la Responsabilidad Social Corporativa (RSC), evalúa la relación de una empresa con sus trabajadores, la sociedad y el medio natural. Además, los retos son otros. Vivimos en una economía digital en el que la información no deja de fluir. Eso otorga un poder descomunal a los que controlan y saben manejar datos (dataísmo) y genera un gran desarrollo de algoritmos. Si a eso le añadimos cuestiones como la economía colaborativa o el desarrollo tecnológico, que no nos vengan con milongas. Es prioritario gestionar todos estos  retos.

Sea de una u otra forma, siempre es bueno conocer alternativas económicas. Nos ayudan a comprender mejor el mundo y a tomar mejores decisiones. Nos recuerdan que a veces una compra influye más que un voto. También nos dicen que nuestros actos son fundamentales. ¿Reciclamos? ¿Cómo nos trasladamos, en bici, andando o transporte público? ¿Qué tipo de entretenimiento es el que más nos gusta? ¿Cine, teatro, bar o peli de vídeo? ¿Dónde y cómo nos vamos de vacaciones? ¿Usamos bolsas de plástico?

Sí, es cierto. Todo lo que hacemos influye en el mundo. ¿Todo? Todo.

Desde una simple compra hasta una amplia sonrisa.

 

 

Numerati.

 

“Nos están vigilando. Una llamada en el móvil, un pago con tarjeta de crédito, un clic en Internet…..Toda esta información resulta insignificante por separado, pero agrupada revela incluso nuestros secretos más inconfesables”. Es lo que se lee en el libro de Stephen Baker “Numerati”, cuya tesis principal es que existe una élite de matemáticos que manipula nuestra información. Lo curioso es que no es un libro reciente: la edición es del año 2.009. Y desde luego, toda esta historia está relacionada con el escándalo que ha protagonizado Facebook, al descubrirse que datos de 50 millones de personas se filtraron a una empresa llamada Cambridge Analytics, la cual ha sido una de las principales proveedoras de datos para las campañas a favor del Brexit y de Donald Trump.

Alexander Kogan es el creador de la empresa GRS con idea de realizar un estudio psicológico para 270.000 personas con idea de trasladarlo a la Cambridge Analytics. Hasta ahí, todo normal. Pero cuando se el resto de datos se traspasan sin tener el consentimiento de esas personas, tenemos problemas. Cuando Facebook no hace nada para corregir el problema, la cosa se agiganta. Y cuando se pueden aprovechar esos datos para influir en las campañas electorales, tenemos ya un problema de magnitudes estratosféricas.

Si bien este último matiz es el que se va a investigar ahora, podemos pensar en cómo se puede aprovechar esta información para ganar votos. Parece difícil, ¿no? Pues no.

La mayor parte de las campañas electorales giran alrededor de unos pocos asuntos. Los retos que debe superar un Estado son enormes, y la información para tomar una decisión de voto adecuada es gigantesca (por esa razón existen algoritmos que realizan cuestionarios a personas a partir de los cuales se puede elegir el voto en términos “racionales”). Por lo tanto, está claro. Vamos a focalizar la campaña en un asunto sensible y a partir de ahí dejemos un mensaje claro, sencillo y conciso que sea lo que la mayor parte de la gente desee. Divertido, ¿no?

El caso extremo es el “procés” catalán. ¿Se votan políticas? No. Sólo hay un asunto: derecho a decidir. Punto. El resto del programa electoral es simple papel mojado. Se acabó. Recientemente se ha abierto el debate de la prisión permanente revisable. ¿Es tan importante para la sociedad? Claro que no. Sin embargo, lograr una politización perfecta de un asunto es decir: “votar a este partido es decir sí o no, según el caso,  a la prisión permanente revisable”. Famosa es la estrategia de Felipe González en el año 1.993, cuando asoció que votar el PP podía suponer el fin de las pensiones. Cuando ese mensaje cala, se ganan muchos votos.

En el caso del Brexit, tenemos un ejemplo claro: el sistema sanitario. Las encuestas demuestran que es un tema sensible, debido al aumento de las listas de espera y el colapso de los hospitales. Mensaje sencillo: “como pagamos de más si nos vamos de la Unión Europea ganaremos millones de libras que ayudarán a mejorar nuestro sistema”. Asunto solucionado. Estados Unidos, Donald Trump. El peculiar sistema electoral norteamericano (cada Estado se lleva todos los delegados del partido que gana, aunque sea por un único voto) hace que las elecciones se decidan en unos pocos Estados. ¿Cuáles son los temas más sensibles allí? Se trabajan y punto. Uno de esos casos es Florida. Obama realizó cambios en la política de inmigración que enfurecieron a la comunidad cubana de la zona. Ya tenemos tema sensible. Se machaca a tope y asunto arreglado. Trump gana un Estado decisivo.

Veamos un caso acerca del efecto de este tipo de mensajes que afecta a España. Se trata de analizar el fenómeno de forma objetiva, sin valorar quién puede tener razón. Cuando el PP comenta que las pensiones van a subir un 0,25%, millones de personas salen a la calle. Cuando el PSOE de Zapatero anuncia el retraso de la edad de jubilación a los 67 años (lo cual supone quitar el ¡¡100%!! de las pensiones durante dos años seguidos) no pasa nada. ¿Cómo puede ser? Dejando un mensaje claro y divulgándolo por todas las formas posibles.

Entonces, ¿tanta importancia tiene el manejo de los datos? Sí. Somos muy predecibles: con un 90% de probabilidad se puede saber lo que va a hacer una persona dentro de un año. Y es que la mejor forma de predecir el futuro es ver el pasado: tendemos a quedarnos más o menos igual, aunque en cenas con unas copitas tengamos planes maravillosos de futuro. De hecho, uno de los mejores inversores españoles (Cabiedes) dice que no se preocupa de ver las prospectivas futuras; le basta ver los números pasados.

Sí. Estas empresas tienen un poder semejante al de la NSA, la agencia de seguridad nacional norteamericana. Su lema es el siguiente: “confiamos en Dios. De las personas nos ocupamos nosotros”.

El hábito de copiar.

Vaya con el famoso Máster, la que se ha montado…que si trato de favor, que si una firma por aquí, una presentación por allá, no pasa nada por no ir a clase ya que se debe tener en cuenta la situación personal de cada uno, una simpática filtración y una carrera política que se tambalea. Son las trampas que tan se hacen a menudo en el mundo de la educación. Ahora bien, ¿son comunes? ¿Sólo hacen trampas los alumnos? ¿Las hacen también los profesores? Un debate, sin duda, muy sabroso.

La trampa por excelencia del alumno es copiar. La de un profesor, exagerar su currículum (bueno, de cualquier particular). ¿Cómo se puede controlar eso?

La respuesta desde el ámbito de la economía es trivial: con incentivos adecuados. En algunas universidades, en especial en el ámbito anglosajón, los alumnos hacen exámenes sin vigilante alguno. Nadie se atreve a copiar. ¿Cuál es la razón? Si por lo que sea le descubren a alguien, expulsado de la carrera y el castigo es semejante a un delito: puede ser que no pueda estudiar en ningún otro centro un grado. Cualquiera se atreve, ¿no?

Desde el ámbito docente ocurre lo mismo. Volvemos al mundo anglosajón. Si un profesor acude a un congreso, no es necesario ningún justificante. Basta añadir el congreso a su currículum. ¿Por qué no engordan sin parar sus títulos? La razón es igual que la anterior: si algún dato es falso, su carrera profesional ha terminado.

Eso no es lo que ocurre por estas tierras. Es famoso el caso de un alto cargo de un partido al que se le comenzó a investigar la veracidad de sus méritos. Parece ser que sólo era cierto un curso de guitarra. ¿Exagerado? Quizás. Pero ilustra el ejemplo.

¿Quién no ha copiado nunca en un examen? ¿Se siguen llevando “chuletas” a los exámenes? Algo siempre se lleva, pero está más de moda lo que se denomina el “dopaje tecnológico”. Hay calculadoras que tienen posibilidades asombrosas, por ejemplo, llevar un pequeño resumen de lo que cae en el examen integrado. Normal, muchos de estos artilugios son ordenadores en miniatura. Existen más posibilidades, y en este caso no me refiero al célebre “pinganillo”. Si además de pagar con el teléfono móvil ya se puede pagar con el reloj, ¿por qué no usarlo como apoyo logístico para el examen? Incluso existen empresas que ofrecen soluciones tecnológicas para poder copiar.

Es difícil solucionar eso, sí. Una posibilidad es que los alumnos pasen unos controles semejantes a los de los aeropuertos. Más extremo sería que vayan en bañador a los exámenes. Como opciones, es más útil dejar el tiempo justo, hacer preguntas abiertas o responder a cuestiones para las que sea indispensable haber acudido con regularidad a clase o tener algún trabajo terminado.

Pero claro, el trabajo también puede haber sido copiado. Es increíble cómo se crean diferentes mercados. Por ejemplo, un trabajo de fin de grado puede costar unos 600 euros, y una tesis doctoral 3.000. Existen personas especializadas en ello. Parece algo muy complicado ya que Google permite, entres sus opciones, analizar trabajos académicos relacionados con un tema determinado.            Pero así son las cosas.

Y los profesores, ¿copian? No tanto. Es famoso un dicho por el cual copiar a una persona es plagio, y copiar a muchos autores es una tesis doctoral. Tiene también su razón de ser: en el primer caso te aprovechas sólo de un trabajo, en el segundo se recopila material. No obstante, no vale con la capacidad de síntesis. La creatividad y el nivel de la investigación deben valorarse también.

En el ámbito científico y tecnológico, la copia está penalizada y la originalidad se protege mediante derechos de autor o patentes. Pero es curioso cómo la cultura afecta al hecho de copiar: para los chinos, un descubrimiento debe ser compartido por la comunidad para beneficiarse del mismo. Nuestra sociedad, más individualista, no lo ve así. Esto nos lleva a un problema global: en un mundo completamente interconectado, son necesarias reglas de propiedad intelectual, digitales o financieras comunes para todos. ¿Cómo se podría hacer eso? Es uno de los mayores retos de nuestro tiempo.

Volviendo al asunto inicial, ¿cómo evitar lo que ha ocurrido? ¿Son las universidades de fiar? En general, sí. Además tal y como ha quedado demostrado en el asunto del Máster siempre se puede filtrar alguna mala práctica. En este aspecto, podemos ser optimistas. Una de las ventajas de las nuevas tecnologías es que van a permitir, con el tiempo, una transparencia cada vez mayor.

Pero uno de sus aparentes desventajas es que permiten copiar con más facilidad: libros, apuntes, temas musicales o películas se piratean a menudo. No obstante, no todo es tan oscuro. Las copias comienzan a remitir. ¿No es acaso Uber una copia de un taxi? Pues los precios ya se están igualando. Son las cosas del mercado y de la regulación.

EL MINISTERIO DEL FUTURO (1): DONDE EMPRENDER.

11 de enero, 19 horas, Civivox Iturrama.

Desde Kratos (asociación que busca promover el pensamiento crítico y la responsabilidad individual de las personas respecto de la sociedad en la que vivimos usando como medio para ello artículos de divulgación, charlas, conferencias y reuniones de personas de diferentes ámbitos económicos y sociales para generar así nuevos comportamientos que nos permitan construir un mundo mejor) hemos creado el Ministerio del Futuro para analizar temas que se deben abordar a largo plazo. En este caso, destaca el caso del emprendimiento, ligeramente olvidado debido a la recuperación económica. ¿Es una salida útil? ¿Qué podemos hacer? ¿Es la solución a las elevadas tasas de desempleo? Buscamos las siguientes respuestas.

1.- Medidas que se pueden tomar a nivel público distinguiendo entre ayuntamientos, comunidades autónomas, gobierno central y Unión Europea.

2.- Tipos de estudios y formación que nos ayudan a buscar trabajo.

3.- Financiación adecuada para proyectos de emprendimiento; cuál puede ser.

4.- Cómo fomentar estas ideas desde nuestro microcosmos particular: patrones de comportamiento, de  consumo y de inversión.

5.- Mecanismos para que la inversión en educación que realizamos en Navarra no se aproveche fuera.

            Para ello vamos a realizar una mesa redonda el próximo jueves 11 de enero a las 19 horas en el Civivox de Iturrama  Leyre Ancín (coordinadora de Ideas For en Navarra, asociación que se dedica, entre otras cosas, a recopilar la experiencia de jóvenes que han emigrado para poder buscar trabajo), Amaya Erro (doctora y profesora en la UPNA, exdirectora de la cámara de comercio, ha trabajado en la ventanilla única de creación de empresas), José Félix García (doble premio nacional de fin de carrera, exdirector de servicio del Gobierno de Navarra en el ámbito de emprendimiento) y Gonzalo Soto (responsable línea Inicia de emprendedores de Caja Rural para el País Vasco, Navarra y La Rioja); todo ello moderado por Javier Otazu, que hará una pequeña presentación previa..

Nos gustaría contar con tu colaboración acudiendo al debate y proponiendo ideas en el mismo (también las puedes enviar al correo javi.otazu.ojer@gmail.com). Si lo deseas, recibirás un informe con un resumen de todo lo debatido. Muchas gracias.

KRATOS.

Derecho a la cultura financiera.

Derecho a la cultura financiera.

La mayor parte de las personas va a pedir algún préstamo en su vida, generalmente para comprar un piso, aunque hay otras posibilidades: un coche, la apertura de un pequeño negocio, o la compra a plazos de un artículo, por ejemplo. Por otro lado, hay temporadas en las que podemos ahorrar, por lo que se nos abre un abanico de posibilidades: lo dejo en la cuenta corriente, hago un plazo fijo, compro deuda pública, cancelo un préstamo, entro en bolsa, quizás un fondo de inversión….
Cuando estamos en alguno de esos momentos, por los que la práctica totalidad de la población habrá pasado o va a pasar alguna vez, aparecen términos como la TAE, el tipo de interés nominal, el Euribor, la inflación, la fiscalidad, el riesgo soberano, la prima de riesgo, el mercado primario o secundario, las agencias de Rating, o el cálculo de la cuota del préstamo, entre otros.
¿Qué es necesario para tomar la decisión más adecuada (o por lo menos para no perderse) en estos escenarios? Cultura financiera. ¿Estamos suficientemente preparados para afrontar decisiones relacionadas con nuestras necesidades financieras o nuestros ahorros? Creemos que la mayor parte de la población no lo está.
Se han hecho múltiples sondeos en los países de la OCDE en los que se demuestran unos conocimientos ridículos de cultura financiera. Pero es que todavía hay más: estos problemas no sólo afectan a la población general. Muchas personas que gestionan nuestros ahorros tampoco están suficientemente preparadas. De hecho, deben afrontar una prueba de conocimientos a lo largo de este año 2.017 que demuestre un nivel adecuado al amparo de la directiva MiFID II, que se trata de un marco normativo que entra en vigor en el año 2.018.
Por poner algunos ejemplos, si uno de nosotros se plantea realizar una inversión, debe conocer las características de los activos, que son tres desde el punto de vista financiero: rentabilidad, riesgo y liquidez. Vamos a definirlas a partir de tres preguntas. ¿Cuánto dinero voy a recibir a lo largo del año por cada euro invertido teniendo en cuenta, por supuesto, los ajustes fiscales y la inflación? Eso es la rentabilidad. ¿Cuál es la probabilidad que tengo de recibir el dinero acordado? Eso es el riesgo. Y por último, ¿puede vender mi activo financiero con facilidad sin tener unas grandes pérdidas? Eso es la liquidez. Y existe la siguiente relación entre estos conceptos: obtendremos mayor rentabilidad con mayor riesgo y/o menor liquidez.
Por ejemplo, un bono del Estado va a tener una rentabilidad baja, ya que el riesgo de impago es bajo al estar garantizados por el Estado. En este caso, la liquidez es alta. Pero claro, si en vez de un bono del estado preferimos un plazo fijo pues la cosa cambia, como también es diferente si nos decantamos por un fondo de inversión o por invertir en bolsa.
Por otra parte, si pedimos un préstamo, lo importante no es el tipo de interés nominal que nos ofrece la entidad. Lo fundamental es el TAE, al ser un interés que tiene en cuenta otros gastos asociados al préstamo, como las comisiones, impuestos, tasaciones o primas de seguro obligatorias en la oferta que nos hace el banco. Además, tendremos que elegir el plazo a devolver el préstamo, y posiblemente nos ofrezcan contratarlo a tipo fijo o a tipo variable, en cuyo caso deberíamos saber qué es el Euribor y cómo se calcula. Y si pasado un tiempo tengo unos ahorros, ¿amortizo algo? Y si es así, ¿reduzco cuota o plazo?
Puede parecer un lío de conceptos, pero creemos que no lo es. Lo que sucede es que no hemos sido formados en esta materia, lo cual es incomprensible al ser operaciones totalmente habituales de casi toda la población.
Por otro lado, la cultura financiera es fundamental para comprender, exigir y ser más crítico con las políticas económicas del gobierno. Estos días se ha hecho público que se han perdido ¡¡40.000 millones de euros!! del rescate bancario. ¿Dónde han ido? ¿Cómo se van a pagar? Todavía hay más. Pese a que se habla de políticas restrictivas, se sigue gastando más de lo que se ingresa. Eso implica un endeudamiento por parte del Estado que ya supera el PIB (un billón de euros). Los gastos en intereses por persona en España son de unos 700 euros. ¿Es eso sostenible? ¿Qué va a ocurrir cuándo los tipos de interés comiencen a subir? Todavía hay más. El BCE (banco central europeo) está inyectando en la zona euro cada mes 60.000 millones de euros en su conocida política llamada QE. ¿Dónde va a parar ese dinero? ¿Cuánto tiempo van a durar esas políticas? Todavía hay más. Los paraísos fiscales. El BPI (banco de pagos internacionales) que tiene una gran influencia en la sombra. La creación de un sistema financiero alternativo en Asia (BAII).
Rotundamente sí. Necesitamos cultura financiera (y es nuestro derecho).
Javier Otazu Ojer. Profesor de Economía de la UNED.
José Félix García Tinoco. Premio Nacional de Fin de Carrera en Empresariales y en ADE