El hábito de copiar.

Vaya con el famoso Máster, la que se ha montado…que si trato de favor, que si una firma por aquí, una presentación por allá, no pasa nada por no ir a clase ya que se debe tener en cuenta la situación personal de cada uno, una simpática filtración y una carrera política que se tambalea. Son las trampas que tan se hacen a menudo en el mundo de la educación. Ahora bien, ¿son comunes? ¿Sólo hacen trampas los alumnos? ¿Las hacen también los profesores? Un debate, sin duda, muy sabroso.

La trampa por excelencia del alumno es copiar. La de un profesor, exagerar su currículum (bueno, de cualquier particular). ¿Cómo se puede controlar eso?

La respuesta desde el ámbito de la economía es trivial: con incentivos adecuados. En algunas universidades, en especial en el ámbito anglosajón, los alumnos hacen exámenes sin vigilante alguno. Nadie se atreve a copiar. ¿Cuál es la razón? Si por lo que sea le descubren a alguien, expulsado de la carrera y el castigo es semejante a un delito: puede ser que no pueda estudiar en ningún otro centro un grado. Cualquiera se atreve, ¿no?

Desde el ámbito docente ocurre lo mismo. Volvemos al mundo anglosajón. Si un profesor acude a un congreso, no es necesario ningún justificante. Basta añadir el congreso a su currículum. ¿Por qué no engordan sin parar sus títulos? La razón es igual que la anterior: si algún dato es falso, su carrera profesional ha terminado.

Eso no es lo que ocurre por estas tierras. Es famoso el caso de un alto cargo de un partido al que se le comenzó a investigar la veracidad de sus méritos. Parece ser que sólo era cierto un curso de guitarra. ¿Exagerado? Quizás. Pero ilustra el ejemplo.

¿Quién no ha copiado nunca en un examen? ¿Se siguen llevando “chuletas” a los exámenes? Algo siempre se lleva, pero está más de moda lo que se denomina el “dopaje tecnológico”. Hay calculadoras que tienen posibilidades asombrosas, por ejemplo, llevar un pequeño resumen de lo que cae en el examen integrado. Normal, muchos de estos artilugios son ordenadores en miniatura. Existen más posibilidades, y en este caso no me refiero al célebre “pinganillo”. Si además de pagar con el teléfono móvil ya se puede pagar con el reloj, ¿por qué no usarlo como apoyo logístico para el examen? Incluso existen empresas que ofrecen soluciones tecnológicas para poder copiar.

Es difícil solucionar eso, sí. Una posibilidad es que los alumnos pasen unos controles semejantes a los de los aeropuertos. Más extremo sería que vayan en bañador a los exámenes. Como opciones, es más útil dejar el tiempo justo, hacer preguntas abiertas o responder a cuestiones para las que sea indispensable haber acudido con regularidad a clase o tener algún trabajo terminado.

Pero claro, el trabajo también puede haber sido copiado. Es increíble cómo se crean diferentes mercados. Por ejemplo, un trabajo de fin de grado puede costar unos 600 euros, y una tesis doctoral 3.000. Existen personas especializadas en ello. Parece algo muy complicado ya que Google permite, entres sus opciones, analizar trabajos académicos relacionados con un tema determinado.            Pero así son las cosas.

Y los profesores, ¿copian? No tanto. Es famoso un dicho por el cual copiar a una persona es plagio, y copiar a muchos autores es una tesis doctoral. Tiene también su razón de ser: en el primer caso te aprovechas sólo de un trabajo, en el segundo se recopila material. No obstante, no vale con la capacidad de síntesis. La creatividad y el nivel de la investigación deben valorarse también.

En el ámbito científico y tecnológico, la copia está penalizada y la originalidad se protege mediante derechos de autor o patentes. Pero es curioso cómo la cultura afecta al hecho de copiar: para los chinos, un descubrimiento debe ser compartido por la comunidad para beneficiarse del mismo. Nuestra sociedad, más individualista, no lo ve así. Esto nos lleva a un problema global: en un mundo completamente interconectado, son necesarias reglas de propiedad intelectual, digitales o financieras comunes para todos. ¿Cómo se podría hacer eso? Es uno de los mayores retos de nuestro tiempo.

Volviendo al asunto inicial, ¿cómo evitar lo que ha ocurrido? ¿Son las universidades de fiar? En general, sí. Además tal y como ha quedado demostrado en el asunto del Máster siempre se puede filtrar alguna mala práctica. En este aspecto, podemos ser optimistas. Una de las ventajas de las nuevas tecnologías es que van a permitir, con el tiempo, una transparencia cada vez mayor.

Pero uno de sus aparentes desventajas es que permiten copiar con más facilidad: libros, apuntes, temas musicales o películas se piratean a menudo. No obstante, no todo es tan oscuro. Las copias comienzan a remitir. ¿No es acaso Uber una copia de un taxi? Pues los precios ya se están igualando. Son las cosas del mercado y de la regulación.

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