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Responsabilidad cívica.

Por fin estamos en la ansiada “desescalada”. Ya podemos ir a las terrazas, a algunos comercios, al fin se ve una evolución en los contagios y los fallecidos. En estos momentos todos debemos ser responsables y tener el máximo cuidado: los rebrotes del virus son habituales en países que habían gestionado la crisis con éxito. Eso sí, por desgracia la mayor parte de los epidemiólogos coinciden en que no será difícil tener otro confinamiento en el futuro.

Hasta ahora, la “responsabilidad social” o en expresión del presidente del gobierno, la “disciplina social” se había llevado con éxito debido a que era coercitiva. Simplemente, además del riesgo de poder enfermar, una persona que no cumpliese el confinamiento se arriesgaba a una dura penalización. Por eso cuando muchos políticos dicen que “la ciudadanía ha sido ejemplar” están faltando a la realidad. En muchos casos, la “ejemplaridad” se imponía bajo amenaza de multas y sanciones públicas.

Ahora, sin embargo, la cuestión cambia. Si bien hay unas franjas horarias para cada sector de la población dentro de actividades como hacer deporte, el hecho de permitir reuniones con un límite de diez personas hace que en la práctica cada uno pueda hacer lo que le plazca. Ha llegado la hora de la responsabilidad social.

Ahora bien, ¿cómo ha ido la responsabilidad pública?  Sin duda, ya tenemos una serie de hechos que nos permiten evaluar comportamientos pasados. Vamos, pues, a hacerlo. No cabe duda que gran parte de los funcionarios públicos, especialmente los sanitarios, han actuado de manera ejemplar. Ellos sí han estado a la altura de las circunstancias. Más bien han sobrepasado nuestras expectativas, y eso es algo que nunca olvidaremos. Pero es mucho más difícil afirmar lo mismo de nuestros líderes políticos.

El Presidente del Gobierno realizó largos discursos más o menos elaborados, pero su competencia retórica no podía ocultar el hecho de que esta crisis ha sobrepasado las habilidades y competencias de su gobierno. Además, las preguntas eran convenientemente filtradas, hasta que muchos medios se unieron para boicotear las ruedas de prensa.

El gobierno ha hecho algunas cosas bien, aprobando algunas leyes de evidente utilidad en una crisis de esta escala: por ejemplo, está claro que debía mantenerse la liquidez de las empresas, y está claro que la mejor forma de mantener el trabajo iba a ser mediante ERTEs.

El papel de la oposición ha sido mejorable. Pedir tests para toda la población o que los sanitarios no tengan que cotizar y pagar impuestos de sus sueldos es populismo barato. Bien está criticar muchos despropósitos (es penoso el nombramiento de 24 altos directores generales a dedo sin que sean seleccionados entre los funcionarios de élite; viva la meritocracia) pero se deben proponer más alternativas.

Si saltamos de las palabras a los hechos, el gobierno no ha actuado de manera responsable y competente en muchos aspectos de esta crisis sanitaria. Entre otros fallos, no ha sabido asegurar la provisión de tests y EPI (equipos de protección individual) a tiempo, no ha dado apoyo material y profesional adecuado a residencias de mayores y ha permitido encuentros masivos en Madrid mientras se extendía la pandemia por toda Italia.

Todo esto es lamentable, pero subraya la importancia de una ciudadanía activa y responsable. Los esfuerzos de los ciudadanos y profesionales de a pie son especialmente importantes por dos motivos. Uno, para suplir las incompetencias de algunas autoridades civiles, trabajando como puedan para frenar el virus y proteger sus familias y comunidades. Dos, para exigir cuentas al gobierno y así asegurar que las negligencias y los fallos que han costado vidas no se repitan durante futuros brotes del virus.

Ahora bien, siempre hay una cuestión fundamental y decisiva: cómo hacerlo. Son multitud los discursos, artículos de opinión o debates entre tertulianos que se dedican a comentar alegremente aquello de que “se debe ayudar a los desfavorecidos”, “nadie va a quedar de lado”, “ayudaremos a las empresas”, “no habrá despido”, “renta mínima para todos”. Estamos de acuerdo. Además, queremos paz en el mundo y que no haya hambre. Repetimos: ¿cómo hacerlo?

A nivel gubernamental, muchas medidas tienen costes económicos, y es responsabilidad de los medios de comunicación preguntar a los políticos cuando prometen medidas de este calado que nos digan su coste. Si el político cambia de tema, se le insiste. Se le insiste. Se le sigue insistiendo. Sólo hay tres posibles respuestas para financiar las medidas: o se quita de algún otro lado, o se suben los impuestos o se aumenta la deuda. Pues bien, que respondan. Para eso les pagamos.

A nivel personal, uno de los aprendizajes más importantes de la pandemia es que no podemos delegar en el Estado toda nuestra salud. Nosotros somos parte activa de nuestra comunidad, y debemos demostrarlo. ¿Cómo hacerlo? voluntariado, ayudas económicas a desfavorecidos, informarnos por fuentes diversas, participación en foros sociales o medidas de prevención personal.

Existen muchas opciones.

La cuestión es empezar ya.

Ahora.

Javier Otazu. Economía de la Conducta, UNED de Tudela.

David Thunder. Investigador Ramón y Cajal.

www.asociacionkratos.com

 

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