Ideas, ideologías, ideales.

En época electoral, ¿qué es lo que cuenta más? ¿Las ideas, las ideologías o los ideales? Sin duda, todos los partidos tienen los mismos ideales: menos desempleo, mejor sanidad, más educación, equilibrio social. ¿Cuál es el medio para lograr estos ideales? En teoría, la ideología. Ahora bien, ¿eso es adecuado? ¿Qué ideologías existen?

Muy simple: derecha e izquierda. En el primer caso se prioriza la eficiencia a la equidad. Lo prioritario sería producir todo lo posible aunque el reparto no sea equilibrado. A priori no está mal, pero la nueva estructura económica global está amplificando las desigualdades. Los números no engañan, aunque a los que engañan les gustan mucho los números. En el segundo caso se prioriza la equidad, aunque eso suponga menos producción. Es deseable, aunque se debe tener cuidado. La evidencia empírica (en economía se usa ese concepto cuando se valoran resultados en países o regiones que han seguido un tipo de políticas concretas) demuestra que una intervención excesiva del Estado para proporcionar una mayor igualdad puede dejar la economía muy alejada de su potencial.

¿Entonces? Es interesante la teoría de la “economía bisexual” del analista Víctor Lapuente: dar todas las facilidades a las empresas para generar riqueza y después, cobrar altos impuestos para cubrir unas necesidades sociales que son cada vez mayores. Es más fácil decirlo que hacerlo, pero se supone que el modelo nórdico sigue este patrón.

Así, ¿sirven las ideologías? Depende de la definición. Para Ian Morris, uno de los historiadores más reputados a nivel mundial, una ideología es “un montón de mentiras de las que alguien se beneficia” aunque matiza, “eso no sucede demasiado tiempo, porque el sentido común es una herramienta muy potente para revelar lo que será más útil en las condiciones materiales en las que nos encontramos” (de su libro “Cazadores, incentivos y carbón”). Aunque la definición es dudosa, el enfoque tiene sentido: no ha existido una ideología que se haya demostrado válida a lo largo de toda la historia. ¿Por qué? Muy sencillo: la evolución. En cada época las relaciones sociales, los pensamientos o los valores se han ido adaptando a los avances culturales y tecnológicos. En consecuencia y bajo la tesis de que existen patrones humanos que se repiten en el tiempo, siempre será así. Por lo tanto, ese es el reto: crear un contrato social compatible con los nuevos avances tecnológicos y digitales.

Ahora bien, no se debe confundir ideología con identidad. Existen partidos que priorizan la identidad antes que la ideología o la economía, lo cual no deja de ser una estrategia. Otros, prefieren jugar con las etiquetas: ahí está el “trío de la plaza de Colón”, “los malvados nacionalistas” o “los podemitas”. Se trata de usar palabras despectivas una y otra vez para demonizar al adversario.

Ideologías, identidad, etiquetas. Como medio, bien. Pero, ¿las ideas? ¿Dónde están? ¿Qué podemos hacer? Eso debería ser el medio para cumplir el ideal común. Y el que tenga la mejor idea, que gane.

Necesitamos ser competitivos en un mundo global manteniendo un mínimo equilibrio entre la sociedad, las finanzas y nuestro planeta. Es más difícil que cuadrar un círculo, pero eso es lo que debe marcar nuestro camino. Estamos señalando la luna, si bien, como dice la sabiduría popular, el necio mira el dedo. En la realidad, los partidos políticos son los que llevan el debate al dedo. En este caso, no es una necedad, no. Es más fácil acusar al rival que buscar soluciones en un mundo en el que las baterías monetarias están agotadas (basta ver las recientes políticas del Banco Central Europeo) y existe déficit público (la diferencia entre lo que gasta y lo que ingresa el Estado) en un contexto de crecimiento económico. ¿Qué va a ocurrir cuando lleguen las vacas flacas?

Ideas. Uno, proponer una ley en la cual se proteja a los “chivatos”  que descubran casos de corrupción. Dos, estudiar los desajustes existentes entre oferta y demanda que impiden el desarrollo de mercados en los que existen agentes que desean realizar intercambios económicos y no pueden hacerlo. Tres, ley de transparencia integral indicando, además, todas las reuniones que tengan las autoridades con grupos de interés que puedan condicionar una decisión jurídica. Cuatro, potenciar en la educación, además del equilibrio con el mercado laboral, aspectos como los primeros auxilios, la nutrición o el equilibrio mental y emocional. Cinco, crear la figura del asistente económico (creación de empresas) como complemento del asistente social. Seis, potenciar la  figura del diputado a media jornada de forma que la entrada en la política no rompa una carrera profesional (los empresarios están infrarrepresentados en el parlamento). Siete, crear un ministerio del futuro que se dedique a gestionar problemas que puedan surgir a medio y largo plazo (deben ser personas independientes que realicen informes públicos no vinculantes; esta figura existe en Suecia o Gales).

Ahora, toca esperar la campaña electoral.

¿Habrá más ideas?

Javier Otazu Ojer.

Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

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