El mercado del desplazamiento.

ESTE ARTÍCULO GENERÓ UNA CONTROVERSIA ENORME EN OK DIARIO.

Esta vez toca marejada en el mercado de los desplazamientos dentro de ciudades. Un mercado en el que se pueden demandar, si nos encontramos en una gran ciudad, más de un millón de servicios en un día es algo apetitoso. Bien, vamos a usar nombres menos técnicos. Menuda movida han montado los taxistas en Madrid y Barcelona. Y eso es algo común, por supuesto, a las grandes ciudades. ¿Por qué se dan estos movimientos? ¿Qué solución existe? ¿Es justo que se permita paralizar así una gran ciudad por parte de unos pocos?

No todos los mercados son iguales. Existen diferentes posibilidades, que pasamos a definir. Así, un mercado es de competencia perfecta si existen muchos consumidores y muchos productores (así nadie tiene poder de precios), hay información perfecta (los agentes económicos pueden consultar el precio de cada uno de los bienes al momento, y eso es algo que Internet permite hacer en muchas ocasiones), no existen costes de transacción (se supone que nos da igual comprar algo en la tienda de abajo que irnos en coche al hipermercado más cercano; la llegada de los gigantes que permitan comprar a golpe de clic y nos lleven el producto a casa permite el cumplimiento de este principio) y el bien es homogéneo (por ejemplo, se supone que dos hoteles de tres estrellas, el tipo de  gasolina que echamos al coche o un desplazamiento en autobús tienen la misma calidad). Se supone que este tipo de mercado es el mejor para el consumidor, y de hecho, los poderes públicos velan para que los mercados sean de competencia perfecta. En la Unión Europea, la danesa Margrethe Vestarger es la comisaria de la competencia y en España, José María Marín Quemada ocupa la presidencia de la comisión nacional de los mercados y la competencia (CNMC).

El caso extremo es el monopolio, en el cual una empresa es la única vendedora. En teoría, están prohibidos. En un oligopolio tendríamos unas pocas empresas. Se supone que deben competir entre ellas, pero a veces crean alianzas (de forma implícita o explícita) imponiendo precios altos que les permiten aumentar sus beneficios. Estas alianzas reciben el nombre de cártel o colusión, y están terminantemente prohibidas. Es más, las instituciones anteriores están legitimadas para sancionar duramente a empresas que se saltan los principios de la libre competencia.

Entonces, ¿en qué mercado podemos ubicar a los taxistas? Ya se ha comentado que pertenecen a los desplazamientos por carretera. En las grandes ciudades, su principal competencia es el metro. En todas, el servicio público de transporte. Bueno, en todas no. Existen casos (ciudades turísticas de México, por ejemplo) en los que existe un pacto implícito entre agentes económicos y hay zonas a las que no llega el servicio público para que así el taxi tenga su mercado. Con la normativa europea, eso no sería posible.

 

En teoría, este sería un mercado ideal para la competencia perfecta: muchas personas desean desplazarse, muchas personas están dispuestas a desplazar a otras, las aplicaciones de los teléfonos permiten la llegada de un vehículo (sea un taxi, un VTC o una carreta a caballo) en el menor tiempo posible y al precio más bajo. Un economista liberal diría que este mercado debería dejarse libre: la competencia siempre beneficia al consumidor. Precio de la licencia, cero. Pero eso no es lo mejor: una oferta excesiva podría tirar los precios. Precio del viaje, cero. No sirve.

Entonces, ¿cómo gestionar el asunto?

Hay dos problemas. Uno, la regulación del mercado. Los taxistas han pagado unas cantidades desorbitantes para tener una licencia. Esas cantidades llegan a ser enormes: se llegan a intercambiar por pisos. ¿Cómo compensar eso? No lo olvidemos: cuando una persona compra una licencia, también compra tranquilidad. Por eso cuestan tanto dinero. Se debe evitar esa injusticia. ¿Entonces? Se trata de permitir la entrada escalonada del VTC en aras a mejorar la competencia sin bajar de un precio mínimo por viaje y con impuestos semejantes (teniendo en cuenta los pagos pasados de  los taxistas) para unos y otros.

Segundo problema. Si de lo que se trata es de evitar injusticias, ¿qué podemos decir de las agresiones que han recibido conductores de VTC, del miedo que han pasado personas que simplemente habían tomado un vehículo por comodidad, precio o rapidez? En una democracia digna de tal nombre, eso no se puede permitir. Que aparezcan asociaciones de taxistas que digan “no nos hacemos responsables de lo que pueda pasar” es una amenaza, se mire como se mire. Por desgracia, existen colectivos que pueden paralizar la actividad económica y social a cambio de su interés particular. ¿Cómo no recordar el conflicto de los estibadores?

Es labor de los poderes públicos establecer leyes que establezcan límites al legítimo derecho de huelga y defensa de los derechos de cualquier tipo de colectivo. Y es responsabilidad de los mismos la búsqueda de mecanismos que permitan la convivencia de todos.

Para eso les votamos.

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