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Ensayos de campo.

El último Premio Nobel de Economía ha recaído en Michael Kremer, Esther Duflo y Abhijit Banerjee. Su máxima aportación ha sido el uso de los ensayos de campo para poder contrastar la posible efectividad de diferentes políticas económicas enfocadas en su mayoría a la reducción de la pobreza.

Sí, es una de las preguntas más repetidas a lo largo de los tiempos. ¿Por qué unos países son más ricos que otros? ¿Qué se puede hacer para afrontar la pobreza? ¿Es mejor usar ayudas económicas directas, invertir en infraestructuras o profundizar en la educación?

No están claras las razones de la riqueza o de la pobreza. Estudios sugerentes demuestran la importancia de tener unas buenas instituciones para que así la economía pueda funcionar con fiabilidad. No obstante, existe el problema de la doble causalidad: ¿no será que si hay riqueza los administradores tienen menos incentivos a tener comportamientos corruptos y en consecuencia les importa más que las cosas vayan bien para todos? Una conclusión inmediata sería que en ese caso lo mejor es la democracia: al fin y al cabo, si el gobernante lo hace mal las urnas le echan. Sin embargo, la evidencia empírica enseña que ese matiz no importa. Existen dictaduras con buenos números económicos, siendo el caso más claro China (o Singapur) y democracias que no logran salir de la trampa de la pobreza. Haití, por ejemplo, lleva muchos años de inestabilidad institucional sin que las cosas mejoren. La respuesta más original: la geografía. Los países con acceso al mar, de clima razonable y buenos recursos naturales funcionan mejor.

También es válido el análisis histórico. Basta comparar dos países que tengan una pequeña diferencia y el resto muy parecido para valorar si dicha diferencia influye en la evolución económica. El caso más nombrado: la comparación entre Polonia y Ucrania. Caído el muro de Berlín (1989), tenían semejantes recursos humanos, naturales y de capital. Treinta años después, Polonia es cuatro veces más rica. Es evidente que el sistema político y económico, ligado a su permanencia en la Unión Europea, ha sido decisivo.

Aunque nos resulte extraño, la medicina y la economía son muy parecidas. En ambos casos existen unos indicadores de referencia para la salud de las personas (colesterol, tensión, frecuencia cardiaca o índice de masa corporal) y otros indicadores para la salud de los países (Producto Interior Bruto, inflación, desempleo o déficit público). En ambos casos existen mecanismos para aplicar cuando las cosas van mal: dentro de la medicina, se recomiendan medicamentos y otros hábitos; en los países, se aplican políticas monetarias o políticas fiscales. En ambos casos suelen aparecer los temidos efectos secundarios.

No obstante, en la economía hay un matiz. Todas las políticas tienden a aplicarse “de arriba abajo”, es la llamada solución manual. Aunque por desgracia, todo depende del libro que usemos de referencia. Para los keynesianos, lo mejor es que el Estado aumente el gasto público cuando la economía va mal para así estimular la demanda agregada. Si se realizan nuevas infraestructuras o se contratan más funcionarios tendremos agentes económicos dispuestos a gastar más dinero ejerciendo así un efecto multiplicador sobre el conjunto de la economía. Problema: el déficit y la deuda. Ejemplo actual: Japón. Para los clásicos, son mejores las políticas de oferta (aunque su efectividad tarda más tiempo en notarse) y no es bueno propagarse en el gasto ya que el día de mañana estaremos atados de pies y manos con el pago de intereses. Problema: si la crisis es fuerte, inestabilidad social. Ejemplo actual: Ecuador.

¿Entonces? Lo mejor es ir, precisamente, más abajo. Comprobar en situ lo que funciona y lo que no. El manual no sirve, ya que lo que sirve para un país puede no servir para otro. Cada región tiene su política, cultura, recursos y sí, su geografía. Se debe entender que la pobreza tiene muchas formas y muchas causas. Y cada situación es un mundo en sí mismo. Importa el momento y el lugar.

Así, podemos probar mosquiteras en Kenia, mejorar los retretes en la India, valorar si en las escuelas es posible adaptar más la enseñanza a la vida real o es más positivo incrementar el presupuesto para libros y alimentación, si se deben centrar los recursos en los que menos tienen o buscar un reparto que abarque a más personas….las posibilidades son ilimitadas.

Todo eso es lo que hacen los ensayos de campo: comparar dos situaciones semejantes con una mínima diferencia. Curiosamente, también se aplican en el ámbito de la epidemiología. Así, podemos saber las razones por las que unas personas tienen mejores indicadores de salud que otras. La clave, además de las conocidas en términos de alimentación y deporte, es tener una vida social rica y un propósito personal claro.

En economía la cosa es más difícil. Pero es positivo que una rama de conocimiento  que sobre todo se trabaja de forma  teórica y académica haya bajado a la calle a conocer y experimentar con la vida real.

Javier Otazu Ojer.

Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

www.asociacionkratos.com

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