DOCTRINAS.

Comenzamos un apasionante año dando ideas para reflexionar acerca de los pensamientos más profundos existentes dentro de nosotros mismos.

Como siempre, aprovecho estas líneas para desear un cumplimiento de los nuevos propósitos personales mayor que el de las promesas políticas que nos van a inundar el año electoral recién comenzado.

Recuerdo el contacto: javi.otazu.ojer@gmail.com

¿Quién no ha seguido una doctrina? ¿Cuántas veces pensamos que los  demás están “adoctrinados”? ¿Cómo se logra eso? ¿En qué consiste?

Los cambios de año, que son los momentos en los que se hacen los nuevos propósitos, son ideales para pensar en ello. Consultando diccionarios en la red (pese a la aparición de Wikipedia, siguen existiendo), la doctrina se define como “conjunto de ideas, enseñanzas o principios básicos defendidos por un movimiento religioso, ideológico, político, etc…” o también como “materia o ciencia que se enseña”. Entonces, ¿por qué no reevaluar las doctrinas que nos han enseñado? Si tomamos como cierta la idea del filósofo Herbert Gerjuoy, según la cual “los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, serán aquellos que no sepan aprender, desaprender y reaprender”, investigar acerca de las doctrinas se hace todavía más necesario.

Existen dos doctrinas de la actual vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, que  han llamado la atención. La primera es antigua: “el dinero público no es de nadie”. La segunda, es una frase un poco más difusa: “hay que distinguir las opiniones de Pedro Sánchez cuando estaba en la oposición de las opiniones que tenga como Presidente del Gobierno”.

Bien, las críticas que han recibido estas dos afirmaciones son justas y merecidas. En el primer caso, sirve para eludir responsabilidades al asignar recursos. De todas formas, se deben analizar con más profundidad. Por ejemplo, el tema de las palabras. ¿Por qué no cambiar la definición? Está demostrado que las expresiones de la lengua cotidiana varían la percepción que tenemos de la realidad. Aunque el suceso sea el mismo, las expresiones “dos coches se golpearon” y “dos coches se estrellaron” describen el fenómeno de forma diferente. Lo mismo pasa con el dinero público. Es más exacto decir “dinero de los contribuyentes”, ya que se supone que eso estimularía a los gobernantes a ser más responsables con el gasto público.

Todavía hay más. Es fácil recriminar a Carmen Calvo la expresión de que “el dinero público no es de nadie”. Pero nosotros muchas veces actuamos así. Cuando no reciclamos la basura, intentamos evadir impuestos o usamos servicios públicos de forma indiscriminada sin tener verdadera necesidad de los mismos, estamos actuando de acuerdo a ese principio.

Respecto del Sánchez líder de la oposición y presidente del Gobierno, la frase es debida al cambio de doctrina efectuado respecto del problema catalán. La valoración de los acontecimientos del 1/10/17 era, en la oposición, de rebelión. Posteriormente, pasó a ser  de sedición y malversación de fondos públicos. Bien, este asunto lo dejamos para los juristas. Lo relevante es el cambio de opinión. ¿Es real? Puede que sí. ¿Seguro? Ya dijo Upton Sinclair que “es muy difícil entender algo si tu sueldo depende de que no lo entiendas”. De la misma forma, “es muy difícil entender algo si mantenerse en el poder depende de que no lo entiendas”. En resumen: primero va el interés personal (que los independentistas catalanes aprueben los presupuestos), y a partir del mismo emitimos una opinión.

Una doctrina asombrosa relacionada con el gasto militar es de la ministra de Defensa, Margarita Robles, cuando afirmó el pasado 14 de diciembre que “es un gasto social”. La lógica es simple: “se generan puestos de trabajo”. Bien, usando la misma argumentación todo gasto es social. Todo. Vamos, no existe ningún gasto que no sea social. Es sencillo: a nivel contable podemos tener gastos en personal, suministros, materias primas, electricidad, asesoría jurídica….no importa. Es muy claro que todos los gastos van a algún bolsillo y en consecuencia generan empleo. Es impresionante como toda argumentación vale, aunque sea una burla. En este sentido, se aplica a la sociedad el concepto de “gullibility”: tendencia a creer proposiciones poco probables que, en consecuencia, no se ajustan a la evidencia empírica. Ejemplo: “si bajamos el impuesto de sociedades a un tipo único del 10% habrá más actividad económica y en consecuencia la recaudación tributaria aumentará”. Se puede plantear la idea como camino generar más riqueza, pero hacerlo como medio para recaudar más dinero es un caso claro de gullibility.

Entonces, cuando nos asedian la sobreinformación y las noticias falsas, cuando dudamos de todo y la distinción entre izquierdas y derechas se torna tenue, cuando nos decepcionan las políticas que se aplican, ¿qué doctrina podemos seguir?

Hay temas como la religión o la identidad (ser vasco, catalán, navarro o español) que no se pueden imponer a nadie. Conocer de forma profunda el pensamiento, la historia y los ritos asociados a la religión que practicamos es útil. Conocer lo mismo del resto de religiones, también. Lo mismo podemos decir acerca del sentimiento nacional. Profundicemos en la historia, leamos medios que no piensan como nosotros para evitar el sesgo de confirmación (siempre estamos buscando reafirmar nuestras ideas), estemos con grupos de otras ideologías, valoremos cómo les va a las personas, empresas, instituciones, regiones y países según las decisiones que toman.

Sólo así evitaremos ser analfabetos en el siglo XXI.

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