Archivos mensuales: julio 2018

Tonterías.

“Tonto es el que hace tonterías”. ¿Quién no recuerda esa famosa frase de la película Forrest Gump (1994)? Entonces y para aprovechar la suavidad de la expresión, ¿cuáles son las tonterías más comunes hoy? Bueno será valorarlas ya que si hay una época proclive para realizarlas esa es, precisamente, el verano.

Una de las tonterías más sorprendentes es la de una “Influencer” que estuvo 8 meses seguidos dejándose crecer el pelo sin que se lo cortasen. Fascinante, ¿no? Claro que sí. Pocas cosas más apasionantes se me ocurren que ver cómo le crece a alguien su cabellera.

Entonces, ¿podemos considerar a la persona que se deja crecer el pelo como tonta? No. En realidad, lo que ha hecho es una apuesta. Una apuesta temporal. De ocho meses, exactamente. Se ha dejado crecer el pelo para adquirir fama (y lo ha logrado, ya que en caso contrario no estaría escribiendo acerca de ella).  Es evidente que por cada tontería que se publicita un mínimo de cien no lo hacen. Pero así es el mundo de las redes sociales. La mayor parte de las tonterías  se hacen para dar que hablar, sea en la familia, amigos o Internet. En conclusión, la frase de Forrest Gump ha dejado de ser cierta en el mundo de las redes sociales. Ya se sabe, son los tiempos, cada vez cambian de forma más rápida.

Otro tema de actualidad es el de las pseudociencias. Se está realizando una nueva campaña para otorgar más valor a la medicina tradicional en lugar de otras como la homeopatía o acupuntura. ¿Podemos considerar que es una tontería acudir a uno de estos medios para curar una enfermedad? ¿Tiene sentido ir a un vidente para poder predecir nuestro futuro?

Antes de contestar a estas preguntas, deberíamos valorar dos aspectos fundamentales para cada una. En el caso de la enfermedad, está el tema de los placebos. Un placebo es una supuesta medicina para el enfermo que no es tal. Lógicamente, cuando se conoce el tratamiento concreto para una determinada dolencia no se usan los placebos por razones éticas. Sin embargo, su uso es muy útil en investigaciones médicas para probar diferentes tratamientos que permitan curar una enfermedad concreta. Así se compara el  resultado del placebo y el tratamiento, para valorar si el nuevo método es adecuado. En término estadísticos, si las diferencias son significativas se considera el nuevo medicamento como válido. Eso sí, son necesarias diferentes pruebas adicionales para salir al mercado.

 

 

 

Respecto a la pregunta del futuro, lo relevante es  el denominado “efecto Pigmalión” debido al cual cuando nos dicen lo que nos va a ocurrir comenzamos a pensar en ello y tomamos las medidas (consciente o inconscientemente) que nos permitan llegar a lo que ha dicho el vidente. No siempre ocurre, pero cuando aciertan es por eso. Está testada la imposibilidad de hacer predicciones. En caso de duda, consultar cómo estaba hace dos años el mercado de futuros del petróleo (y aquí hay millones de supuestos videntes) y el precio del barril a día de hoy.

Sea en el tema de la enfermedad o el del futuro, la evidencia empírica demuestra que el primer caso suele ser un placebo y el segundo una serie de pautas de comportamiento adquiridas de forma inconsciente que nos llevan a que se cumpla la predicción. Un ejemplo. Supongamos que un vidente nos dice que nos van a despedir. En ese caso estaremos menos motivados en el trabajo, más desganados y realizaremos peor nuestro desempeño. Es muy posible que, precisamente, ¡nos despidan por eso!.

En cualquier caso, no estamos haciendo tonterías. Lo que ocurre es que nos cuesta admitir la realidad y es mejor la fantasía. Deseamos creer en posibles curas milagrosas o en que el destino está escrito (bueno, quizás esté escrito, pero ¡depende de nuestros actos!). Y por eso acudimos a esos lugares. En caso de duda, consultar las promesas electorales de los partidos populistas.

¿Es una tontería hacernos un selfie a 200 kilómetros por hora? No. Así fardamos con los amigos. ¿Es una tontería  insultar y faltar a los familiares o adversarios políticos y empresariales? No. Es una estrategia basada en un principio: “cuando el río suena, agua lleva”. Nos sirve para alimentar a nuestro ego. ¿Es una tontería decir “Europa es mi enemigo” (Trump)? No. Es un juego de sumas y restas que nos permite llegar a un nuevo aliado. ¿Es una tontería comer y beber en exceso durante el verano? No. Después de un año de duro trabajo, nos lo hemos ganado.

Entonces, ¿nunca hacemos tonterías?

En términos de la economía tradicional, no. Todo lo que hacemos tiene un porqué y una razón lógica, aunque sean apuestas de riesgo a corto plazo (el selfie) o a largo plazo (tomar actitudes que atenten contra nuestra salud).

Sin embargo, en términos de economía de la conducta y sentido común, este artículo está lleno de tonterías.

Confianza.

Uno de los ingredientes más importantes para que funcione de forma adecuada la convivencia entre los individuos de una sociedad es la confianza. De hecho, un estudio famoso para comprender las razones por las cuales el norte de Italia es mucho más rico que el sur dio a entender que la característica fundamental era la confianza entre las personas. Y es cierto: una pareja, el consejo de administración de una empresa o una cuadrilla de amigos funcionan mejor con el pegamento que nos proporciona saber que podemos confiar en el otro.

¿Cómo generar pues, esa confianza? ¿Cuándo es necesaria? ¿Cuándo no?

En las operaciones de compra venta de bienes en los que se observan claramente las características del producto que adquirimos no hay problema alguno. Sí, puede que una manzana tenga algún gusano dentro, pero eso no es habitual. Lo único, se debe tener cuidado con el intercambio monetario. No es grave que nos devuelvan de más, pero si nos devuelven de menos nos enfadamos. Si bien estos desajustes se deben a errores, sea en uno u otro sentido, una operación económica en la que los números no son acordes a lo pactado (y a sabiendas) se convierte en un simple robo.

Existen bienes que vamos a usar durante un largo período de tiempo que pueden no cumplir las características pactadas, como por ejemplo un coche (en especial de segunda mano). Ese problema se arregla con el uso de garantías. En este sentido, mucho cuidado con los seguros que nos venden en los teléfonos móviles; cubren pocas cosas, y muchas de ellas ya están dentro de la garantía. Los contratos de telefonía móvil se pueden considerar de “suministro” ya que pagamos una cantidad fija o variable, según nos parezca más conveniente, al mes. Cabe reprochar el funcionamiento de algunos servicios de atención al cliente, los cuales parecen tener la intención de hacernos desistir a no ser que estemos muy molestos por algo que no funciona.

En el ámbito de los servicios un tema delicado son los viajes: ¿y si el hotel de destino está más  lejos de lo que pensábamos de la playa? Aquí Internet es una ayuda fundamental: podemos comprobar la ubicación exacta, incluso se pueden estudiar las valoraciones de los diferentes clientes que hayan tenido una experiencia semejante a la que deseamos vivir.

Las operaciones empresariales con otros países son más delicadas. El papel de organismos públicos o privados como papel de intermediarios se antoja fundamental para evitar estafas o desajustes debidos a diferencias culturales.

¿Cómo está la confianza entre la sociedad y los partidos políticos? No existe. Pedro Sánchez prometió elecciones inmediatas y lo que ha hecho es montar en un mes el mayor aparato de altos cargos en la historia de la Moncloa (“El Mundo”, 8 de julio). Eso sí que ha sido inmediato.

Este es un tema que a nivel social genera hartazgo y peor todavía, impotencia y resignación. ¿Para cuándo medidas que penalicen este tipo de promesas?

Para confianza nula, la que tienen los partidos entre sí. Que se lo pregunten al PP con el PNV, que nada más aprobar los presupuestos del Estado decide dar la “patada” al gobierno de Rajoy con la famosa moción de censura. Lo que enseña esta historia que incluso la “noble palabra vasca” tiene su precio. Y que todo son estrategias. No hace falta irse muy lejos: basta analizar el último ajuste del ayuntamiento de Pamplona. Es lo que hay: cuando falta un año para las elecciones municipales y autonómicas, lo que se hace es campaña electoral.  La gestión, que es lo importante para los ciudadanos, pasa a un segundo plano.

A nivel internacional, la última cumbre de Trump y Putin en Helsinki ha dado mucho que hablar. Lo que son las palabras: para el presidente norteamericano Europa pasa a ser el “enemigo” (comercial, menos mal) y Rusia “un buen competidor”. En este contexto, Angela Merkel piensa que “ya no se puede confiar en Estados Unidos”. Sí, vienen nuevos tiempos para la diplomacia. Pero en este ámbito, nada ha cambiado. La única ley que funciona es la de la selva: el más fuerte es el que gana. Si algún contrato no me gusta, como el de Irán, lo tiro al vertedero. Viva el libre comercio siempre que cumpla una condición: que sea en mi beneficio. En fin, el mundo es así. Las personas somos así. Nos importan nuestros intereses.

En términos europeos y con un Brexit que conlleva una dificultad extrema, la única solución es crear mecanismos institucionales más fuertes que permitan una Unión más sólida. Pero aquí aparecen los intereses particulares de los gobernantes europeos, interesados en buscar relatos que culpen a otros de las dificultades económicas que tienen.

La realidad es que la única forma de funcionar es buscar incentivos que fomenten la confianza cuándo ésta no sale por sí sola. Así podemos evitar una característica muy curiosa de la confianza.

Sólo se pierde una vez.

Fantasía está en peligro.

En el inolvidable libro de “La historia interminable” (Michael Ende) se entremezclan a la vez el mundo de la imaginación de Atreyu y el mundo de la realidad de Bastián. Como argumento central, la Emperatriz Infantil tiene un problema: Fantasía está en peligro. La Nada está conquistando el país, y por lo tanto se ve obligada a formar un gabinete de urgencia en su residencia, el Palacio de Marfil (hoy se usa esa expresión para indicar que un gobernante está ajeno a la realidad, escuchando tan sólo a sus asesores y palmeros). El objetivo es evitar que Fantasía desaparezca.

Verano del año 2.018. Como siempre, la sociedad tiene muchos retos. Desde profundizar en la imagen  de nuestras fiestas de San Fermín (con la reputación tocada  por alguna manada) hasta cuestiones globales como la gestión de la llegada de inmigrantes a las costas europeas. Cuando observamos las soluciones que se proponen para algunos de los problemas no puedo dejar de pensar que, efectivamente, Fantasía está en peligro. ¿Dónde tenemos la imaginación?

La mayor parte de la información que necesitamos ha quedado recluida en pantallas, ideologías, algoritmos y teléfonos móviles. Las pantallas nos atontan. Las ideologías generan soluciones rígidas (subir impuestos a los que más ganan, bajar impuestos para que así los empresarios puedan crear más riqueza para todos). ¿Dónde están las ideas aplicadas a nuestros ideales? Los algoritmos están en muchas aplicaciones de nuestro móvil, y los usamos para todo. Desde las búsquedas de Google hasta la orientación por una carretera, la inversión en bolsa o el tiempo de espera de autobuses. Los teléfonos móviles los usamos como prolongación del cerebro, dejándolo dormido. Hoy no recordamos ni fechas de cumpleaños, ni números de teléfono, ni citas de trabajo ni la capital de Burkina Faso. Todo está en el móvil.

Cuando buscamos soluciones para los problemas de hoy, la mayor parte de los políticos dicen lo que hay que hacer: mejorar la sanidad y la educación, contener la inmigración o subir las pensiones. Por desgracia, nadie dice cómo hacerlo. ¿Por qué? Necesitamos dinero. Aparece el trilema.

Todo recurso económico (esto vale para cualquier institución pública, privada, una familia o una persona individual) que necesitemos se puede obtener de tres formas. Uno, aumentado ingresos (más impuestos, ganar más salario). Dos, quitando de otro lado. Tres, endeudándose (lo que supondrá un coste en intereses, y por cierto, más pronto que tarde los tipos van a empezar a subir). No hay más posibilidades. Son tres. Un trilema. Por lo tanto, cuando se vaya a tomar una medida económica, que digan por favor cómo se va a financiar.

 

Existe la posibilidad de implantar medidas jurídicas, y así se puede cambiar la reforma laboral, la situación de los presos o la ley mordaza. Pero la mayor parte de los problemas se solucionan con cargo a presupuestos. El mundo sigue este patrón; “si tienes dinero, tienes dinero. Si no tienes dinero, tienes un problema”. Y el Estado de bienestar de hoy tiene un problema: está muy lejos de cubrir todas las demandas sociales, aunque nos quieran decir lo contrario.

Por lo tanto, vamos al mundo de Fantasía.

Respecto de nuestras fiestas, debemos tener en cuenta que la mente humana funciona por heurísticas. Es decir, asocia San Fermín a unas pocas palabras que son  toros, juerga y últimamente (aunque las estadísticas comparadas con otras fiestas digan lo contrario)  violencia sexual. Desde luego, no ayuda que en las entradas de Pamplona haya carteles diciendo que “estamos contra las agresiones sexistas” (¿qué ciudad está a favor?). La difusión de historias positivas de personas que hayan disfrutado de la fiesta es fundamental  para revertir la situación.

Respecto de las pensiones, se podría decir la verdad. El experto José Antonio Herce ha demostrado que las personas que se jubilan ahora han cotizado para 12 años y se les va a regalar 10 años más. ¿Es eso justo? ¿Es sostenible? Se puede indicar a cada persona su pensión si sigue cobrando lo mismo (para que sea más consciente de su futuro). Serán necesarios reajustes de impuestos para cubrir el déficit de la seguridad social (el IVA es muy aprovechable). Se deben estudiar casos en los que se cobran cantidades enormes y minúsculas (en pensiones de viudedad se dan las dos posibilidades).

Respecto de la inmigración: recursos para los países de origen. Penas durísimas para las mafias. Campañas de adopción (existe mucha demanda) para niños que se encuentren sin recursos. Búsqueda de familias que deseen acoger inmigrantes durante cierto tiempo. Ampliación de la coordinación entre policías y gobiernos europeos.

Respecto del paro: contrato único y sencillo. Ventanilla directa de creación de empresas. Planes de colaboración público privada. Ministerio del futuro para adelantarnos a tendencias sociales y económicas.

Respecto de nosotros mismos: volar, imaginar, volver a ser niños, leer y  soñar recordando que “detrás de la actitud de cada uno está el destino de todos” (Alejandro Magno).

Autoridad.

¿Qué personas tienen autoridad sobre otras? ¿Cómo podemos evaluar de forma correcta la autoridad que debe tener un juez, policía, profesor, padre, madre sobre otras personas? Además, existe un problema en doble sentido. ¿Cómo evitar abusos? ¿Cómo hacer que se cumplan las normas?

Es muy difícil que el lector no haya tenido ningún debate personal acerca de los dos asuntos judiciales más polémicos a día de hoy: el juicio de la manada y el asunto de Alsasua. En ambos casos la autoridad judicial ha quedado en entredicho. ¿Cómo nace la misma? ¿Podemos dudar de los jueces? Y las actitudes y quejas de representantes del Gobierno, ¿tienen su razón de ser debido a la supuesta injusticia que perciben? ¿O deberían haberse aguantado y respetar la separación de poderes?

El conflicto es inevitable al ser humano. Por lo tanto, es necesario un sistema efectivo para dirimir los desencuentros existentes entre personas, instituciones, colectivos sociales o empresas. Para que ese sistema cumpla su cometido debemos dotar de autoridad a los que deben decidir: los jueces. No obstante, una resolución judicial siempre deja alguna parte descontenta. En un caso extremo, estas resoluciones generan nuevos conflictos.  Por ejemplo,  cuando se dan recusaciones o se acuden a otras instancias. Entramos así en un círculo vicioso que evita la resolución del  problema inicial  dejando otros en la “bandeja de salida”. Así es como nos encontramos ahora, con un sistema judicial saturado que pide (menuda sorpresa) más recursos económicos. Tiene compañía: lo mismo ocurre en educación, defensa, sanidad, dependencia….resumiendo, en todas las partidas dotadas de presupuesto gubernamental. Es un tema cultural sujeto a la siguiente frase: “el no ya lo tengo”.

Si dudamos de los jueces, dudamos de todo el sistema. Por eso el castigo que tienen cuando no actúan de acuerdo a la ley es enorme: se juegan su carrera profesional de por vida. Así que un poco de cuidado se supone que tendrán, ¿no?

En el caso de la manada, el problema es la presunción de inocencia. Se supone que alguien es inocente mientras no se demuestre lo contrario, y por lo tanto ante la más mínima duda, no se condena a la persona. ¿Qué nuestro sistema es demasiado garantista? Posiblemente. ¿Qué en casos de violación un sospechoso debería ir a la cárcel debido a la durísima experiencia que sufre una persona violada y que además le puede crear traumas de por vida? Se debate. Que los partidos acuerden la solución y se cambia la ley. Punto. Pero lo fácil es hacer electoralismo barato y salir a la calle. El papel del juez es hacer cumplir la ley. El del político: redactar, discutir y consensuar  la ley en su ámbito de actuación: el Parlamento. No hay otro sitio.

 

Respecto del tema del juicio de Alsasua, la idea anterior se repite. Si la ley es muy dura, se cambia. Si el juez se ha extralimitado en la condena debido a prejuicios o ideologías, instancias superiores se encargarán de castigarlo. Que nadie lo hace, dos posibilidades. Puede ser que, pese a todo, la interpretación del caso respecto de la ley no sea incorrecta. Otra opción: el sistema es un completo estercolero y el corporativismo cumple otra ley, “hoy por ti, mañana por mí”. Pero ahí radica una de las ventajas de pertenecer a la Unión Europea: muchas veces existen instancias superiores a las que se puede acudir en busca de justicia.

Necesitamos reglas. Reglas sencillas, claras y que se puedan interpretar con facilidad. Es difícil determinar aquí la palabra “reglas justas”, ya que este concepto es subjetivo. Lo que para unos está bien, para otros no lo está. Solo los debates que han generado asuntos como la presión permanente revisable sirven para dar cuenta de ello.

Las otras autoridades están más especificadas, y cada una tiene sus problemas. A nivel policial las dificultades son el abuso (ya se sabe, el Estado tiene el monopolio de la fuerza). En el caso de los profesores, el respeto y la permisividad de los padres respecto de los hijos. Es curioso: hace años, en caso de conflicto entre el alumno y el  profesor la presunción de inocencia era para el profesor. Ahora, es para el alumno. Cosas de los nuevos tiempos. En la relación entre padres e hijos, tres cuartos de lo mismo. Existe una regla sin la cual nada tiene valor: el respeto. Cuando no existe, todo ha terminado.

¿Y los políticos? ¿Se les respeta?

Aquí la situación es todavía más extraña. Cuando se habla de ellos, los comentarios son negativos: “sólo piensan en sí mismos y en coger todo lo que puedan”. Cuando se les ve, la cosa cambia “tengo un amigo parlamentario”, “he estado con el presidente del partido X, cuánto gana en las distancias cortas”.

Eso sí, en un mundo en el que la sobreinformación nos genera dudas e incertidumbres, una autoridad es imprescindible.

La de los medios de comunicación.