Archivos mensuales: marzo 2019

Ideas, ideologías, ideales.

En época electoral, ¿qué es lo que cuenta más? ¿Las ideas, las ideologías o los ideales? Sin duda, todos los partidos tienen los mismos ideales: menos desempleo, mejor sanidad, más educación, equilibrio social. ¿Cuál es el medio para lograr estos ideales? En teoría, la ideología. Ahora bien, ¿eso es adecuado? ¿Qué ideologías existen?

Muy simple: derecha e izquierda. En el primer caso se prioriza la eficiencia a la equidad. Lo prioritario sería producir todo lo posible aunque el reparto no sea equilibrado. A priori no está mal, pero la nueva estructura económica global está amplificando las desigualdades. Los números no engañan, aunque a los que engañan les gustan mucho los números. En el segundo caso se prioriza la equidad, aunque eso suponga menos producción. Es deseable, aunque se debe tener cuidado. La evidencia empírica (en economía se usa ese concepto cuando se valoran resultados en países o regiones que han seguido un tipo de políticas concretas) demuestra que una intervención excesiva del Estado para proporcionar una mayor igualdad puede dejar la economía muy alejada de su potencial.

¿Entonces? Es interesante la teoría de la “economía bisexual” del analista Víctor Lapuente: dar todas las facilidades a las empresas para generar riqueza y después, cobrar altos impuestos para cubrir unas necesidades sociales que son cada vez mayores. Es más fácil decirlo que hacerlo, pero se supone que el modelo nórdico sigue este patrón.

Así, ¿sirven las ideologías? Depende de la definición. Para Ian Morris, uno de los historiadores más reputados a nivel mundial, una ideología es “un montón de mentiras de las que alguien se beneficia” aunque matiza, “eso no sucede demasiado tiempo, porque el sentido común es una herramienta muy potente para revelar lo que será más útil en las condiciones materiales en las que nos encontramos” (de su libro “Cazadores, incentivos y carbón”). Aunque la definición es dudosa, el enfoque tiene sentido: no ha existido una ideología que se haya demostrado válida a lo largo de toda la historia. ¿Por qué? Muy sencillo: la evolución. En cada época las relaciones sociales, los pensamientos o los valores se han ido adaptando a los avances culturales y tecnológicos. En consecuencia y bajo la tesis de que existen patrones humanos que se repiten en el tiempo, siempre será así. Por lo tanto, ese es el reto: crear un contrato social compatible con los nuevos avances tecnológicos y digitales.

Ahora bien, no se debe confundir ideología con identidad. Existen partidos que priorizan la identidad antes que la ideología o la economía, lo cual no deja de ser una estrategia. Otros, prefieren jugar con las etiquetas: ahí está el “trío de la plaza de Colón”, “los malvados nacionalistas” o “los podemitas”. Se trata de usar palabras despectivas una y otra vez para demonizar al adversario.

Ideologías, identidad, etiquetas. Como medio, bien. Pero, ¿las ideas? ¿Dónde están? ¿Qué podemos hacer? Eso debería ser el medio para cumplir el ideal común. Y el que tenga la mejor idea, que gane.

Necesitamos ser competitivos en un mundo global manteniendo un mínimo equilibrio entre la sociedad, las finanzas y nuestro planeta. Es más difícil que cuadrar un círculo, pero eso es lo que debe marcar nuestro camino. Estamos señalando la luna, si bien, como dice la sabiduría popular, el necio mira el dedo. En la realidad, los partidos políticos son los que llevan el debate al dedo. En este caso, no es una necedad, no. Es más fácil acusar al rival que buscar soluciones en un mundo en el que las baterías monetarias están agotadas (basta ver las recientes políticas del Banco Central Europeo) y existe déficit público (la diferencia entre lo que gasta y lo que ingresa el Estado) en un contexto de crecimiento económico. ¿Qué va a ocurrir cuando lleguen las vacas flacas?

Ideas. Uno, proponer una ley en la cual se proteja a los “chivatos”  que descubran casos de corrupción. Dos, estudiar los desajustes existentes entre oferta y demanda que impiden el desarrollo de mercados en los que existen agentes que desean realizar intercambios económicos y no pueden hacerlo. Tres, ley de transparencia integral indicando, además, todas las reuniones que tengan las autoridades con grupos de interés que puedan condicionar una decisión jurídica. Cuatro, potenciar en la educación, además del equilibrio con el mercado laboral, aspectos como los primeros auxilios, la nutrición o el equilibrio mental y emocional. Cinco, crear la figura del asistente económico (creación de empresas) como complemento del asistente social. Seis, potenciar la  figura del diputado a media jornada de forma que la entrada en la política no rompa una carrera profesional (los empresarios están infrarrepresentados en el parlamento). Siete, crear un ministerio del futuro que se dedique a gestionar problemas que puedan surgir a medio y largo plazo (deben ser personas independientes que realicen informes públicos no vinculantes; esta figura existe en Suecia o Gales).

Ahora, toca esperar la campaña electoral.

¿Habrá más ideas?

Javier Otazu Ojer.

Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

Percepción y realidad.

¿Qué está pasando en Venezuela? ¿Qué ocurre en la República Centroafricana? ¿Cómo se ve desde el exterior el problema catalán? ¿Cómo va la economía? El paro ha subido en enero; ahora bien, ¿es debido al Gobierno? ¿O es la estacionalidad?

Sí, es muy difícil la distinción existente entre lo que percibimos y lo que es. No se trata de crear un problema filosófico a partir de estos debates; de lo que se trata es de interpretar correctamente la realidad.

En el momento de valorar la situación en Venezuela, muchos son los factores que se deben tener en cuenta. El primero y principal, el interés propio. Un político del PP o Ciudadanos pide el reconocimiento inmediato de Juan Guaidó. Uno del PSOE será más cuidadoso; uno de Podemos pensará que es un golpe de Estado contra el presidente de un gobierno legítimo. Esta opinión no está muy lejos de la que tiene cada votante particular. Eso ya nos da una posible conclusión: según votas, piensas. Y no puede ser: la riqueza de la democracia es la transversalidad de la misma y la generación de espíritu crítico. El camino adecuado es el inverso: según piensas, votas. Eso nos llevaría a que una persona a favor del matrimonio homosexual votaría con más facilidad al PSOE que al PP, pero debería valorar más aspectos. La importancia que tenga cada uno nos indicaría su decisión final.

Cuidado: no se trata de hipocresía. Es funcionamiento de nuestro cerebro. Tenemos un interés oculto, que puede ser consciente o inconsciente, y a partir de ahí racionalizamos nuestras decisiones. Existe una forma muy sencilla de verlo: alguien que esté trabajando en una empresa pública pensará que su labor es imprescindible para el conjunto de la sociedad; sin embargo, existen otras personas que exigen impuestos más bajos a cambio de suprimir “organismos inútiles”. En uno y otro caso el interés de fondo es la renta. En un caso directa, ya que es su sueldo; en otro indirecta, ya que menos impuestos suponen más recursos para gastar a su libre albedrío.

Una conclusión razonable para Venezuela sería la siguiente: indudablemente, las cosas van mal. Muchas personas han abandonado el país, la inflación es enorme y la inseguridad es total. Y eso no es de hoy. En la Guerra del Golfo,  Caracas era una ciudad más peligrosa que Bagdad. Los servicios que más se valoran del Estado son, precisamente, esos. Posibilidad de desarrollo laboral y personal, estabilidad de precios para tener unos ahorros razonables y seguridad (privada, jurídica y personal). Si falla todo, no existe un Estado digno de tal nombre.

¿Soluciones? Elecciones o cambio de Gobierno. Pero eso es fácil de teclear en el ordenador; la realidad es más compleja. Visto desde fuera, sólo se puede pedir respeto a los derechos humanos. Eso es todo. Este respeto es lo primero que desaparece cuando está en juego el bien más preciado: el poder.

La república Centroafricana acaba de terminar una guerra civil incruenta, con enfrentamientos de índole religioso. Se han firmado los acuerdos de paz en Jartum (Sudán). Ese asunto no aparece en los medios. Es normal dar más peso a Venezuela por los lazos históricos y comerciales existentes con ese país, pero tendemos a focalizar la realidad en un aspecto. Si hace unas semanas sólo existía la historia del pobre niño que había caído al pozo, ahora el mayor peso mediático se encuentra en Venezuela.

El problema catalán enseña lo importante que es vender un relato al exterior y la facilidad con la que “expertos” de otros países juzgan lo que ocurre en lugares lejanos. Es así: los no independentistas piensan que nunca debe saltarse la ley y que unos pocos (los catalanes) no pueden decidir el destino de los otros (los españoles). Respecto de los independentistas, unos piensan que en situaciones de clara injusticia es legítimo saltarse la ley. Otros piensan que se debe presionar como sea, con límites que a veces no quedan claros (a veces es difícil distinguir la diferencia entre manifestación y escrache) para lograr un objetivo que es un bien superior. Por supuesto, existe quien es independentista y pide no saltarse nunca la legalidad, como existen no independentistas que piensan que se debe realizar un referéndum. Es evidente que en este escenario el acuerdo es imposible. Si yo quiero vender un piso a 170.000 euros y el comprador no está dispuesto a pagar más de 160.000, ¿cómo demonios vamos a poder acordar algo? Entre dos personas se pueden buscar encuentros, pero entre políticos avalados por votos que sustentan mandatos claros,  la cosa es más difícil.

¿Y la economía? Depende de cada situación personal y del puesto que ocupemos. ¿Qué percibimos? Más desigualdad, ligero estancamiento económico, incertidumbre y más incertidumbre.

¿Qué es? “En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira” (Ramón de Campoamor).

Javier Otazu Ojer.

Economía de la Conducta. UNED de Tudela.