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EL MINISTERIO DEL FUTURO (1): DONDE EMPRENDER.

11 de enero, 19 horas, Civivox Iturrama.

Desde Kratos (asociación que busca promover el pensamiento crítico y la responsabilidad individual de las personas respecto de la sociedad en la que vivimos usando como medio para ello artículos de divulgación, charlas, conferencias y reuniones de personas de diferentes ámbitos económicos y sociales para generar así nuevos comportamientos que nos permitan construir un mundo mejor) hemos creado el Ministerio del Futuro para analizar temas que se deben abordar a largo plazo. En este caso, destaca el caso del emprendimiento, ligeramente olvidado debido a la recuperación económica. ¿Es una salida útil? ¿Qué podemos hacer? ¿Es la solución a las elevadas tasas de desempleo? Buscamos las siguientes respuestas.

1.- Medidas que se pueden tomar a nivel público distinguiendo entre ayuntamientos, comunidades autónomas, gobierno central y Unión Europea.

2.- Tipos de estudios y formación que nos ayudan a buscar trabajo.

3.- Financiación adecuada para proyectos de emprendimiento; cuál puede ser.

4.- Cómo fomentar estas ideas desde nuestro microcosmos particular: patrones de comportamiento, de  consumo y de inversión.

5.- Mecanismos para que la inversión en educación que realizamos en Navarra no se aproveche fuera.

            Para ello vamos a realizar una mesa redonda el próximo jueves 11 de enero a las 19 horas en el Civivox de Iturrama  Leyre Ancín (coordinadora de Ideas For en Navarra, asociación que se dedica, entre otras cosas, a recopilar la experiencia de jóvenes que han emigrado para poder buscar trabajo), Amaya Erro (doctora y profesora en la UPNA, exdirectora de la cámara de comercio, ha trabajado en la ventanilla única de creación de empresas), José Félix García (doble premio nacional de fin de carrera, exdirector de servicio del Gobierno de Navarra en el ámbito de emprendimiento) y Gonzalo Soto (responsable línea Inicia de emprendedores de Caja Rural para el País Vasco, Navarra y La Rioja); todo ello moderado por Javier Otazu, que hará una pequeña presentación previa..

Nos gustaría contar con tu colaboración acudiendo al debate y proponiendo ideas en el mismo (también las puedes enviar al correo javi.otazu.ojer@gmail.com). Si lo deseas, recibirás un informe con un resumen de todo lo debatido. Muchas gracias.

KRATOS.

Carl Sagan y las estrellas.

Pocas veces la ciencia ocupa las portadas de los periódicos. Sin embargo, el descubrimiento en la constelación Acuario  de una estrella enana llamada Trappist – 1, del tamaño de Júpiter, con siete planetas orbitando frente a ella  semejantes al nuestro  y de los cuales tres son especialmente prometedores para albergar vida ha merecido la atención mundial.

Antes que nada, una pequeña apreciación. Este descubrimiento ha sido realizado por un equipo internacional de astrónomos. Eso nos recuerda una evidencia: si colaboramos, podemos ser capaces de lo mejor. Si no lo hacemos y nos enfrentamos, ya se sabe lo que pasa. En una época en la que florecen populismos poco integradores que se dedican a demonizar algún grupo humano, merece la pena recordarlo.

Carl Sagan (Estados Unidos, 1934-1996) está considerado el astrónomo más famoso de la historia. Su serie de televisión “Cosmos” fue un fenómeno mundial y generó múltiples halagos. Por primera vez logró que la ciencia fuese popular; y es que  durante los años 80 muchas personas quedaron embrujadas con los misterios que encerraba el Universo. Por desgracia, cada nueva certeza científica generaba incertidumbres adicionales. Pero es la única forma que tenemos de avanzar.

Existe una cautivadora biografía de Sagan realizada por William Poundstone (Editorial Akal) donde se exponen los aspectos más humanos de su vida. Entre ellos, se pueden destacar varios. El primero y principal: Sagan tenía muy claro su propósito vital. Se trataba, simplemente, de buscar vida en otros mundos.

¿Era una locura? ¿Cómo una persona tan inteligente (el célebre escritor de ciencia ficción Isaac Asimov afirmó que sólo encontró dos personas más inteligentes que él; Carl Sagan y Marvin Minsky, investigador de inteligencia artificial fallecido en enero del año 2016)  podía volcar todo su tiempo y aptitudes a semejante idea?

La clave estaba en la ecuación de Drake, que tiene en cuenta, a partir de todas las estrellas y galaxias (la Vía Láctea es una de los dos billones, con b de barbaridad,  de galaxias estimadas en el Universo), cuántas podrían ser las civilizaciones existentes. Si bien estas estimaciones son muy complejas, científicos como Michael Shermer piensan que podrían existir 5000. Por desgracia, existen muchas dificultades para establecer contacto con extraterrestres. El primero y principal, la distancia. Trappist – 1 se encuentra a 40 años luz, aunque si la teoría de los agujeros de gusano es cierta se podría acortar el tiempo del viaje. Además, recordemos que en un viaje de este estilo el tiempo del astronauta transcurre con más lentitud de manera que a su regreso a la tierra sus familiares podrían haber fallecido. Por otro lado, puede ocurrir que otras civilizaciones estén tratando de contactar con nosotros mediante frecuencias de onda indetectables.

Cuando a Sagan le decían que  fuera de nosotros no existía vida respondía con su célebre frase, “ausencia de prueba no es prueba de ausencia”. Es decir, que no hayamos encontrado pruebas de vida extraterrestre no quiere decir que no existan. Por cierto, las dos hipótesis producen desconcierto. Si estamos solos en el Universo, ¿a qué viene tanto desperdicio? Si no estamos solos, ¿cómo son nuestros “compañeros”?

Por otro lado, en el ámbito de la investigación y en tantos otros existe un riesgo claro: se puede fracasar. ¿No es descorazonador dedicar la vida a algo que resulta no ser cierto? Pues no, ya que la recomendación de Sagan sería semejante a ésta: “si se comprueba que una teoría no sirve, cosa que ocurre a menudo, una persona se puede venir abajo. Eso es un suicidio científico: persona y teoría no son lo mismo”. De la misma forma, muchas veces confundimos un presidente de un gobierno o de una corporación con la persona. Y no, no son lo mismo. No lo olvidemos: una persona ocupa un puesto. No es el puesto. Una persona no es su dinero, ni sus posesiones, ni sus proyectos. Son cosas que cuesta disociar.

Para desarrollar ciencia e ideas la creatividad es fundamental: “con imaginación podemos llegar a sitios que no existen, sin imaginación no podemos llegar a ningún lado”. Respecto de lo que decían los líderes, lo tenía claro: “debemos cuestionar todo”. No se trata de desconfiar, se trata de tener espíritu crítico y constructivo.

Una nave espacial sacó una foto, a miles de kilómetros, de nuestro querido planeta. Sagan la valoró así. “Tal vez no haya mayor demostración de la locura de la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amable y compasivamente, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que siempre hemos conocido”.

En un mundo en el que vivimos hiperconectados y acelerados, sería conveniente, de vez en cuando, parar y escuchar señales.

En especial, aquellas que vienen de los mundos más lejanos y de nuestro ser más profundo.

Odebrecht, Banco de España y justicia.

Odebrecht es un conglomerado de empresas de ingeniería, construcción y energía. Esta empresa brasileña ha saltado recientemente a la fama por protagonizar el mayor escándalo de sobornos de la historia: ha admitido pagos de 788 millones de dólares a los partidos entre los años 2.001 y 2.016. La cifra es sobrecogedora. Asusta. Antiguos dirigentes como el expresidente de Perú, Alejandro Toledo, están acusados de cobrar cifras de unos 20 millones de dólares. Al parecer, existen muchos países implicados, en especial en América Latina. Mientras, son conocidos por todos los múltiples casos de corrupción existentes en España. Mientras tanto, recordemos que asuntos como los “papeles de Panamá” o las plataformas de ingeniería fiscal creados por los asesores financieros de las máximas estrellas del deporte siguen estando ahí. Por desgracia, han pasado al olvido.
¿En qué mundo vivimos? Cuesta comprender cómo unas personas que ya tienen todo el reconocimiento social se arriesgan a perder toda su reputación de por vida a cambio de muchos platos de lentejas.
Esto nos lleva a conclusiones importantes. Primero, todas las investigaciones en neurociencia han demostrado que el poder cambia la forma del cerebro de las personas, con lo cual la percepción que tienen del mundo que les rodea es diferente a la real. En muchos casos, se sienten autorizados para cobrar mordidas (que suelen ser para el partido) que se usan para legitimar diferentes obras públicas. Después de abandonar el cargo, cobran pastizales por conferencias donde cuentan evidencias. Segundo, de la misma forma que existe la ONU, la OMC o el FMI ya va siendo hora de crear una gran institución internacional que vele por la seguridad financiera mundial para controlar la gran cantidad de dinero que se mueve en la sombra. Y no se trata sólo de sobornos, ya que hay dos puntos más fundamentales. Uno, la regulación financiera. Si se cumplen los peores presagios Estados Unidos (ya ha dimitido el miembro del Consejo de la Reserva Federal dedicado a la regulación financiera, Daniel Tarullo) puede volver a tener una legislación semejante a la existente antes de la crisis financiera del año 2.008. No lo olvidemos: los incentivos, incentivos son. Dos, los paraísos fiscales son problemas de magnitud mundial. De la misma forma que existen guerras de divisas, pueden existir guerras fiscales para lograr que en un territorio determinado se creen empresas. Si todos los países hacen lo mismo, el Estado del bienestar se derrumbará.
¿Podemos confiar en que se va a crear una institución de este estilo? La respuesta nos la ha dado Transparencia Internacional: el 30% de los eurodiputados, al dejar el cargo, trabajan en grupos de presión (lobbies) de empresas que buscan lograr regulaciones favorables para sus intereses. Está claro, ¿no?

En nuestro país se supone que el Banco de España era la institución que se dedicaba a supervisar las diferentes actividades financieras que se realizan en la economía. Sin embargo, como es conocido, parte de la anterior ejecutiva ya está siendo investigada para saber si cumplió correctamente su papel en el caso de Bankia. Además, la unión entre los trabajadores es admirable: una recogida de firmas a favor de los altos cargos imputados, según el organismo, es algo que merece “comprensión”. ¿Para cuándo una recogida de firmas apoyando a Jordi Pujol o a Iñaki Urdangarín?
Al menos, cuando ocurren cosas de estas siempre está la justicia. Que se lo digan a Pedro Antonio Sánchez, presidente de Murcia. La fiscalía debía debatir si se le imputaba por su participación en la operación Púnica. La cuestión es que Sánchez conoció la decisión de no investigarle por parte de la Fiscalía General ¡antes! de que se haría pública. De hecho, lo adelantó él mismo en una cadena de radio. ¿Cómo puede ser? Es algo inadmisible y deplorable.
Tenemos tres problemas de arquitectura institucional gravísimos. El primero es mundial: se trata de un desequilibrio financiero (si caen los grandes bancos pagamos todos) y fiscal (las rentas medias pagan sus impuestos, las grandes fortunas declaran sus ganancias en otros lugares) enorme. Para arreglarlo, es necesaria una gran institución financiera global con más poder que el BPI (Banco de Pagos Internacional). Por desgracia, la élite que nos gobierna no parece estar interesada en solucionarlo. No podemos olvidarlo: históricamente los grandes cambios han venido dados por grandes descubrimientos científicos o por exigencias sociales (voto de las mujeres o derechos laborales). Segundo y relacionado con el asunto del Banco de España: el gran corporativismo existente en instituciones nacionales e internacionales. Eso crea ineficiencias enormes: si alguien actúa de forma inadecuada, sus compañeros le defienden rápidamente. Tercero, el tema judicial. Sí, claro que Montesquieu, en palabras de Alfonso Guerra, está muerto. Pero a veces ya da la sensación de que no se preocupan ni de disimular. Que un posible imputado adelante él mismo la decisión de la fiscalía es el colmo de los colmos.

El tren.

No, no me refiero al tren de alta velocidad que tanta controversia ha generado en nuestra comunidad. Ese es un debate muy difícil en el cual es complicado eliminar la carga ideológica que tan a menudo, para nuestra desgracia, impregna tantas cosas. A veces da la sensación de que en asuntos como este un punto de vista determinado te lleva o a un lado o al otro. Y más aún cuando tener juicio propio es complejo: si nos preguntan cómo se debe gestionar la sanidad o el canal de Navarra lo más lógico es dejar el asunto a los entendidos. Posiblemente sería útil la creación de comisiones de expertos con un nivel de transversalidad que permitiese generar una opinión vinculante, pero eso es otra historia y otro debate.

Uno de los aspectos más destacables acerca de Tony Judt, uno de los intelectuales más lúcidos de los últimos años (por desgracia, murió debido a una esclerosis lateral amiotrófica en el año 2.010 a la edad de 62 años), era la fascinación que tenía por los trenes, ya que le parecían que servían para indicar muchas metáforas asociadas a la vida real. Sin duda, la más sencilla es la que asocia  la vida a un tren en el que estamos viajando, observando nuevos paisajes, realizando paradas en lugares que nos invitan a tener otras experiencias o a detenernos para poder conocerlos, incluso dialogando con los distintos pasajeros que nos encontramos en el tren o en aquellos sitios que deseamos conocer con más profundidad. Siguiendo la metáfora, se trataría de evitar el peligro que supone tener un tren girando de forma reiterada en un círculo vicioso para volver siempre al mismo lugar como forma de indicar que estamos dejando de progresar.

Se habla de que perdemos el tren del progreso cuando una comunidad (región, provincia, país) parece no seguir el ritmo de avance técnico, económico o social de comunidades cercanas a la dada. ¿Está perdiendo España en general y Navarra en particular el este tren? Ese sí es un debate válido para el día de hoy. ¿Qué tipo de empresas o regiones podrán mantener su nivel de vida de aquí a 50 años por ejemplo? Las empresas turísticas o las dedicadas al sector agroalimentario posiblemente sí.  El resto, depende de cómo se reinventen y se adapten a los tiempos. Para ello se torna inexcusable un contraste de ideas entre las instituciones públicas y las empresas (y no sólo las grandes, las cuales son las que de forma reiterada acuden a esas reuniones para buscar la “competitividad” de un país: todas) para valorar las políticas educativas y los incentivos fiscales o jurídicos que permitan un desarrollo más amplio, profundo y perdurable en el tiempo.

Cuando perdemos una oportunidad la vemos alejarse como si fuese un tren. Un ministro israelí decía que los palestinos “no perdían la oportunidad de perder una oportunidad”. Desde luego, lo que nos importa aquí es la idea, no su aplicación al enquistado problema entre los israelíes y los palestinos. ¿Cuántas veces nos arrepentimos de haber perdido una oportunidad? Los proverbios chinos, con sabiduría, nos recuerdan que “hay tres cosas que nunca vuelven: la palabra dada, la flecha lanzada y la oportunidad perdida”.

 

Por otro lado, de muchas personas decimos que llevan un “tren de vida” muy alto. Eso se asocia a un alto consumo, el cual puede estar por encima de sus posibilidades (en cuyo caso en un futuro va a pagar por ello) o acorde con las mismas (en cuyo caso se deberá valorar si podrá mantener los recursos que le permiten mantener su actual ritmo de gasto). No obstante, es una trampa del lenguaje, ya que sólo se habla de mantenimiento económico, no energético (valorada así la salud de una persona) o familiar. Un ritmo de vida muy alto nos puede generar problemas de salud futuros y de convivencia presentes: es difícil que todas las personas más cercanas a nosotros estén de acuerdo con lo que hacemos y de cómo vivimos.

Continuando con la metáfora de Judt, deseamos la mejor compañía posible para todo nuestro viaje. El 14 de febrero es un día en el que recordamos, a nuestra compañía más cercana, todo nuestro amor y afecto. Sin embargo John Gottman no recomienda eso. Este experto ha estudiado el modo de vida de muchas parejas y es capaz de predecir, con una fiabilidad del 93%, si van a seguir juntas en los próximos diez años. La clave no está en las grandes celebraciones, son los pequeños detalles. Por ejemplo, dejar el móvil cuando nuestra pareja llega a casa y preguntarle por las experiencias que ha tenido a lo largo del día.

Esas pequeñas experiencias son las que hacen que nuestro viaje merezca la pena.

Suena la campana. Fin de la parada y del artículo.

De nuevo, partimos.

Educación.

La educación es un concepto que está en permanente debate, desde la época de la antigua Grecia, en la que se pensaba que “los jóvenes son unos maleducados y como sigan así no tienen ningún tipo de futuro”. En todo caso, el patrón no es del todo cierto. Como observó el escritor japonés Yukio Mishima, al menos los jóvenes deben preocuparse por tener un futuro. El problema, para él, eran los mayores: alcanzada una edad y cierta comodidad social, ya no tenían nada por lo que luchar. Boris Berezovsky, una de las personas más poderosas de la Rusia de Boris Yeltsin y multimillonaria, lo recordaba meses antes de su muerte: “mi vida ya  no tiene sentido, no me falta nada por hacer”.

Eso sí, actualmente se detectan tres cuestiones muy importantes, consecuencia de los nuevos tiempos, para las que debemos tomar medidas adicionales. Primero, los cambios sociales han hecho que ahora los chavales pueden venir de familias más desestructuradas. Eso dificulta la educación, ¿quién y cómo responde por el niño? Como decía un profesor italiano, ¿son los padres los nuevos sindicalistas? Segundo, los casos  de acoso escolar se han amplificado. ¿Asumen los centros educativos y los compañeros de los acosados la actitud adecuada? Tercero, las nuevas tecnologías y en particular el uso del teléfono móvil hacen que capacidades que deberíamos adquirir como consecuencia de la educación se las delegamos a nuestro aparato. ¿Para qué recordar una fecha de cumpleaños o un número de teléfono? Está en el móvil. ¿Para qué conocer el nombre de la capital de Mongolia? Está en el móvil. Concedemos al teléfono móvil capacidades de nuestro cerebro; por ejemplo, la memoria o el cálculo básico.

Es evidente que debería existir un Pacto Educativo. Por desgracia las estrategias electorales han demostrado ser, hasta ahora, un obstáculo insalvable. No obstante, hay más caminos. Algunos países tienen organismos en los cuales empresarios, técnicos y educadores se plantean cuáles pueden ser las profesiones del futuro para comenzar a formar a los jóvenes para ello lo antes posible. Eso implica adecuaciones constantes de la formación profesional  o los centros universitarios. Incluso en Estados Unidos cada universidad indica el total de personas que ha logrado colocar en el mercado laboral. Se trata de elegir, si los recursos y posibilidades lo permiten, el centro con mayor empleabilidad en la carrera de interés.

Hoy en día cada experto tiene “su” método y   existe competencia para vender el propio producto educativo. Se puede defender el modelo tradicional. Se puede “aprender haciendo”. Se puede mandar la teoría para casa y la práctica para clase. Se puede jugar con la transversalidad del conocimiento y mezclar asignaturas. Por haber, existen muchas opciones y la mayor parte de las veces no son excluyentes entre sí. Eso se lo podemos dejar a la libre elección de cada centro.

 

 

Otra cosa es elegir el centro. Ahí los poderes públicos no deberían influir: para unos padres pocas decisiones son más importantes que elegir la educación de sus hijos. Tienen incentivos suficientes para obtener la información más adecuada que les permita decantarse por una opción determinada. Lo ideal sería elegir el centro según su metodología educativa. Pero las ideologías pesan demasiado. Pensemos por ejemplo en los colegios concertados, la enseñanza pública, las ikastolas o el modelo D. No es difícil asociar un partido político concreto a cada una de estas posibilidades.

A menudo se olvida que la mayor parte de la educación no es del colegio: es del entorno familiar. En un estudio asombroso realizado en Estados Unidos entre niños inmigrantes en California, se comprobó que los hijos de asiáticos obtenían resultados académicos mucho mejores que los hijos de inmigrantes latinos estudiando en la misma clase. Sí, la responsabilidad de los padres es capital.

¿Existe algún principio con el que podamos educar a los niños siempre?

Aunque esta respuesta es subjetiva, se pueden tomar tres.

Primero, aprender durante toda la vida. La inversión en conocimiento es la que da mayor interés. Pero cada vez nos despistamos más: según el Centro Nacional de Información Biotecnológica norteamericano, en el año 2.013 el período medio de atención de la raza humana pasó a ser de sólo 8 segundos (en el año 2.000 era de 12). El período medio de atención de un pez es de 9 segundos.

Segundo, comprender que no se puede recibir sin dar. Es una regla de convivencia humana y se llama reciprocidad. Conforme los niños van creciendo deben ir aportando más a la unidad familiar con pequeñas tareas como barrer, recoger la mesa o sacar a pasear el perro.

Tercero, en la vida se pierde más de lo que se gana. En otras palabras, la vida es injusta y además trae más desgracias de las que esperamos. Pensar cuáles pueden ser nos prepara para afrontar mejor todas las circunstancias adversas.

Por último, aprender que hay dos muertes. Una es la física, y la otra se da cuando perdemos pasión por las cosas que hacemos.

Sólo una es inevitable.

Sociedad líquida, dinero gaseoso.

La reciente muerte de Zygmunt Bauman, uno de los filósofos más influyentes de nuestro tiempo, ha servido para recordar algunos de sus conceptos más famosos, los cuales nos ayudan a comprender mejor el mundo en el que vivimos.

La idea principal es la “modernidad líquida”, una expresión que nos dice que todo lo que nos sujetaba (en especial Estado, trabajo, familia y religión) ya no es seguro. El Estado ya no cubre todas las necesidades sociales y debe priorizar. El trabajo, si tenemos la suerte de tenerlo, cambia de un día para otro. Las familias desestructuradas están a la orden del día y la religión ya no es el centro del debate ni de la vida de muchas personas. Así, nos encontramos llenos de incertidumbre.

Aportó otras ideas como el interregno: lo viejo no acaba de desaparecer, lo nuevo no acaba de llegar. También es interesante el concepto de la adiaforización: la indiferencia ante lo éticamente incorrecto. Criticó el excesivo consumismo al vivir en un sistema que identifica felicidad con dinero: lo que tienes es lo que eres.

Si pensamos conceptos para explicar la situación actual de nuestro mundo los vencedores son tres: la sociedad líquida de Bauman, el mundo plano (todo está interrelacionado)  de Thomas Friedman y nuestro planeta patria (en el fondo, todos los seres humanos viajamos en el mismo barco y debemos cuidarlo) de Edgar Morin.

Asumiendo por lo tanto que la sociedad líquida, ¿existe algún concepto importante que esté en estado gaseoso? Sí. El dinero.

Es tan gaseoso que ante sucesos escandalosos relacionados con el mismo nos quedamos relativamente indiferentes. Los dos principales son el reciente rescate de los bancos, que de momento ha costado a las arcas públicas 41.487 millones de euros, y el rescate de las autopistas, con un desembolso estimado entre 4.000 y 5.000 millones de euros. En el caso de los bancos algunas personas si están siendo juzgadas, pero en el de las autopistas todavía la cosa está en trámites de solucionarse.

Todo ello es debido a dos problemas que son vergonzosos en los tiempos en los que nos toca vivir. Primero, es incomprensible que exista un negocio como el bancario en el cual si una empresa es “demasiado grande para caer” es rescatada por los gobiernos. ¿Cómo se puede permitir eso? Segundo, la posibilidad existente, en el caso de las autopistas, de existir negocios en los que la ganancia es privada y la pérdida pública. ¿Cómo puede ser? ¿Por qué no aparecen los responsables de todo ese desaguisado y pagan con su patrimonio por ello? Es un principio muy simple, y es que no tomamos las mismas decisiones si nos jugamos nuestro dinero. Como tantas cosas en la vida, una cosa es lo que debería ser, otra lo que es. Deberíamos tener un sistema económico más justo, y sin embargo parece que las reglas benefician más a unos que a otros.

Existen más argumentaciones a favor del dinero gaseoso. Es una tendencia indiscutible el hecho de que cada vez se paga menos con monedas y billetes y más con dinero electrónico. Pagamos con un simple bit, y muy pronto sólo con el móvil (la parte más importante de nuestro cuerpo junto con el bolsillo). Así, se convierte en una posibilidad razonable la inexistencia de dinero en el futuro.

Estos avances tecnológicos permiten que cada vez sea más fácil tributar en otros lugares para las personas que ganan mucho dinero, y los casos de famosos abundan. Incluso se agradece la claridad de Alex Crivillé, piloto retirado de motociclismo: “el deportista español que no tributa fuera es un burro”. Sí: teniendo en cuenta que vivimos en el mundo plano de Friedman, solucionar el problema de la tributación global será uno de los mayores retos del futuro. En caso contrario, las desigualdades serán cada vez mayores.

Todavía hay más: el Banco Central Europeo está inyectando cada mes una cantidad sideral de dinero en la compra de diversos activos financieros destacando entre ellos la deuda pública. Dejando de lado la burbuja monetaria (alta inflación futura) y de deuda (los países no tienen incentivos para hacer las reformas estructurales pendientes), cada mes se introduce de la nada en el sistema la cantidad de 80.000 millones de euros. Con lo que cuesta ganar mil euros al mes, la magnitud de estas cifras da vértigo.

Y dejamos lo mejor para el final. ¿Qué es antes, el huevo o la gallina? Aplicado a nuestro caso, ¿qué es antes, la riqueza o el dinero? En las civilizaciones antiguas, primero se creaba la riqueza en forma de cosechas del campo y usando como referencia el grano de trigo después se generaba el dinero. Hoy en día es al revés: se crea dinero a partir de un bit, y posteriormente el valor de la riqueza global depende de la cantidad de dinero existente en el sistema.

Desigualdades.

La palabra desigualdad está tristemente de moda. Muchos índices económicos nos alertan: los ricos son más ricos y los pobres, más pobres. ¿Es así? ¿Debemos preocuparnos? ¿La desigualdad es buena o es mala?

Para poder comprender a esta pregunta, debemos conocer los tipos de desigualdad. Delimitar un concepto con claridad permite afrontar con más exactitud un problema determinado.

La desigualdad de la riqueza o renta se calcula con el denominado “índice de Gini”, indicador que se encuentra entre 0 y 1. Un valor igual a cero indicaría un reparto perfecto: todas las personas tendrían la misma renta. Un valor igual a uno indicaría la situación más injusta posible: una persona sería propietaria de toda la renta.

En general, este indicador ha empeorado dentro de cada país, con lo cual sí, la desigualdad ha aumentado. No obstante, si comparamos países hay cierta convergencia. Eso quiere decir que en las economías emergentes las desigualdades se están acercando a los índices de otros países. Es algo lógico y empíricamente probado: en una economía abierta (habrá que estar atentos a la evolución de la fiebre proteccionista impulsada en Estados Unidos) los indicadores de los países tienden a parecerse. La idea es sencilla, los países ricos crecen, y los no ricos también lo hacen con una tasa de crecimiento mayor.

Así pues, hay una noticia buena y otra mala. Si comparamos países, la situación está mejorando. Si nos vamos dentro de cada país particular, la situación está empeorando. El Banco de España aportó unas cifras desoladoras. Entre el año 2.008 y el año 2.014, la riqueza de las familias ha pasado de 190.400 euros a 119.400 euros. Los menores de 35 años se han desplomado, pasando de 117.800 euros a 59.800 mientras que las personas entre 65 y 74 años han pasado de 517.200 euros a 439.600 euros. Sí, su riqueza ha disminuido, pero hay una diferencia fundamental: para los menores de 35 años la riqueza no deja de bajar mientras que para los mayores la bajada ya ha tocado fondo (en el año 2.011 estaba en 421.600 euros y a partir de ahí subió). ¿Cómo se explica? A partir de diferentes razones.

Primero, los mayores cobran más que los jóvenes debido a la antigüedad y a sus mejores condiciones en el trabajo. Eso ya genera una pequeña asimetría.

Segundo, muchos jóvenes están alquilados en casas de mayores (para vivir) o en bajeras (para desarrollar su propio negocio). Eso es una transferencia de riqueza de un lugar a otro. Y es que, ¿cuál es la clave de la competitividad en muchos de estos locales? El hecho de pagar el alquiler. En este caso, se trabaja primero para otro, después para uno mismo. En el caso de ser propietario,  lo que se trabaja es para uno mismo. Todo ello es consecuencia de la burbuja inmobiliaria, la cual ha creado una asimetría escandalosa en términos temporales. Los mayores necesitaron entre 10 y 15 años de tiempo para pagar la hipoteca. Los jóvenes, al menos 30.

Tercero, los mayores tienen inversiones en diferentes activos financieros, sobre todo bolsa y bonos del tesoro (o los tienen de forma directa o en fondos de inversión referenciados a los mismos). Estos activos generan renta adicional para los mayores. Los jóvenes no pueden permitirse este tipo de inversiones (bastante tienen con cubrir sus gastos) y además en cierta forma los financian (aunque hay otras posibilidades, el caso principal es la parte de impuestos que sirve para pagar intereses; es un dinero que no se les devuelve en forma de contraprestaciones públicas ya que va a parar a los poseedores de bonos del Estado).

Además, el caso de los paraísos fiscales es gravísimo. Dinero que podría mejorar las cada vez más escasas (respecto a las necesidades) prestaciones sociales se difumina.

Y eso sin olvidar que los jóvenes van a cobrar unas pensiones, en proporción al esfuerzo realizado, muy inferiores a la de los mayores. Así que tenemos un problema grave: mitigar en la medida de lo posible, esta injusticia entre generaciones. Las posibilidades son complejas y posiblemente deberían generar un debate más profundo.

Por otro lado, además de la desigualdad en renta o riqueza entre países y a la vez dentro de cada país hay otra fundamental, se debe valorar un derecho básico en cualquier sociedad de nuestro tiempo: la igualdad de oportunidades. ¿Todas las personas tienen la misma posibilidad de desarrollar sus talentos para que así el sistema de mercado les recompense en relación al valor que  pueden generar? ¿O influye más un amigo o un “enchufe” adecuado?

Aunque en teoría todos tenemos las mismas opciones, hay mucho camino por recorrer. Basta ver cómo funciona el “ascensor social”: cada vez es más difícil pasar de una clase social a otra.

La desigualdad en renta es buena para incentivarnos a sacarnos lo mejor de nosotros mismos. Pero cuando se percibe desigualdad de oportunidades o se observan situaciones injustas, el equilibrio social puede tambalearse.

Ideologías, ideas.

Ideologías, ideas.

 

Es curioso: en los últimos tiempos, medios de derechas están preocupados ya que a su juicio, la derecha está girando a la izquierda. A su vez, medios de izquierdas están preocupados por la misma razón: a su juicio, la izquierda está girando hacia la derecha.

¿Quién tiene razón? Los dos. Hoy en día, las diferencias entre uno y otro bloque son minúsculas. Es más; el voto cada vez viene menos significado por la ideología. Existen otras controversias, de las cuales la más relevante es la siguiente: ¿queremos el país más proteccionista o más abierto? En el primer caso, protegeremos la industria del país y se crean barreras al intercambio de bienes y servicios. Estas barreras se acentúan en el caso de las personas: aumentan las trabas legales para conseguir un contrato de trabajo o se añaden más requisitos para lograr ayudas del Estado (en Francia, por ejemplo, Marine Le Pen desea que algunos inmigrantes paguen por acudir a la escuela pública).

En la batalla electoral entre apertura o proteccionismo, los segundos van ganando. La mejor prueba de ello viene dada por el referéndum del Brexit o por la reciente victoria electoral de Donald Trump en Estados Unidos con el lema “América para los americanos”.

Entonces, ¿han quedado atrás las ideologías anteriores? Para contestar a esta pregunta debemos definir qué es ideología. Ian Morris, unos de los historiadoress más reputados a nivel mundial, define la ideología como “un montón de mentiras de las que alguien se beneficia” aunque matiza, “eso no sucede demasiado tiempo, porque el sentido común es una herramienta muy potente para revelar lo que será más útil en las condiciones materiales en las que nos encontramos” (de su libro “Cazadores, incentivos y carbón”). Podemos adoptar su enfoque como correcto debido a una razón: no ha existido una ideología que se haya demostrado válida a lo largo de toda la historia. ¿Por qué? Muy sencillo: la evolución. En cada época las relaciones sociales, los pensamientos o los valores se han ido adaptando a los avances culturales y tecnológicos. Y siempre será así. Es decir, necesitamos ideas, no ideologías. Sólo así logramos salir del marco mental que impide una visión más abierta y amplificada del mundo que nos rodea. No obstante, podemos estar seguros de que vamos a seguir oyendo el siguiente mensaje desde cada lado: para la izquierda, “la derecha protege las élites creando un capitalismo de amiguetes” y para la derecha, “la izquierda ofrece soluciones imposibles o populistas ya que los recursos son los que son, están muy limitados”. Normal: precisamente, viven de ese enfrentamiento.

Cuando se habla de ideas se debe predicar con el ejemplo, con lo cual se plantea un reto interesante: ¿en qué ideas estarían de acuerdo todos los partidos políticos? Más aún y para hacer la pregunta todavía más adecuada: ¿en qué ideas estarían de acuerdo todos los votantes de todos los partidos políticos?

Vamos con ello.

Uno, proponer una ley en la cual se proteja a los “chivatos”  que descubran casos de corrupción. Esta ley ya existe para evitar abusos en empresas que tienen la fuerza necesaria para pactar precios altos: la empresa “chivata” no recibe sanción económica.

Dos, estudiar los desajustes existentes entre oferta y demanda que impiden el desarrollo de mercados en los que existen agentes que desean comprar y agentes que desean vender. Por ejemplo, las adopciones.

Tres, ley de transparencia integral. Todos los contribuyentes de un ayuntamiento, comunidad o país tendrán derecho a ver las cuentas públicas hasta el último euro. Además, se debería informar de todas las reuniones que tengan las autoridades con grupos de interés que puedan condicionar una decisión jurídica.

Cuatro, potenciar en la educación aspectos olvidados como por ejemplo los primeros auxilios, la nutrición o el equilibrio mental y emocional. Además es bueno que, desde niños, seamos conscientes de las consecuencias que tiene el consumo de las drogas, el tabaco o el alcohol.

Cinco, crear la figura del asistente económico (se pueden realizar muchas actividades) como complemento del asistente social. Pueden ser voluntarios o empresarios que por una mínima compensación monetaria deseen ayudar así a su comunidad.

Seis, crear la figura del diputado a media jornada de forma que la entrada en la política no rompa una carrera profesional. En el Congreso de los Diputados los funcionarios o abogados tienen una representación excesiva; lo contrario ocurre con los empresarios. Además, en los puestos de responsabilidad parte del salario debería estar ligado a la consecución de objetivos (Singapur).

Siete, crear un ministerio del futuro que se dedique a gestionar problemas que puedan surgir a medio y largo plazo. Deben ser personas independientes que realicen informes públicos no vinculantes (esta figura existe en Suecia o Gales).

Ocho, crear un organismo público-privado que se preocupe por velar por las veracidad de las noticias. En la era de la postverdad es algo fundamental (este organismo existe en….sí, en Suecia).

Ideas, ideas, ideas.

No existe otra forma de evolucionar.

Javier Otazu Ojer.

www.asociacionkatos.com

100.000 horas

100.000 horas.

 

¿Cuánto tiempo tenemos para maximizar las oportunidades que nos da la vida? Vamos a hacer números, los cuales serán subjetivos y aproximados. Es decir, van a ser unas estimaciones temporales.

Se considera que a los 15 años los niños pasan a ser adolescentes. Hasta esa edad, la vida está muy dirigida: clase, deberes, actividades extraescolares y familia. A partir de entonces, se comienza a salir con amigos y la independencia es cada vez mayor. Hay, la adolescencia. Como se dice, “la naturaleza nos da quince años para coger cariño a los hijos, justo antes de que se vuelvan adolescentes”. Por supuesto, esta edad es una referencia: hay personas que a los 50 años todavía siguen siendo adolescentes, o al menos se comportan como si lo fueran.

Desde esta perspectiva, podemos considerar que se tiene una vida plena hasta los 80 años. Hoy en día se considera ese límite como la entrada en la “cuarta edad”, ya que entre los 65 y los 80 años todavía la salud se mantiene muy bien. Eso sí, insisto en que esta edad es una referencia: también existen personas que a los 50 años han entrado en la cuarta edad. Por otro lado, uno de los alumnos más jóvenes en ilusión y con ganas de trabajar que conozco, Ramiro, tiene 92 años. Hecho el matiz, se considera como referencia válida los 80 años.

No obstante, nuestra vida sigue siendo muy mecanizada. Dormir, trabajo, familia, actividades fisiológicas (comer, asearnos o ir a hacer la compra necesaria para satisfacer nuestras necesidades humanas) nos ocupan mucho tiempo. Si tenemos 8 horas para dormir, 8 para trabajar, 2 para actividades fisiológicas y 2 para fricciones (definidas como tiempo de traslado y semejantes, por ejemplo, papeleos o aspectos burocráticos: lo que denominamos popularmente “recados”) nos quedan 4 horas diarias. En ese rato podemos decidir lo que más nos gusta: meditación, hacer deporte, ver un culebrón por la televisión, navegar por Internet o pintar un cuadro…aquí es donde nuestras posibilidades son ilimitadas.

En definitiva, ¿cuánto tiempo tenemos? Si multiplicamos 65 años por 365 días al año por 4 horas al día nos salen un total de 94.900 horas; redondeando, 100.000 horas. ¿Cómo aprovecharlas?

Antes de contestar a esa pregunta, debemos hacer un ajuste importantísimo: no se puede menospreciar el resto del tiempo. La palabra trabajo viene de trepalium, (máquina de tortura) y en la medida de lo posible y si tenemos esa posibilidad, es obvio que debemos orientar el trabajo hacia una actividad que nos proporcione desarrollo personal.

 

Sí, es más fácil decirlo que hacerlo: todos sabemos cómo se encuentra el mercado laboral (a nivel teórico, la tasa de paro estructural en España, es decir, la que debería existir con todos los recursos de capital y humanos existentes, es del 16%) y muchas personas no tienen las oportunidades que merecen. Pero la idea es relevante; no se trata de trabajar para vivir.  Se trata de generar valor en la sociedad mediante una actividad que me genera una gratificación interna (desarrollo personal) y otra externa (salario).

Respecto del resto de actividades, aunque no sean tan importantes, lo adecuado es tomarlas con un mínimo de ilusión. Al fin y al cabo, son la base de todo lo que nos va a llenar en el futuro. Por ejemplo, si nos alimentamos desordenadamente o conducimos el coche de mal humor agobiados por los atascos, los primeros perjudicados somos nosotros mismos. Así que está claro: mejor tomarse estas cosas con humor.

Volvemos a las 100.000 horas. ¿Qué hacer? Cada uno tiene su propia respuesta, pero sea la que sea, nos deben llevar a un equilibrio basado en 5 pilares. Son los siguientes: equilibrio físico, emocional, social, intelectual y espiritual. Desde luego, es útil elegir una u otra opción según nuestras prioridades. Existen personas a las que no les importa alguno de estos aspectos y los abandonan. Esa idea es válida, siempre y cuando no nos sintamos mal por hacerlo. No es lo mismo pensar “debería leer más” y sentirnos culpables por ello que pensar “leer no es una prioridad; prefiero cuidarme y tener una vida social amplia”. En el primer caso no estamos siendo consistentes con nuestros actos y nuestros pensamientos, en el segundo sí.

En toda esta historia temporal debemos tener en cuenta la diferencia entre experiencia vivida y experiencia recordada. Son dos percepciones que tenemos de una misma realidad. Sobrevaloramos la experiencia vivida ya que no tenemos en cuenta la incertidumbre del momento, y cuando miramos hacia el pasado tenemos el enfoque “experiencia recordada”, con lo cual pensamos que fue una maravilla. Una actividad desagradable, en retrospectiva, no nos parece tan mala. Como siempre, es cuestión de buscar  un equilibrio.

No obstante, merece la pena terminar, como orientación, con una cita de Charles Dickens: “nunca hubiera podido hacer lo que hice sin los hábitos de la puntualidad, el orden y la diligencia o sin la determinación de concentrarme en un solo tema a la vez”.

Javier Otazu Ojer.

www.asociacionkratos.com

La burbuja.

La burbuja.

 

Una burbuja es una simple pompa de jabón que todos hemos conocido jugando de niños. Sin embargo, pocas palabras hay que nos permitan tantas aplicaciones diferentes.

Sin duda, la expresión más usada de burbuja es para términos económicos. El caso estándar es el inmobiliario: los precios de los pisos van subiendo, subiendo y subiendo sin parar hasta que  todos los agentes económicos creen que continuarán haciéndolo de forma indefinida y actúan en consecuencia. Es decir, todos a comprar.

Sin embargo, en un momento dado se da uno de estos dos supuestos: o alguien decide comenzar a vender y los demás le siguen o simplemente ya no se puede comprar. Siempre habrá personas que hayan adquirido su inmueble  para especular y en consecuencia querrán venderlo cuanto antes para tener la mayor ganancia posible. No obstante, se crea una estampida en la que el sistema se colapsa quedando finalmente unos precios ridículos dejando una serie de ganadores (unos pocos) y perdedores (la mayoría).

No todas las burbujas son inmobiliarias, hay múltiples posibilidades. La estándar, después de la inmobiliaria, es la de la bolsa: ¿quién no recuerda el hundimiento de la acción de Terra hace unos años cuando todo el mundo no hacía más que comprar acciones correspondientes a todas las empresas asociadas a la tecnología? Hay otras burbujas menos comentadas, como la de las bodegas. En su época muchos famosos invertían en el suculento mercado del vino y muchos fueron detrás. Hubo un estallido que no fue tan mediático como otros e incluso hoy en día existen bodegas  abandonadas.

¿Corremos hoy el riesgo de estar sufriendo alguna burbuja? Aunque a nivel de negocio no está claro, a nivel monetario el Banco Central Europeo no deja de introducir dinero en el sistema, comprando diferentes activos financieros y destacando entre ellos el de la deuda de los países. Esto conlleva dos riesgos. Primero, los Estados tienen incentivos a endeudarse a gran escala ya que los tipos de interés asociados a la deuda son muy bajos. De esta forma, no se hacen las reformas estructurales necesarias en las economías y los países se acostumbran, en terminología del economista Daniel Lacalle, al “gas de la risa monetario”. Por otro lado, existe un riesgo de alta inflación para el futuro.  Es algo lógico y sencillo: si en un sistema económico introducimos más y más dinero, tarde o temprano los precios suben.  Sin duda, la burbuja monetaria es un asunto peliagudo.

No obstante, hay más burbujas posibles. Una es la que tenemos nosotros mismos dentro de nuestro microcosmos. Paul Krugman, premio Nobel de Economía, se preguntaba cómo era posible (pese al espinoso asunto de la interferencia rusa) no haber visto que Donald Trump iba a ganar las elecciones. Y su contestación sobresaltaba por la lógica y humildad: él se encontraba en su burbuja y no había podido ver más allá de su ámbito intelectual.

 

 

Pues bien, tiene razón. Se trata de bajar “a la calle”, de trabajar a pie de campo. No es algo habitual: todos vivimos dentro de nuestro mundo particular. Ese problema que con razón se ha achacado a los políticos (más preocupados por sus batallas internas que por las ideas que puedan generar las políticas adecuadas para mejorar la vida de la población a la que representan) lo tenemos nosotros mismos. Es decir, vemos la realidad desde nuestra perspectiva. Desde nuestra burbuja. Cuesta mucho salir de ella: es nuestra zona de seguridad y  confort.

Los ejemplos abundan. Personas bien colocadas argumentan que los parados “no se esfuerzan lo suficiente” por encontrar trabajo. Los profesores dicen que “los alumnos están más pendientes del móvil que de aprender, siempre quieren hacer el mínimo esfuerzo”. Sin embargo, para los alumnos “los profesores no se preocupan de que nuestra formación sea la mejor”. Para los empresarios, “los trabajadores sólo desean ganar su sueldo e irse a su casa”. Para los trabajadores, “el empresario sólo desea ganar el mayor dinero posible sin pensar en nuestras condiciones laborales”.

Como las personas de un ámbito tienden a juntarse con personas de su mismo contexto sus opiniones se hacen más sólidas y las posibilidades de conflicto futuro son mayores. Normal: nos gusta acudir a las personas que piensan como nosotros para reafirmarnos de nuestras creencias e ideas.

Salir de nuestra burbuja sirve para  tener más empatía con los demás, estimula nuestra imaginación y además nos permite comprender cómo actuamos nosotros mismos. No somos tan diferentes: simplemente, todos respondemos a incentivos.

Hay más burbujas, aunque me preocupa mucho una. Se encuentra sola y abandonada, y si no se cuida va a estallar sin remedio. Para ello, se deben buscar mecanismos para que pueda mantenerse fuerte y vigorosa ya que se su estado actual es muy delicado.

Se llama Tierra, y gira alrededor de una cosa grande y amarilla en medio de un inmenso océano cósmico.

 

Javier Otazu Ojer.