Archivos mensuales: mayo 2018

Del discurso al hecho.

“Yes, we can”, “América primero”, “fuera la casta” son eslóganes que hemos oído muchas veces en recientes procesos electorales. Es más: todos sabemos a quién pertenecen, ¿verdad?

Sí, un mensaje corto y directo puede ser un instrumento poderoso para ganar votos, y los hechos así lo demuestran. Ahora bien, ¿qué podemos decir de los discursos? Nadie puede discutir el nivel retórico de Barack Obama. Ahora bien, ¿es compatible con sus hechos posteriores? Sin desmerecer su legado, es indudable que sus discursos están por encima de sus hechos. Es más, recibió el Premio Nobel de la Paz más por intenciones que por resultados.  Siempre ha sido así, hablar muy bien no es equivalente a gestionar al mismo nivel.

Si un político actual es capaz de realizar discursos memorables este es Emmanuel Macron. Su antítesis vive en una casa blanca, y su nombre es Donald. Sin embargo, podemos indicar un contraste enorme; de momento, el primero ha cumplido  menos promesas que el segundo. Aunque no nos gusten las cosas que dice, las hace.

Muchas de las promesas electorales que escuchamos no cristalizan. Ahora bien, ¿a qué es debido? Hay tres posibilidades. Uno, son simples trolas. Dos, el candidato tiene un desconocimiento enorme de la realidad e ignora que muchas de las cosas que dice no se pueden cumplir. Tres, existen unas barreras más fuertes de lo que se pensaba a priori que impiden la realización de la promesa. Las barreras, además de las presupuestarias, son de dos tipos. En primer lugar, las  jurídicas. Pueden ser debidas a los contrapesos del sistema o a que simplemente existe algún organismo superior, como puede ser la Unión Europea, que tiene la potestad sobre el asunto tratado. No obstante, existen obstáculos superiores. Están formados por los grupos de interés que salen perdiendo, aunque sea a costa de que gane el resto de la sociedad. Conforme más organizados estén y mejor sepan vender su relato, más fuerza tienen. Pensemos en asuntos como los estibadores en España o los trenes en Francia. Medidas razonables para reducir unos privilegios que el resto de trabajadores no pueden lograr ni en sueños han originado unos niveles de resistencia descomunales. Sí, la realidad es compleja. Pero se entiende mejor si conocemos las razones por las que nos movemos los seres humanos: simples incentivos. Los más importantes, los que afectan a la parte más sensible del cuerpo humano, que es el bolsillo.

Estos incentivos hacen que sea complicado mejorar la gobernanza de la Unión Europea. Hay consenso en tres ideas. Uno, excesiva burocracia. Dos, necesidad de profundizar en las reformas. Tres, explicar a la población para qué sirve la Unión y las ventajas que genera a todos los ciudadanos.

¿Cuáles son las barreras? En el primer caso, los grupos de personas que viven de la burocracia (es difícil que alguien entienda algo si su sueldo depende de que no lo entienda) desean seguir en sus puestos. Ejemplo, el Parlamento Europeo.  Dos, los intereses espurios de los gobernantes y la ventaja que supone poder echar la culpa a alguien si algo va mal. En este sentido, la Unión Europea es el chivo expiatorio ideal Tres, dejadez de las instituciones para explicar las ventajas de la Unión. Aspectos como la PAC (política agraria común), las políticas de cohesión para mantener el equilibrio territorial y económico, el programa Erasmus de intercambio de estudiantes o la facilidad para movernos entre los países de la Unión son muy positivos y no hace tanto tiempo eran inimaginables.

Por otro lado, las personas también tenemos el mismo problema, aunque las razones de las divergencias entre discurso y hecho son distintas. Tenemos nuestros “discursos internos” (tienes que perder peso) y los “hechos externos” (nos cuesta aguantarnos al ver un delicioso pastel). Los discursos para los demás (quiero cambiarme de trabajo) y el hecho real (¿dónde puedo buscar uno?). Y la inconsistencia entre lo que pedimos a los demás y lo que hacemos nosotros, que se traduce, principalmente, en sobrevalorar los errores de los demás (“este persona es una dejada”) y en infravalorar los nuestros (“tampoco tenía tanta importancia”).

Si tenemos todos estos condicionantes presentes podemos ser más comprensivos y exigentes con  las  promesas de otros (sean de un político, un empresario o un presidente de una sociedad) y con nuestras promesas personales, esas que al no cumplirlas impiden nuestro desarrollo humano generándonos inquietud y malestar interno.

Pocas cosas dan más satisfacción personal que ser consecuentes entre nuestros pensamientos, palabras y hechos. ¿Por qué no intentarlo?

Para hacerlo, podemos usar recomendaciones extraídas de discursos memorables. Un buen comienzo es probar la siguiente, de Macron, cuando argumentaba la necesidad de cumplir sus reformas: “No hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Lo que ocurre es que hemos vivido al margen de nuestra realidad”.

¿Por qué no crear la nuestra propia?

 

Reputación.

Dos de las personas de las que más se ha hablado durante las últimas semanas han sido Cristina Cifuentes y la reina Letizia. En el primer caso, se ha hecho famoso el máster. Y dentro de lo malo, ha generado un efecto colateral positivo: muchos políticos se han dedicado a “ajustar” sus currículums. Por desgracia, el uso de la mentira para lograr diferentes objetivos está muy extendido en nuestra sociedad, ya que “todo el mundo lo hace”. Existen culturas que no soportan la mentira bajo ningún concepto, pero eso es una historia que merece ser contada en otro momento. Volviendo a Letizia, en el segundo caso estaba el tema de las relaciones “reales” que existen dentro de la familia Real.

¿Por qué estos aspectos son tan graves? Muy sencillo. Dañan la reputación de las dos personas. Y nada hay más difícil de recuperar que la reputación perdida. Un ejemplo sencillo lo proporciona la antigua presidenta de la comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, cuando después de una infracción de tráfico dejó a la autoridad con un palmo de narices y se escapó como si fuese una simple delincuente. Sí, después se puede decir lo que se quiera a la prensa. Lo visto, visto está. Y eso no tiene vuelta atrás. Además, Aguirre está también marcada por las graves acusaciones de corrupción a las que se ha visto sometido el PP de Madrid. Su reputación no está muy alta, no. (Una curiosidad. En los tiempos de gloria de la comunidad, había un programa de televisión llamado “espejo de lo que somos”; si jugamos con las palabras queda espe j… lo que somos. Por supuesto, el programa cambió su nombre).

El rey emérito perdió gran parte de su reputación después de la caída que tuvo cuando estaba de cacería por Africa. Las personas tendemos a tener reducida la información relacionada con las personas que conocemos, de forma que los podemos resumir en unas pocas palabras: “simpático, agradable, buena o mala persona, etc”. ¿Qué ocurre aquí? Antes se veía al rey como la persona que evitó el golpe de Estado del 23f. Con esa referencia, las cosas buenas se exageran, las negativas se minimizan. No obstante, si el hecho principal es negativo, ocurre lo contrario. Las cosas positivas se minimizan, las negativas se exageran. Así, la imagen del rey emérito es la de un vividor que le ha hecho pasar a su esposa Sofía una vida que no es precisamente de cuento de hadas.

Obviamente, no es intención de estas líneas difundir uno u otro relato sobre las personas que aparecen en el mismo, no. Las ideas principales son dos. Primero, la reputación perdida tiene una reparación muy difícil y compleja. Dos, personas con problemas de reputación tienen una visión por parte de los demás extremadamente negativa, ya que asociamos la persona al hecho. Así, Cristina es “la del máster”  y Letizia es tan antipática que “no deja ni que la abuela se saque una foto con sus nietas”.

Esto nos enseña que a nivel de comportamiento humano debemos ser muy cuidadosos con aspectos que pongan en riesgo nuestra reputación. Se puede fracasar en un negocio, en una relación de pareja o en una competición. Es lógico y normal. Pero ir bebido con el coche y atropellar a alguien, por, ejemplo, tiene un difícil arreglo posible. Es así. Por lo tanto, cuidado. Nos podremos dejar llevar en muchos aspectos de la vida cotidiana, pero existe una regla sagrada. No hacer nada que manche nuestra reputación.

¿Y las instituciones? ¿Cómo está la reputación de las mismas? Es claro que confiamos más en los servicios sanitarios que en los políticos, ¿no? ¿A qué se debe? ¿Qué organismos tienen una mejor o peor reputación?

Por desgracia, los incentivos de la política muchas veces no son los más adecuados para generar bienestar social, como han mostrado múltiples estudios. Uno de esos incentivos es influir en diferentes organismos, públicos o privados. Y mientras que todos tenemos la imagen de la justicia politizada, no ocurre eso con la sanidad. A nivel universitario, se han generado dudas, ya que en Madrid existen centros que están asociados a diferentes opciones políticas, y eso no es precisamente ejemplar. El tiempo dará y quitará razones, pero es seguro que todas las mejoras tecnológicas que llevan aparejadas transparencia se usarán para evitar más falsedades en el futuro.

En este escenario, la batalla por el relato importa. Pensemos en la Iglesia. ¿Cuál es su reputación? Para unos, se aprovechan de las ayudas del Estado y de leyes que les benefician para mantener sus privilegios y prebendas. Para otros, hacen una labor social y religiosa inigualable: las valoraciones de términos del PIB acerca de actividades de ayuda a los necesitados son enormes.

Esto nos enseña que en términos de reputación, como tantas otras cosas en la vida, es fundamental explicar bien lo que hacemos.

Otras economías para vivir mejor.

Este fin de semana se celebra la sexta feria de economía solidaria. Organizada por la Red de Economía Alternativa y Solidaria de Navarra (REAS), busca proponer ideas de consumo y economía basadas en principios éticos. ¿Es eso posible? ¿O bien vivimos en un único país que es nuestro planeta, en el que no tenemos ningún margen para hacer un mundo mejor? ¿Existen otras economías posibles?

Para responder a estas preguntas, comenzamos recordando los principios en los que se basa la teoría económica actual. Es conocido que la economía trata del “uso de recursos escasos en un mundo de múltiples necesidades e infinitos deseos”. Para ello, nos proporciona instrumentos como la teoría del consumidor, del productor o los mercados para aprender a tomar mejores decisiones. No se puede negar la utilidad de muchos de los conceptos que se enseñan en los colegios o facultades, pero todos ellos están basados en la racionalidad de las personas (lo cual, según demuestra la evidencia empírica, es más que dudoso) o en la consecución objetivos claros y determinados. Por ejemplo, las empresas sólo buscan maximizar beneficios o los individuos quieren la mayor felicidad posible, lo cual se logra, obviamente, consumiendo cada vez más. De premisas dudosas no pueden salir conclusiones fiables.

En todo caso, ¿qué ven nuestros ojos? Algo muy sencillo: el sistema económico genera tres grandes desequilibrios. El primero, con nuestro planeta. El cambio climático, la contaminación de los mares o la pérdida de biodiversidad son ejemplos claros. El segundo, con la sociedad. Aunque los indicadores económicos no son malos, la realidad de cada persona es un concepto diferente. Por primera vez, se puede ser trabajador y pobre a la vez. Muchas personas (parados de larga duración, jóvenes con escasa formación) no tienen ningún tipo de expectativas. Ojo, que no todo es negativo. Pero estos dos aspectos son muy preocupantes. Falta el tercer desequilibrio, y viene dado por el enorme peso que tiene el sistema financiero. ¿Cómo puede ser que el peso de los derivados financieros sea al menos diez veces superior al del Producto Interior Bruto mundial? ¿Cómo puede ser que un banco mal gestionado pueda hundir toda la economía?

Por todas estas razones, algo se mueve. Aparecen otras formas de ver la realidad que merecen ser destacadas. Vamos con ellas.

La Bioeconomía (su autor de referencia es René Passet) busca integrar la naturaleza con la actividad humana guardando un necesario equilibrio entre ellas. Se puede considerar un caso particular de la misma la Economía Azul, la cual busca generar de forma sostenible negocios a partir de ecosistemas. Uno de sus apóstoles, Gunter Pauli, estima que se pueden generar a partir de la misma 300 millones de empleos.

La economía del bien común, de Christian Falber, lleva años entre nosotros. Se trata de que orientar las actividades no sólo a la consecución de beneficios: bajo ningún concepto se debe olvidar que lo más importante es la mejora de todos los seres humanos. Así, se trata de buscar lo más positivo para todos. Los partidarios de la economía circular (una idea semejante la da la “economía de la rosquilla o del donuts”)  por otro lado, piensan en un ciclo de producción que de una mayor importancia al uso de los recursos y los deshechos. Los primeros se deben extraer de forma sostenible, los segundos se deben reciclar de forma ordenada. Ya no es sólo la contaminación, es el sentido común. Pensemos en las bolsas de plástico. La cantidad de dinero que se gasta una pequeña tienda de ultramarinos supera de largo los mil euros.

Para responder a todas estas tendencias, un economista tradicional nos diría que el mercado las arregla por sí mismas. Por ejemplo, la Responsabilidad Social Corporativa (RSC), evalúa la relación de una empresa con sus trabajadores, la sociedad y el medio natural. Además, los retos son otros. Vivimos en una economía digital en el que la información no deja de fluir. Eso otorga un poder descomunal a los que controlan y saben manejar datos (dataísmo) y genera un gran desarrollo de algoritmos. Si a eso le añadimos cuestiones como la economía colaborativa o el desarrollo tecnológico, que no nos vengan con milongas. Es prioritario gestionar todos estos  retos.

Sea de una u otra forma, siempre es bueno conocer alternativas económicas. Nos ayudan a comprender mejor el mundo y a tomar mejores decisiones. Nos recuerdan que a veces una compra influye más que un voto. También nos dicen que nuestros actos son fundamentales. ¿Reciclamos? ¿Cómo nos trasladamos, en bici, andando o transporte público? ¿Qué tipo de entretenimiento es el que más nos gusta? ¿Cine, teatro, bar o peli de vídeo? ¿Dónde y cómo nos vamos de vacaciones? ¿Usamos bolsas de plástico?

Sí, es cierto. Todo lo que hacemos influye en el mundo. ¿Todo? Todo.

Desde una simple compra hasta una amplia sonrisa.

 

 

Numerati.

 

“Nos están vigilando. Una llamada en el móvil, un pago con tarjeta de crédito, un clic en Internet…..Toda esta información resulta insignificante por separado, pero agrupada revela incluso nuestros secretos más inconfesables”. Es lo que se lee en el libro de Stephen Baker “Numerati”, cuya tesis principal es que existe una élite de matemáticos que manipula nuestra información. Lo curioso es que no es un libro reciente: la edición es del año 2.009. Y desde luego, toda esta historia está relacionada con el escándalo que ha protagonizado Facebook, al descubrirse que datos de 50 millones de personas se filtraron a una empresa llamada Cambridge Analytics, la cual ha sido una de las principales proveedoras de datos para las campañas a favor del Brexit y de Donald Trump.

Alexander Kogan es el creador de la empresa GRS con idea de realizar un estudio psicológico para 270.000 personas con idea de trasladarlo a la Cambridge Analytics. Hasta ahí, todo normal. Pero cuando se el resto de datos se traspasan sin tener el consentimiento de esas personas, tenemos problemas. Cuando Facebook no hace nada para corregir el problema, la cosa se agiganta. Y cuando se pueden aprovechar esos datos para influir en las campañas electorales, tenemos ya un problema de magnitudes estratosféricas.

Si bien este último matiz es el que se va a investigar ahora, podemos pensar en cómo se puede aprovechar esta información para ganar votos. Parece difícil, ¿no? Pues no.

La mayor parte de las campañas electorales giran alrededor de unos pocos asuntos. Los retos que debe superar un Estado son enormes, y la información para tomar una decisión de voto adecuada es gigantesca (por esa razón existen algoritmos que realizan cuestionarios a personas a partir de los cuales se puede elegir el voto en términos “racionales”). Por lo tanto, está claro. Vamos a focalizar la campaña en un asunto sensible y a partir de ahí dejemos un mensaje claro, sencillo y conciso que sea lo que la mayor parte de la gente desee. Divertido, ¿no?

El caso extremo es el “procés” catalán. ¿Se votan políticas? No. Sólo hay un asunto: derecho a decidir. Punto. El resto del programa electoral es simple papel mojado. Se acabó. Recientemente se ha abierto el debate de la prisión permanente revisable. ¿Es tan importante para la sociedad? Claro que no. Sin embargo, lograr una politización perfecta de un asunto es decir: “votar a este partido es decir sí o no, según el caso,  a la prisión permanente revisable”. Famosa es la estrategia de Felipe González en el año 1.993, cuando asoció que votar el PP podía suponer el fin de las pensiones. Cuando ese mensaje cala, se ganan muchos votos.

En el caso del Brexit, tenemos un ejemplo claro: el sistema sanitario. Las encuestas demuestran que es un tema sensible, debido al aumento de las listas de espera y el colapso de los hospitales. Mensaje sencillo: “como pagamos de más si nos vamos de la Unión Europea ganaremos millones de libras que ayudarán a mejorar nuestro sistema”. Asunto solucionado. Estados Unidos, Donald Trump. El peculiar sistema electoral norteamericano (cada Estado se lleva todos los delegados del partido que gana, aunque sea por un único voto) hace que las elecciones se decidan en unos pocos Estados. ¿Cuáles son los temas más sensibles allí? Se trabajan y punto. Uno de esos casos es Florida. Obama realizó cambios en la política de inmigración que enfurecieron a la comunidad cubana de la zona. Ya tenemos tema sensible. Se machaca a tope y asunto arreglado. Trump gana un Estado decisivo.

Veamos un caso acerca del efecto de este tipo de mensajes que afecta a España. Se trata de analizar el fenómeno de forma objetiva, sin valorar quién puede tener razón. Cuando el PP comenta que las pensiones van a subir un 0,25%, millones de personas salen a la calle. Cuando el PSOE de Zapatero anuncia el retraso de la edad de jubilación a los 67 años (lo cual supone quitar el ¡¡100%!! de las pensiones durante dos años seguidos) no pasa nada. ¿Cómo puede ser? Dejando un mensaje claro y divulgándolo por todas las formas posibles.

Entonces, ¿tanta importancia tiene el manejo de los datos? Sí. Somos muy predecibles: con un 90% de probabilidad se puede saber lo que va a hacer una persona dentro de un año. Y es que la mejor forma de predecir el futuro es ver el pasado: tendemos a quedarnos más o menos igual, aunque en cenas con unas copitas tengamos planes maravillosos de futuro. De hecho, uno de los mejores inversores españoles (Cabiedes) dice que no se preocupa de ver las prospectivas futuras; le basta ver los números pasados.

Sí. Estas empresas tienen un poder semejante al de la NSA, la agencia de seguridad nacional norteamericana. Su lema es el siguiente: “confiamos en Dios. De las personas nos ocupamos nosotros”.

El hábito de copiar.

Vaya con el famoso Máster, la que se ha montado…que si trato de favor, que si una firma por aquí, una presentación por allá, no pasa nada por no ir a clase ya que se debe tener en cuenta la situación personal de cada uno, una simpática filtración y una carrera política que se tambalea. Son las trampas que tan se hacen a menudo en el mundo de la educación. Ahora bien, ¿son comunes? ¿Sólo hacen trampas los alumnos? ¿Las hacen también los profesores? Un debate, sin duda, muy sabroso.

La trampa por excelencia del alumno es copiar. La de un profesor, exagerar su currículum (bueno, de cualquier particular). ¿Cómo se puede controlar eso?

La respuesta desde el ámbito de la economía es trivial: con incentivos adecuados. En algunas universidades, en especial en el ámbito anglosajón, los alumnos hacen exámenes sin vigilante alguno. Nadie se atreve a copiar. ¿Cuál es la razón? Si por lo que sea le descubren a alguien, expulsado de la carrera y el castigo es semejante a un delito: puede ser que no pueda estudiar en ningún otro centro un grado. Cualquiera se atreve, ¿no?

Desde el ámbito docente ocurre lo mismo. Volvemos al mundo anglosajón. Si un profesor acude a un congreso, no es necesario ningún justificante. Basta añadir el congreso a su currículum. ¿Por qué no engordan sin parar sus títulos? La razón es igual que la anterior: si algún dato es falso, su carrera profesional ha terminado.

Eso no es lo que ocurre por estas tierras. Es famoso el caso de un alto cargo de un partido al que se le comenzó a investigar la veracidad de sus méritos. Parece ser que sólo era cierto un curso de guitarra. ¿Exagerado? Quizás. Pero ilustra el ejemplo.

¿Quién no ha copiado nunca en un examen? ¿Se siguen llevando “chuletas” a los exámenes? Algo siempre se lleva, pero está más de moda lo que se denomina el “dopaje tecnológico”. Hay calculadoras que tienen posibilidades asombrosas, por ejemplo, llevar un pequeño resumen de lo que cae en el examen integrado. Normal, muchos de estos artilugios son ordenadores en miniatura. Existen más posibilidades, y en este caso no me refiero al célebre “pinganillo”. Si además de pagar con el teléfono móvil ya se puede pagar con el reloj, ¿por qué no usarlo como apoyo logístico para el examen? Incluso existen empresas que ofrecen soluciones tecnológicas para poder copiar.

Es difícil solucionar eso, sí. Una posibilidad es que los alumnos pasen unos controles semejantes a los de los aeropuertos. Más extremo sería que vayan en bañador a los exámenes. Como opciones, es más útil dejar el tiempo justo, hacer preguntas abiertas o responder a cuestiones para las que sea indispensable haber acudido con regularidad a clase o tener algún trabajo terminado.

Pero claro, el trabajo también puede haber sido copiado. Es increíble cómo se crean diferentes mercados. Por ejemplo, un trabajo de fin de grado puede costar unos 600 euros, y una tesis doctoral 3.000. Existen personas especializadas en ello. Parece algo muy complicado ya que Google permite, entres sus opciones, analizar trabajos académicos relacionados con un tema determinado.            Pero así son las cosas.

Y los profesores, ¿copian? No tanto. Es famoso un dicho por el cual copiar a una persona es plagio, y copiar a muchos autores es una tesis doctoral. Tiene también su razón de ser: en el primer caso te aprovechas sólo de un trabajo, en el segundo se recopila material. No obstante, no vale con la capacidad de síntesis. La creatividad y el nivel de la investigación deben valorarse también.

En el ámbito científico y tecnológico, la copia está penalizada y la originalidad se protege mediante derechos de autor o patentes. Pero es curioso cómo la cultura afecta al hecho de copiar: para los chinos, un descubrimiento debe ser compartido por la comunidad para beneficiarse del mismo. Nuestra sociedad, más individualista, no lo ve así. Esto nos lleva a un problema global: en un mundo completamente interconectado, son necesarias reglas de propiedad intelectual, digitales o financieras comunes para todos. ¿Cómo se podría hacer eso? Es uno de los mayores retos de nuestro tiempo.

Volviendo al asunto inicial, ¿cómo evitar lo que ha ocurrido? ¿Son las universidades de fiar? En general, sí. Además tal y como ha quedado demostrado en el asunto del Máster siempre se puede filtrar alguna mala práctica. En este aspecto, podemos ser optimistas. Una de las ventajas de las nuevas tecnologías es que van a permitir, con el tiempo, una transparencia cada vez mayor.

Pero uno de sus aparentes desventajas es que permiten copiar con más facilidad: libros, apuntes, temas musicales o películas se piratean a menudo. No obstante, no todo es tan oscuro. Las copias comienzan a remitir. ¿No es acaso Uber una copia de un taxi? Pues los precios ya se están igualando. Son las cosas del mercado y de la regulación.