Archivos mensuales: octubre 2017

Derecho a la cultura financiera.

Derecho a la cultura financiera.

La mayor parte de las personas va a pedir algún préstamo en su vida, generalmente para comprar un piso, aunque hay otras posibilidades: un coche, la apertura de un pequeño negocio, o la compra a plazos de un artículo, por ejemplo. Por otro lado, hay temporadas en las que podemos ahorrar, por lo que se nos abre un abanico de posibilidades: lo dejo en la cuenta corriente, hago un plazo fijo, compro deuda pública, cancelo un préstamo, entro en bolsa, quizás un fondo de inversión….
Cuando estamos en alguno de esos momentos, por los que la práctica totalidad de la población habrá pasado o va a pasar alguna vez, aparecen términos como la TAE, el tipo de interés nominal, el Euribor, la inflación, la fiscalidad, el riesgo soberano, la prima de riesgo, el mercado primario o secundario, las agencias de Rating, o el cálculo de la cuota del préstamo, entre otros.
¿Qué es necesario para tomar la decisión más adecuada (o por lo menos para no perderse) en estos escenarios? Cultura financiera. ¿Estamos suficientemente preparados para afrontar decisiones relacionadas con nuestras necesidades financieras o nuestros ahorros? Creemos que la mayor parte de la población no lo está.
Se han hecho múltiples sondeos en los países de la OCDE en los que se demuestran unos conocimientos ridículos de cultura financiera. Pero es que todavía hay más: estos problemas no sólo afectan a la población general. Muchas personas que gestionan nuestros ahorros tampoco están suficientemente preparadas. De hecho, deben afrontar una prueba de conocimientos a lo largo de este año 2.017 que demuestre un nivel adecuado al amparo de la directiva MiFID II, que se trata de un marco normativo que entra en vigor en el año 2.018.
Por poner algunos ejemplos, si uno de nosotros se plantea realizar una inversión, debe conocer las características de los activos, que son tres desde el punto de vista financiero: rentabilidad, riesgo y liquidez. Vamos a definirlas a partir de tres preguntas. ¿Cuánto dinero voy a recibir a lo largo del año por cada euro invertido teniendo en cuenta, por supuesto, los ajustes fiscales y la inflación? Eso es la rentabilidad. ¿Cuál es la probabilidad que tengo de recibir el dinero acordado? Eso es el riesgo. Y por último, ¿puede vender mi activo financiero con facilidad sin tener unas grandes pérdidas? Eso es la liquidez. Y existe la siguiente relación entre estos conceptos: obtendremos mayor rentabilidad con mayor riesgo y/o menor liquidez.
Por ejemplo, un bono del Estado va a tener una rentabilidad baja, ya que el riesgo de impago es bajo al estar garantizados por el Estado. En este caso, la liquidez es alta. Pero claro, si en vez de un bono del estado preferimos un plazo fijo pues la cosa cambia, como también es diferente si nos decantamos por un fondo de inversión o por invertir en bolsa.
Por otra parte, si pedimos un préstamo, lo importante no es el tipo de interés nominal que nos ofrece la entidad. Lo fundamental es el TAE, al ser un interés que tiene en cuenta otros gastos asociados al préstamo, como las comisiones, impuestos, tasaciones o primas de seguro obligatorias en la oferta que nos hace el banco. Además, tendremos que elegir el plazo a devolver el préstamo, y posiblemente nos ofrezcan contratarlo a tipo fijo o a tipo variable, en cuyo caso deberíamos saber qué es el Euribor y cómo se calcula. Y si pasado un tiempo tengo unos ahorros, ¿amortizo algo? Y si es así, ¿reduzco cuota o plazo?
Puede parecer un lío de conceptos, pero creemos que no lo es. Lo que sucede es que no hemos sido formados en esta materia, lo cual es incomprensible al ser operaciones totalmente habituales de casi toda la población.
Por otro lado, la cultura financiera es fundamental para comprender, exigir y ser más crítico con las políticas económicas del gobierno. Estos días se ha hecho público que se han perdido ¡¡40.000 millones de euros!! del rescate bancario. ¿Dónde han ido? ¿Cómo se van a pagar? Todavía hay más. Pese a que se habla de políticas restrictivas, se sigue gastando más de lo que se ingresa. Eso implica un endeudamiento por parte del Estado que ya supera el PIB (un billón de euros). Los gastos en intereses por persona en España son de unos 700 euros. ¿Es eso sostenible? ¿Qué va a ocurrir cuándo los tipos de interés comiencen a subir? Todavía hay más. El BCE (banco central europeo) está inyectando en la zona euro cada mes 60.000 millones de euros en su conocida política llamada QE. ¿Dónde va a parar ese dinero? ¿Cuánto tiempo van a durar esas políticas? Todavía hay más. Los paraísos fiscales. El BPI (banco de pagos internacionales) que tiene una gran influencia en la sombra. La creación de un sistema financiero alternativo en Asia (BAII).
Rotundamente sí. Necesitamos cultura financiera (y es nuestro derecho).
Javier Otazu Ojer. Profesor de Economía de la UNED.
José Félix García Tinoco. Premio Nacional de Fin de Carrera en Empresariales y en ADE

El coste de oportunidad.

El primer concepto que se da en las clases de economía es el de coste de oportunidad, definido como “cantidad de un bien que sacrificamos por conseguir una unidad adicional de otro”. Para comprender la idea, supongamos una persona que tiene 30 euros para gastar el fin de semana en bebida. Sus opciones son la cerveza (a dos euros cada una) o el cubata (a 6 euros). Si se gasta todo el dinero en cervezas puede consumir un total de 15, si se lo gasta en cubatas puede consumir 5. ¿Cuál es el coste de oportunidad de un cubata? Tres cervezas, puesto que son las que se puede comprar con el precio de un cubata. En sentido contrario, ¿cuál es el coste de oportunidad de un cubata? El inverso del anterior, es decir, un tercio de cerveza.
Los manuales de economía citan un ejemplo clásico: Robinson Crusoe. Suponen que está en la isla y puede invertir su tiempo en conseguir cocos o peces. Imaginemos que si está todo el día bajo las palmeras puede conseguir 15 cocos y si decide pescar logra 30 peces. Aquí lo curioso es que el coste de oportunidad varía: por el primer coco no se dejan de pescar muchos peces, pero por el décimo sí. Al fin y al cabo, posiblemente el primer coco esté a mano. Los posteriores son más difíciles de recoger. Y lo mismo podemos decir de los peces: el primero se pesca con facilidad, pero para el vigésimo hay que esperar más tiempo. En otras palabras, el coste de oportunidad es creciente. Es más barato en términos de cocos el primer pez que el vigésimo.
La mayor parte de las decisiones que tomamos en la vida llevan aparejados un coste de oportunidad. Aunque los libros se centran en los recursos, más importante es el tiempo. Vamos a recordarlo: el dinero va y viene, el tiempo sólo se va.
El coste de oportunidad de leer estas líneas es no dormir más tiempo, no consultar el móvil o no tomar café con un amigo. Pensemos en una persona que se prepara una oposición: mientras estudia, no puede trabajar. Tampoco puede hacer deporte, ver la televisión o cuidar algún familiar. Por eso debemos ser tan delicados en el manejo del tiempo: realizar una actividad determinada implica no hacer otras actividades que también podían ser opciones válidas.
Sí, claro que hay que tener en cuenta el dinero. Puede ser que el coste de comprar un coche sea no reformar lo cocina o no ir de vacaciones. Por supuesto, no se trata de obsesionarse con la toma decisiones. Pero saber que toda decisión tiene un coste “que no se ve” es muy útil para poder elegir mejor.

No deja de ser curioso cómo valoramos más las decisiones monetarias que las referidas a nuestra salud (o lo que es lo mismo, a nuestra energía presente y futura). Los excesos tienen un coste que no sólo es monetario. El tabaco está por las nubes, pero el coste futuro en salud (para la persona que se pone enferma y para el sistema sanitario que cubre sus cuidados) está en la estratosfera. ¿Cómo podemos ser tan irracionales en aspectos relacionados con nuestra salud? El último premio Nobel de Economía, Richard Thaler, lo explica a partir de la economía del comportamiento mediante una idea muy sencilla: sobrevaloramos el corto plazo. Por la misma razón, los políticos no toman las decisiones más adecuadas a largo plazo.
Ya que estamos en los políticos, ¿cuál es el coste de oportunidad de sus promesas electorales? Teniendo en cuenta que casi toda promesa electoral vale dinero (a excepción de cambios jurídicos), hay tres posibilidades. Uno, endeudarse. Dos, subir los impuestos. Tres, quitar de otro lado. No hay más. Por otro lado, ¿cuál es el coste de oportunidad del tiempo que dedican a la política? Unos sacrifican una carrera profesional, pero también muchos otros no tienen otra alternativa posible. En consecuencia, hacen lo imposible por permanecer en sus puestos.
El triste asunto de los incendios de Galicia o Portugal tiene que ver con esta idea. Como es lógico y normal las críticas hacia las administraciones arrecian. ¿Valoraron el coste de oportunidad que supone reducir recursos para combatir estos problemas en términos de lo que se podía perder después? Parece que no.
El no menos triste asunto del procés también camina por esta senda. El coste de oportunidad de todo este choque de trenes es el olvido de las problemas que tenemos y las necesarias reformas para afrontarlos: las pensiones (sólo quedan para diez años), la competitividad del país, el invierno demográfico, el desequilibrio territorial o afrontar los problemas de empleo son casos claros. Y eso sin olvidar los problemas que se han generado de convivencia.
Sí. El concepto más útil para entender la economía en general y nuestras decisiones en particular es el del coste de oportunidad.

El artículo 155

¿Hay que aplicar el artículo 155? Claro que sí. Muchas cosas nos irían mejor si se tendría más en cuenta, ya que su no aplicación genera amplios problemas sociales. Merece la pena recordar lo que dice.
Los hijos deben:
1. Obedecer a los padres mientras permanezcan bajo su potestad, y respetarles siempre.
2. Contribuir equitativamente, según sus posibilidades, al levantamiento de las cargas de la familia mientras convivan con ellos.
Por supuesto, me refería al artículo 155 del Código Civil. A menudo se comenta que algunos jóvenes tienen derechos y no obligaciones. Es pertinente recordar los aspectos a los que les hemos acostumbrado: vivimos tan ocupados que como a veces no tenemos tiempo de estar con los hijos decidimos sustituir dicho tiempo por dinero y derechos adquiridos. Y para cuando nos damos cuenta, ya es demasiado tarde. Eso sí, también los hijos deben conocer las obligaciones de los padres, para lo cual acudimos al artículo 154 del Código Civil, el cual dice así:
Los hijos no emancipados están bajo la potestad de los padres. La patria potestad se ejercerá siempre en beneficio de los hijos, de acuerdo con su personalidad, y con respeto a su integridad física y psicológica. Esta potestad comprende los siguientes deberes y facultades. Primero, velar por ellos, tenerlos en su compañía, alimentarlos, educarlos y procurarles una formación integral. Segundo, representarlos y administrar sus bienes. Si los hijos tuvieren suficiente juicio deberán ser oídos siempre antes de adoptar decisiones que les afecten. Los padres podrán, en el ejercicio de su potestad, recabar el auxilio de la autoridad.
Si los padres y los hijos tienen muy claras estas normas y las cumplen (con los lógicos desvíos estipulados entre ellos) es razonable pensar que la convivencia sería mucho más fácil, ¿no?
En este contexto, podemos meditar acerca de las normas de convivencia efectuadas entre Cataluña y el resto de España. ¿Qué ha fallado? ¿Cómo hemos podido llegar hasta aquí?
Antes que nada, debo expresar una gran preocupación acerca de lo visto y leído en diferentes medios de comunicación. Pocas veces he visto un tratamiento tan diferente para un mismo suceso.

Lo que para unos es incumplimiento de la ley, para otros es incumplimiento de un derecho fundamental (esté en el ordenamiento jurídico o no) como es el derecho a expresar libremente una opinión. Lo que para unos es una gigantesca represión policial con más de 800 heridos, para otros son sólo dos hospitalizados en un ámbito en el que las fuerzas del orden se dedicaron a hacer cumplir las leyes. ¿Cómo hemos podido llegar a esta situación, la cual está dinamitando múltiples cauces de convivencia? Ya han comenzado los boicots de productos catalanes en España y de productos del resto de España en Cataluña. Hemos visto imágenes de la Guardia Civil y la Policía Nacional en algunos pueblos catalanes que recuerdan los peores años de plomo vividos en el País Vasco. Se trata de parar esta situación cuanto antes.
Así, se tornan necesarios evaluar dos aspectos básicos, los cuales se encuentran, al parecer, marginados.
Primero: en esta batalla de relatos nadie se ha preocupado de valorar las ganancias y pérdidas asociadas a la posible independencia catalana. Eso es fundamental: en caso contrario, el derecho a decidir se torna sesgado. ¿Qué beneficio fiscal tendrían los catalanes al pagar menos impuestos a Madrid? ¿Qué ocurriría con las pensiones? ¿Cómo se pagarían las infraestructuras pendientes? ¿Saldría Cataluña de la Unión Europea y del euro? ¿Cómo se gestionaría en ese caso el nuevo país? ¿Variarían los impuestos? ¿Qué derechos tendrían los españoles que están instalados en Cataluña?
Segundo: en algunos países, existen organismos independientes que valoran la veracidad de algunas promesas electores o de diferentes declaraciones realizadas por políticos. Sí, es muy cansado escuchar declaraciones altisonantes sin pararnos a pensar si son ciertas o no (en economía del comportamiento, al hecho de creernos algo sin pensar en ello se le llama Gullibility). Unos dicen que si se independiza, Cataluña perderá miles de millones de euros. Otros, que los ganará. A unos y a otros, por favor, que nos expliquen cómo va a ocurrir eso con cifras y letras.
Por último, podemos comentar el tema del artículo 155 de la Constitución, el cual otorga la potestad al Gobierno Central de suprimir una autonomía en caso de que el interés de España corra peligro. ¿Debe aplicar el gobierno este artículo?
Para unos, es lo más correcto. Al fin y al cabo, un presidente de una comunidad autónoma promete hacer cumplir la Constitución; si no lo hace, ha incumplido su mandato y en teoría no debería seguir en el cargo. Para otros, es una locura aplicarla. La gran movilización social existente lo hace inconveniente y puede profundizar los problemas de convivencia. Mejor buscar diálogo (o directo, o con mediadores).
De lo que se trata es de tomar una decisión. Y no es esa la mejor virtud del presidente del Gobierno.

Efectos colaterales.

Muchos y variados análisis se han hecho del referéndum ilegal del uno de octubre. Y después de la batalla, cada parte tiene un relato fijo e inmutable. Por un lado, no puede ser que un gobierno se salte la ley para promover un referéndum orientado a un resultado predeterminado. Por otro lado, no puede ser que cuando alguien vaya a un colegio electoral en plan pacífico la respuesta policial sea desproporcionada. Los de un lado piden la aplicación del artículo 155 de la Constitución y la suspensión de la autonomía catalana. Tiene lógica: ¿cómo se puede permitir que un presidente de una comunidad se salte un día sí y otro también esa Constitución que se comprometió a respetar desde el momento en el que asume su cargo? ¿Cómo alguien que fomenta la división de la sociedad hasta romper familias o señalar a personas que no están de acuerdo con sus ideas puede ocupar semejante responsabilidad? Pero claro, el otro lado tiene también su lógica: es cierto que la mayor parte de la sociedad catalana admite que el referéndum no era vinculante. Sin embargo, en un mundo de imágenes en el que a menudo importa más la forma que el fondo no se puede permitir esos ataques policiales a personas que simplemente quieren ejercer de forma pacífica un derecho. Por cierto: desconcierta la cifra del total de personas que han resultado heridos. Según unas estadísticas, ha habido un total de 800. Pero otros dicen que han sido personas a las que se les ha hecho un diagnóstico médico en medio de todos los altercados, y que tan sólo ha habido dos hospitalizados. Además, uno de ellos era un anciano que sufrió un infarto. Sí, tenía razón Mark Twain. Hay mentiras, grandes mentiras y estadísticas.
No obstante, las cosas son más complicadas de lo que parecen. Estamos programados para valorar a una causa, un efecto. Y sin embargo, a menudo lo que pasa es que muchas causas llevan a muchos efectos. Además, lo hace de forma difusa. Y como no nos gustan las explicaciones complejas, nos conformamos con explicaciones sencillas. Eso es el caldo de cultivo de los populismos. El paro no es culpa de los inmigrantes, es algo más complicado.
En consecuencia, vamos a valorar las causas, y sobre todo, la gran cantidad de efectos a lo que nos puede llevar el “procés”.
Como causas, se puede valorar la supresión del Estatut (¡¡aunque según las encuestas en esos momentos Cataluña era la comunidad más satisfecha con su autonomía!!), la injusticia fiscal, el tema educativo, la inacción del Gobierno central, la posible manipulación informativa de los medios o un intento de desviar la atención respecto de la corrupción del gobierno catalán. Curiosidad: Puigdemont admitió que había votado en contra del derecho a la autodeterminación de los kurdos. Eso no es muy independentista, no.
Pero lo preocupante son los efectos. Vamos a verlos.
Uno. La lucha de los relatos es descomunal. Por primera vez, la diferencia de tratamiento de lo ocurrido en los medios de comunicación es sideral.
Dos. El posible boicot en Cataluña a productos españoles, en España a productos catalanes. Es una situación mala para todos, y no veo como pararla. Por ejemplo, muchos viajes del Imserso ya no quieren que su destino sea Cataluña.
Tres. Total olvido de los problemas estructurales existentes en nuestro país. Mientras discutimos si son galgos o podencos, la competitividad continúa cayendo.
Cuatro. Familias rotas por temas políticos. Es una desgracia perpetua en la historia de la humanidad: unos tienen una vida desgraciada a causa del cuento del que viven otros.
Cinco. La espiral del silencio. Miedo a decir una opinión que me puede llevar a enemistades. Hoy en día eso no ocurre por declararse de una religión o de un equipo de fútbol. Sí en el ámbito político, en especial en Cataluña.
Seis. La inestabilidad política genera menos inversiones. Y no sólo eso. Algunos empresarios reconocen que han empezado a dejar mercancía en el puerto de Valencia, no en el de Barcelona.
Siete. La inestabilidad política hace que suban los tipos de interés de la deuda, sea pública o privada. Eso supone unos costes de 2.000 millones de euros que se pueden alargar a los 7.000 millones de euros si la situación persiste. Curioso, las políticas de la CUP logran que sus “amigos” los fondos financieros ganen más dinero.
Ocho. Cultura del enfrentamiento que se puede generalizar. Dime en que grupo estás y te diré que WhatsApp recibes.
Nueve. Para algunos, el más grave. El Fútbol Club Barcelona podría no jugar la liga española.
Diez. John Von Neumann fue uno de los grandes genios del siglo XX, ideando en el campo de la economía la célebre Teoría de juegos. En el juego del gallina, dos coches se acercan en frente. El primero que se desvía, es un gallina y pierde.
En nuestro caso, los coches se han estrellado.
Necesitamos mecánicos.