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Precio y valor: salud, economía y hepatitis C

Actualmente la visión del mundo moderno se caracteriza por la influencia de los aspectos técnicos y económicos sobre los humanitarios. La sanidad no ha podido escapar a esta corriente y, desde hace tiempo, comienza a priorizar las finanzas y los rendimientos al más puro estilo de una empresa del sector servicios. La valoración mercantilista del quehacer médico, traducida a veces de manera oblicua y exclusiva como “gasto en salud”, viene porfiando en su competición con el verdadero fin de la medicina, que no es otro que curar. Fuertes impulsos avalador desde ahce años por consideraciones reduccionistas de la Illiética LIberal hacen que la economía sanitaria, es decir, el dinero, rivalice con la ética médica y con la ética de la salud, y galope junto a los imperativos morales hipocráticos, desbocando a veces los caballos.
El paradigma de lo que acabamos de exponer se observa en el reciente conflicto ético-económico sobre el tratamiento de los enfermos afectador por hepatitis C. Se habla de números pero no de personas, de presupuesto per no de vidas, de escasez pero de dispendios anteriores. Domina la realidad que se empecina en poner límites presupuestarios a los enfermos para su curación y a los seres humanos para su dignidad. Una realidad profana que se impone tercamente, por ser más compleja que las reglas de juego de la razón, y que se inglina por abolir los derechos personales. Y para ello, no duda en arrinconar al humanismo, anteponiendo la sociedad al individuo y marginando a este individuo bajo el peso de la exigencia colectiva.
Quizá hay que enseñarles a quienes piensan que, en el plano social, el bien común pasa a través de ls personas individuales.
Todavía hay quienes no son conscientesd de que en el ejercciio médico se reconoce el valor absoluto de todo ser humano y, por tanto, su titularidad en cuanto a una serid de derechos entre los que la vida ocupa el primer lugar. Esta perspectiva asume, de este modo, la de la ley natural. La justicia se recupera aquí como virtud moral y como un principio fundamental del derecho. Una justicia conmutativa que está llamada a no perjudicar a nadie y una justicia distributiba entendida como reconocimiento de toda persona a recibir lo que le corresponde objetivamente, lo que le es debido deontológicamente por naturaleza. Son los Gobiernos quienes tienen el deber ético de satisfacer las necesidades de los enfermos, sin restringir los recursos necesarios y beneficiosos. Los poderes públicos no pueden basarse únicamente en el coste para limitar las prestaciones sanitarias, cuando en ello puede depender la vida del paciente. Por lo tanto, es el criterio clínico el que debe prevalecer y consideras la gravedad de la patología y la urgencia, dejando aparte cualquier otro aspecto económico, empresarial o social. Parafraseando a Elio Sggreccia en su manual de bioética afirmamos que este es el camino adecuado para construir e implementar una sanidad a medida del ser humano y de sus valores, evitando caer en la trampa de una alternativa ficticia (y mutuamente excluyente) entre ética y economía que, además, mutila el derecho a una asistencia médico igualitaria, sobre todo en los casos graves.
El “precio” actual de un tratamiento completo para curar una hepatitis C durante 12 semanas se eleva a 25.000 euros. Desconocemos si hay algún político, algún alto cargo sanitario que sea capaz de traducir y comparar ese precio con el “valor” de la vida humana. Aristóteles, San Agustín, los escolásticos, Marx e incluso los más recientes Rawls y Habermas, estarían encantados de solucionar esta disyuntiva. Como expresaba Oscar Wilde, algunos saben el precio de todo y el valor de nada. Ni siquiera saben el establecimiento de prioridades en política sanitaria cuyo primer principio , el más amplio, establece que todos los individuos tienen el mismo valor y los mismos derechos independientemente de sus características personales y su papel en la sociedad. El principio de necesidad tiene en cuenta la gravedad y el resultado esperado de las intervenciones. Esa necesidad no puede considerarse como un aspecto “marginal” por afectar a uno solo o unos pocos y juzgarse entonces como prioritaria. Ese necesidad tiene mucho que ver con los valores y la ética y con el concepto del hombre.
Desafortunadamente, en política de salud, la evidencia de que el establecimiento de un marco de valores haya servido para la toma de decisiones, es escasa. Al contrario, los principios de economicismo se han mostrado humanamente regresivos. Escudarse en ellos y no descender al ser humano singular es como quedarse en las masas. Pero las masas a veces sólo conocen sentimientos simples y extremos.

Félix Zubiri – Médico de Familia