Contra las elecciones.

Este es el original título de un libro publicado por el historiador belga David Van Reybrouck y cuya tesis principal es que la toma de decisiones global basada en las elecciones democráticas de toda la vida o en referéndums ya no sirve. El libro se ha publicado a comienzos de este año en su edición española (editorial Taurus) pero fue escrito en el año 2.013, antes de conocerse los dos resultados más sorprendentes de los últimos tiempos: el Brexit y la victoria de Donald Trump.
Pensemos, en primer lugar, la razón por la cual el sistema actual no es el más adecuado posible. Supongamos que se debate en un referéndum sobre la sanidad: ¿debe ser pública o privada? Es muy difícil saber la solución adecuada, ya que cada sistema tiene su inconveniente. Si es pública, los sanitarios tienen menos incentivos para hacer bien su trabajo (cuidado, se trata de un supuesto teórico: la mayor parte de los sanitarios encuentran más satisfacción intrínseca en realizar bien su labor más que en el salario que reciben) y la población tiene incentivos para acudir a urgencias a poco que sienta un mínimo malestar (dichos malestares bajan significativamente si coinciden con un acontecimiento deportivo de interés). Pero por otro lado la sanidad debe ser un derecho universal, ¿no? El tema es su coste y que no deja de crecer. Eso es debido al envejecimiento paulatino de la población y al aumento de la esperanza de vida. Entonces ya tenemos la solución: la sanidad privada. Los costes serán más razonables ya que la eficiencia de los centros aumentará. Pero eso nos lleva a que los sanitarios se encuentren en una situación de precariedad laboral. Eso, inevitablemente, afectará a su desempeño profesional. Además, si la sanidad es privada la desigualdad entre ricos y pobres aumenta. Los primeros pueden cubrir cualquier imprevisto, los segundos (aunque exista un mínimo asistencial para todos sufragado por el Estado) no. ¿Qué es mejor?
No parece un problema de fácil solución. Yo, personalmente, no sabría qué decir. Lo lógico sería consultar a los que entienden del tema y a partir de ahí que entre todos llegasen a un acuerdo para recomendar la política adecuada al Gobierno y a la oposición, si el asunto se considera de interés nacional. Es evidente que los expertos seleccionados deben estar propuestos, con proporcionalidad electoral, por todos los partidos con representación en el Congreso.
La propuesta de Van Reybrouck, ya ensayada en países como Irlanda, es más atrevida. Seleccionar por sorteo un grupo de personas y darles un tiempo adecuado (en el caso de la ley del aborto han seleccionado a 100 personas les han dado 8 meses) para buscar de todas las fuentes de conocimiento posibles y obtener una recomendación para el Gobierno.

Quizás estas soluciones serían útiles en el caso del Brexit, pero no sirven para los resultados electorales de Estados Unidos. Al fin y al cabo, ¿cómo saber si las políticas que más me convienen como elector norteamericano son las de Hillary Clinton o las de Donald Trump? No olvidemos lo que está pasando hoy en día: el político hábil focaliza uno o dos problemas a su interés y da algún remedio sencillo para resolverlos. Problema: el paro. Solución: control de la inmigración con un muro, aumento de aranceles para defender la industria nacional. Desde luego, las cosas no son tan sencillas, pero así es el mensaje que nos venden.
Una solución atrevida y viable tecnológicamente es que cada persona conteste una encuesta sobre diversos temas de interés. Puede responder sólo a las preguntas que más le importen. Un algoritmo le dice a quién debe votar. Punto. ¿Absurdo? Claro que no. El algoritmo más famoso del mundo es Google, y lo manejamos diariamente. Eso sí, debemos indicar que esta solución se puede ajustar. Si un ciudadano se siente muy de derechas, de izquierdas o simpatiza con un determinado líder no puede tener el voto más claro. Pero para el resto de personas sería útil.
Existen más opciones que ayudan a delimitar el voto que se han ensayado en otros países. Por ejemplo, un consejo independiente decide hasta qué punto las promesas que hacen los partidos son creíbles. Normal, no se pueden subir las ayudas a los parados sin aumentar los impuestos o las cotizaciones, quitar de otra partida o aumentar la deuda. Otra posibilidad que mejora la democracia es el cumplimiento por objetivos y la rendición de cuentas. Es decir, si no llego a una cifra macroeconómica, a la calle. Si una política (ese rescate bancario…) lleva a la ruina a muchas personas, que quien la haya realizado pague por ellas.
En consecuencia, según todas estas tesis ya tenemos una nueva solución. No votar. Además, esta solución es útil. Sirve para todo, evita enfrentamientos y populismos.
Sí, la solución es extrema. Pero un aspecto es indudable: la democracia de ayer no sirve para el mundo de hoy.

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