Archivos mensuales: agosto 2018

Oportunidades.

El verano va terminando, y es inevitable preguntar si realmente lo hemos aprovechado o no. Es algo consustancial al ser humano: ¿hemos dejado perder alguna oportunidad? Un antiguo ministro de israelí de exteriores argumentaba que “estos palestinos no pierden la oportunidad de dejar pasar una oportunidad”. Se trata de abandonar el contexto histórico de la frase y valorar su significado. ¿Nos pasa eso muchas veces?

Sí. Lo que ocurre es que no somos conscientes de ello al estar completamente ensimismados en nuestro mundo; aquel que construimos de acuerdo a nuestros prejuicios para usarlo como un modelo que usaremos para ajustarlo a la realidad. Los humanos somos así: en lugar adecuar la realidad a nuestra persona hacemos lo contrario.

Esta idea se entiende fácilmente en retrospectiva. Una de las críticas más acertadas que ha recibido el gobierno del PP presidido por Rajoy que disfrutó de mayoría absoluta ha sido no tomar medidas que hoy en día nos habrían venido muy bien. Opciones a nivel jurídico, sanitario, educativo, cultural o administrativas hay innumerables. ¿Qué se hizo? La reforma laboral. Siempre se mantendrá el eterno debate acerca de si se creó más empleo a cambio de una mayor precariedad para el trabajador. Son debates que no tienen fin, como el relacionado entre la seguridad y la libertad. Pero la realidad es la que es, y para el actual gobierno del PSOE ha sido, por ejemplo,  más prioritario el asunto del traslado de la tumba de Franco que derogar esta reforma (cosa que había prometido por activa y pasiva). ¿Ha sido debido a que, pese a todo, la situación de los trabajadores ha mejorado? ¿O una vez que se plantea subir el techo de gasto se piensa que no podemos contrariar más a Bruselas? No lo sé; simplemente ha sido así.

¿Qué oportunidades puede perder el gobierno de Sánchez? No muchas. El problema de aritmética parlamentaria y de estrategia electoralista por parte de los partidos que apoyaron la moción de censura le han dejado sin margen de maniobra. Por lo tanto, ¿cuál es la solución? Tomar medidas que contenten a la mayor parte de los partidos, aunque no sea lo prioritario a corto plazo. Lo importante es hacer algo.

Una de las oportunidades más importantes que estamos perdiendo es el arreglo del sistema educativo, pero eso no tiene solución posible. Nunca se hará. El partido que está en el gobierno dirá que ellos han sido los únicos en crear consenso en años gracias a su “capacidad de diálogo”. La oposición no va a permitir semejante rédito electoral al gobernante. No nos gustan las personas cerradas, y la palabra “diálogo” está de moda. Por desgracia, no se comprende que hay cuestiones que no se pueden arreglar con diálogo. Si dentro de una pareja un lado desea la separación y el otro seguir juntos, no existe arreglo posible.

Dice el proverbio chino que no vuelven ni la palabra dada, ni la flecha lanzada ni la oportunidad perdida. En el primer caso, los riesgos han aumentado: con la tecnología de hoy nos pueden grabar desde cualquier cámara oculta. Eso sí, tenemos la costumbre de grabarnos a nosotros mismos en las redes sociales. La huella digital hace que eso sea semejante a un tatuaje: una vez hecho cualquiera lo borra, ¿no? En el segundo caso, debemos tener en cuenta que hoy en día no se lanzan muchas flechas. Las técnicas armamentísticas han mejorado una barbaridad: nada como matar al mínimo coste. Faltan avances como asesinar por raza o dejar los edificios en pie (el triste intento de la bomba de neutrones) pero todo se andará. Pero se puede hacer una analogía en asuntos delicados como descuidos en trabajos de riesgo o al volante. En acciones banales como cruzar un paso de cebra con el coche llegamos a poner en riesgo nuestra vida y la de los demás.

Por último, volvamos a la oportunidad perdida. Nada hay peor que el desconsuelo producido por haber elegido una carrera profesional equivocada (sin meditarlo suficientemente), una vida matrimonial desdichada (por inercia) o un vicio que nos ha arrastrado de continuo (aunque la lista es muy larga podría empezar desde las típicas drogas hasta cualquier tipo de adicción negativa). Por eso, bueno es saber las cosas de las que se arrepienten más a menudo. La lista, no necesariamente en este orden, sería aproximadamente la siguiente.

Uno, no arriesgarse. Dos, no haber visto crecer a los hijos (la sensación de haberlos educado mal es algo que perdura para siempre). Tres, estar preocupados de tonterías sin fijarnos en lo importante.

¿Lo importante? ¿Qué es?

Sé lo que no es: ver la televisión muchas horas, comprar el Ferrari más caro o ganar más dinero que las personas que están en nuestro entorno.

Si buscamos lo que es, debemos ir a un sitio lejano y desconocido.

Nuestro interior.

Buen viaje.

Mente

Entre consulta y consulta a las pantallas que son prolongaciones de nuestro cuerpo merece la pena realizar alguna pequeña reflexión, ya que el verano es la mejor época del año para tal fin. Ya se sabe, las vacaciones. Esa época playera, de monte y sofá en la que “siempre se está bien” aunque falla un pequeño detalle: la cuarta parte de las separaciones se dan cuando termina el período de descanso. Tiene cierta lógica: todo día en común hace que aproximadamente el 80% de las decisiones deban ser consensuadas (las parejas que viven en casas separadas acuerdan el 20% de sus decisiones personales).

La reflexión trata de la mente. ¿Qué nos queda de ella? ¿Cómo podemos usarla? ¿Merece la pena externalizar capacidades de nuestro cerebro en el teléfono móvil?

Para empezar, quizás sería más adecuado decir que el teléfono móvil es una prolongación de la mente, ¿no? Al menos, evita memorizar fechas de cumpleaños, números de teléfono, el río que pasa por Sevilla o los goles que marcó Cristiano Ronaldo cuando jugaba en el Manchester United.

Podemos continuar con la definición de John Milton, según la cual “una mente es su propio lugar, y por sí sola puede hacer un cielo del infierno y un infierno del cielo”. Cuando pensamos en usar el cerebro queremos adquirir conocimientos que nos permitan adaptarnos correctamente al mundo en el que vivimos con idea (en general) de buscar un puesto de trabajo acorde a nuestras habilidades, competencias y personalidad. Pero eso, con ser importante, es algo secundario. Lo principal es adaptarnos al medio y en ese sentido el aforismo de Milton es pertinente. Existen problemas como el paro juvenil, la inmigración o el cambio climático. Ocupan, con todo merecimiento, las portadas de los medios. Sin embargo, comenzamos por un aspecto positivo que sólo recordamos cuando nos falla la salud: estamos aquí ahora. Parece poco. Es mucho.

Sí, esa idea es muy simple. Aparece en todos los libros de autoayuda. Pero para comprender su fuerza podemos usar un ejemplo revelador. Tenemos dos grupos de personas. A uno le ha tocado la lotería. Otro está formado por personas que han tenido un accidente grave y están parapléjicos. Pasado un tiempo prudencial, ¿cuál de los dos grupos es más feliz?

 

 

 

 

Parece la típica pregunta estúpida que debe tener truco, ¿no? La contestación es evidente: aquellos a los que les ha tocado la lotería. Pues no. La felicidad es la misma: cada individuo, pasado un tiempo, se adapta a lo que tiene y vuelve al nivel que en Economía de la Conducta se llama de “adaptación hedónica” (uno de los mayores expertos mundiales en este campo es Dan Ariely; a partir de sus estudios se pueden encontrar diferentes referencias para confirmar esta hipótesis y otras igual de sorprendentes). En definitiva, el principal uso de la mente es adaptarnos de la forma más adecuada a nuestros intereses. Es así: “según pienses, así serás”.

¿Cómo adaptarnos bien al mundo? Recibimos noticias y más noticias sin parar. ¿Son verdaderas o falsas? Los políticos dan mensajes, desde luego, con una orientación acusada hacia sus intereses. Lo mismo hacen los empresarios, sindicatos, grupos sociales y nosotros mismos. Así, ¿qué? Dos sugerencias. Uno, pensar en interés que tiene cada individuo. No hace falta ir muy lejos: suele estar en el bolsillo. “Es muy difícil que alguien entienda algo si su sueldo depende de que no lo entienda” (Upton Sinclair). Dos, ser observador. Está el lenguaje corporal, aspectos en los que deliberadamente no se entra, posibles incoherencias….

Un ejemplo. Muchas veces se comenta que “no se debe hablar de política”. Eso es falso, es una trampa del lenguaje. Usemos la mente: está bien debatir si es conveniente subir o bajar impuestos. Es difícil perder amistades por ello. Otra cosa es el tema de la identidad, tan emocional. Un sentimiento vasco, navarro o español no se puede cambiar de golpe. Ser de izquierdas o derechas tampoco. ¿Cómo nos comen la cabeza los políticos o las sectas? A partir de un relato entre buenos y malos. No hay más.

El móvil debe ser un complemento de la mente y un instrumento de consulta (nos ayuda a orientarnos en la carretera, a saber el tiempo, a seguir las noticias o incluso a ayudarnos en el trabajo). También es útil su aspecto lúdico: nos permite múltiples opciones de entretenimiento. Pero ahí es donde debe quedar; en caso contrario, terminaremos al revés: la prolongación del móvil seremos nosotros.

De ahí se deduce que las capacidades de nuestro cerebro a externalizar son  las referidas en el párrafo anterior. Y punto. Como todo órgano o máquina, lo que no se usa tiende a oxidarse o romperse. Y no podemos permitirnos perder capacidades como la imaginación, creatividad, trabajo en grupo, vida social, sentido del humor o nivel espiritual.

Aprovechemos el verano para trabajarlas. En todas ellas es donde están incluidos los trabajos del futuro.

Responsabilidad.

El pasado 6 de agosto aparecía en la sección “La frase” de este periódico la siguiente idea de Stanley Milgram: “La desaparición del sentido de responsabilidad es la mayor consecuencia de la sumisión a la autoridad”. Pensando en  asuntos tan candentes del verano como la inmigración, las políticas del nuevo gobierno de Sánchez o incluso la polémica relacionada con el máster de Pablo Casado, llegué a la conclusión de que, en efecto, vivimos con una sumisión total a la autoridad.

Antes de desarrollar esa idea, merece la pena resaltar la figura de Stanley Milgram. Fue un reputado científico social de la segunda mitad del siglo XX, que entre otras cosas se dedicaba a realizar experimentos sorprendentes que permitían comprender lo más profundo del comportamiento humano. El ejemplo más famoso es el de la obediencia a la autoridad. Entre otros objetivos, se trataba de comprender la razón por la que seguimos directrices que entran en colisión con nuestra conciencia.

En dicho experimento, existe un único participante, siendo el resto de las personas simples actores. A unos alumnos se les hacen preguntas sencillas de manera que si no saben la respuesta una autoridad ordena al “conejillo de indias” que aplique una pequeña descarga eléctrica para que en otra ocasión estén más espabilados. Por lo tanto, más preguntas sin respuesta implican más descargas eléctricas (en un sentido figurado: por mucho que grite el alumno es simple teatro ya que las descargas son falsas) las cuales podrían atentar muy gravemente a la salud de los alumnos incultos.

Supongamos que preguntan la capital de Francia y se contesta Moscú. Descarga eléctrica. Preguntan cuestiones como “en una playa hay 25 cocos y un mono se lleva todos menos 7. ¿Cuántos quedan?”. Si se contesta 18, nueva descarga (obviamente, se quedan 7 cocos). Y así sucesivamente.

Los resultados del experimento fueron desalentadores. El 65% de los participantes aplicaba descargas que en teoría podían incluso dejar sin vida a los alumnos. Además, replicaciones del experimento realizados en otros momentos del tiempo y en  lugares diferentes proporcionan porcentajes muy semejantes.

La idea original era comprender la razón por la que tantas personas participaron de forma activa en el holocausto nazi. En general, se trataba de una simple sumisión a la autoridad. ¿Razones? Aunque dejamos eso para los expertos, hay dos principales. Primero, la responsabilidad es de la autoridad, “yo me limito a seguir órdenes”. La segunda, cuando todos están haciendo lo mismo, “no puedo fallar a mis compañeros”. Bonito panorama, ¿no?

Milgram realizó tantos experimentos de este estilo que un 22 de noviembre del año 1.963 comentó a sus alumnos que habían asesinado a Kennedy. No le tomaron en serio; pensaron que era un invento más.

¿Podemos afirmar que hemos abandonado responsabilidades como ciudadanos debido a la sumisión a la autoridad? Rotundamente, sí. Otorgamos una fuerza inusitada al Estado en todos aspectos de la vida. Sobre todo para lo malo, muy poco para lo bueno. Así, no interiorizamos que podemos mejorar nuestra comunidad con pequeñas acciones. Existe un mar de ejemplos que sirve para simbolizar esta idea.

Pensiones: deben aumentar. Falso. No hay dinero, lo que deben hacer los gobiernos es decir que el sistema está quebrado para buscar mejoras soluciones en el ámbito público y por supuesto, privado.

Trabajo: deberían ofrecer más puestos. Falso. La responsabilidad del gobierno es equilibrar el sistema educativo con el mercado laboral y dotar a las empresas y trabajadores de un marco regulatorio que genere los incentivos adecuados. La responsabilidad de la persona es realizar una formación que le otorgue competencias en equilibrio con su personalidad, habilidades y deseos para generar valor a la sociedad.

Inmigración: es fácil decir que debemos ayudarlos. Pero que sea con el dinero del gobierno, ¿no? Eso está muy bien siempre y cuando el recorte no me afecte a mí. No puede ser. No obstante, se debe valorar la gran cantidad de voluntarios que ofrecen tiempo, dinero y hogares para ayudar a las personas que vienen aquí en busca de un futuro (no de un futuro mejor; ese concepto no existe en su tierra).

Incendios: la culpa es del gobierno, ya que no hay bomberos donde comienzan los focos. Por desgracia, los recursos son limitados. Y sí, es cierto que en este ámbito han existido recortes. Pero hay opciones jurídicas: la mejor, una multa sideral. Sin olvidar nuestro papel individual: debemos ser muy cuidadosos con nuestros actos.

Nuevas políticas, Máster de Casado: el gobierno de Sánchez ha batido el récord de nuevas colocaciones en personas sin capacitación para diversos puestos públicos aumentando, además, los gastos administrativos. Por otro lado, la universidad del famoso Máster daba facilidades a “personas públicas” (es una forma, triste, de vender un centro educativo: “aquí estudió Fulanito”). ¿Qué es más grave?

Lo más grave es que echamos las culpas a los gobiernos de lo que pasa y con eso nos abandonamos llegando a permitir privilegios inadmisibles a la “casta”.

Tampoco puede ser.

Es nuestra responsabilidad.