Historia.

Si hay un concepto proclive a la manipulación y al manejo interesado, ese no es otro que la historia. El debate abierto por Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, es una buena muestra de ello. ¿Se debe crear una comisión de historiadores para analizar el pasado? ¿Qué es lo más justo para las víctimas? Con el tiempo que ha pasado, ¿es mejor dejar las cosas como están y pensar en los problemas del presente, que no son pocos?

Para focalizar bien el asunto, se debe dejar claro el concepto de “historia”, ya que hay muchos y variados. Cada uno de nosotros tiene ya de por sí tres tipos de historias. Primero, la experimentada. Es aquella que vivimos en cada momento presente. Ahora. Segundo, la recordada. Muchos sucesos de nuestras vidas han quedado olvidados. En este sentido, en nuestra memoria siempre se encuentran marcados los sucesos cargados de emociones. Todos recordamos lo que hacíamos el 11 de marzo del 2004, por ejemplo. La recordada es la historia que asociamos a nosotros mismos.

Falta el tercer tipo de historia: la contada. Esa es diferente para todos; nosotros tenemos un relato personal de nuestra vida y experiencias, los demás tienen otro. Depende de lo que les hemos contado, lo que les han contado, de lo que han visto y de la huella digital que hemos dejado en Internet. El mercado llama a nuestra historia Currículum Vitae.

Pasemos ahora a la Historia así, con mayúsculas. Existe un consenso general desde la época del Neandertal hasta el nacimiento de las civilizaciones. Pero a partir de ahí, la cosa cambia. Y cuando el concepto es de la historia de una nación, todavía más. ¿Estamos en Navarra, el País Vasco, España o la Unión Europea? Siempre existirá un relato histórico que sirva de soporte para una cosa u otra. El organismo educativo de turno decide cuál es y ya está. A partir de ahí, se remarca lo que importa, se “olvidan” detalles que puedan originar controversias y a vivir.

¿Quién descubrió América? Aunque la respuesta obvia es Cristóbal Colón, existe constancia de que otras civilizaciones como los vikingos ya habían estado allí. Colón fue el que lo contó.

¿Fue tan malo el Imperio Español? Depende. Aunque existe la Leyenda Negra, muchos historiadores  argumentan que los habitantes de los territorios conquistados recibían unos derechos que no tenían comparación con otros casos de la época. El debate es apasionante, pero no debe olvidar un principio básico: no se deben comparar los valores existentes en diferentes momentos del tiempo. Aspectos cotidianos a día de hoy, como la abolición de la esclavitud o el voto de las mujeres, no eran tan comunes en tiempos pretéritos. Por desgracia, los derechos humanos nacieron ayer.

 

Con el asunto del procés y la campaña electoral en los medios, merece la pena remarcar un aspecto primordial. En épocas precedentes al siglo XX, las personas no tenían el sentimiento de identidad de hoy. Más que pelear entre franceses o españoles, la lucha era de clases. De hecho, la Primera Guerra Mundial (1914 – 1918) tiene como novedad que los enfrentamientos pasan a ser directamente entre países. Un campesino catalán del siglo XVIII es más campesino que catalán, y va a pelear a favor del que le otorgue más derechos. Hoy en día, una persona de esas características se consideraría más catalán que campesino.

Es muy difícil comprender la Historia. Sólo de la Segunda Guerra Mundial existe bibliografía que no podríamos leer en toda nuestra vida. De la Guerra Incivil española siguen apareciendo nuevos testimonios y teorías conspirativas. Existen tiranos que se consideran héroes. Aunque el “demonio” por excelencia es Hitler, Stalin no le va a la zaga. Leamos los libros de Historia de unos y otros países, y comparemos conclusiones. De vuelta a la llegada de los españoles a América, podemos contrastar la Historia que se enseña en Perú o la que se imparte en España. Unos son los buenos, otros son los malos. Y el mundo es más poliédrico que todo eso. Los periodistas que se dedican o cubrir conflictos olvidados (Yemen, Myanmar  o República Centroafricana) siempre indican que no hay buenos y malos salvo casos que terminan siendo más reglas que excepciones: el dictador que en un momento dado debe elegir entre disparar a su gente o dejar en el poder.

Sólo nos queda leer, contrastar, dudar de lo que nos han enseñado,  confiar en los historiadores, buscar crónicas variadas y sacar conclusiones. La historia no es como las matemáticas: cambia. De hecho, un proverbio ruso basado en esta idea dice que es muy difícil predecir el pasado.

Por esa razón  debemos dejar la historia fuera de los debates electorales (excepción: víctimas de conflictos recientes). Se usa tan sólo como una forma de manipulación  para esquivar el debate central: cómo generar competitividad económica equilibrando la sociedad, las finanzas y el medio ambiente.

Todo lo demás es paja.

En tiempos de cambio climático, arde con facilidad.

Javier Otazu Ojer.

Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

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