Archivos mensuales: agosto 2017

Terrorismo.

¿Qué conclusiones se pueden sacar del reciente atentado en Barcelona? En circunstancias de tanto dolor, y cuando las emociones están a flor de piel, es difícil valorar la situación como un observador externo que se limita a valorar los hechos. No obstante, ¿por qué no intentarlo?
Se ha valorado de forma positiva la colaboración ciudadana y la espontánea ola de solidaridad que ha surgido entre todas las personas. Bueno, es algo lógico y normal. Todos somos humanos, y la mayor parte de nosotros habríamos reaccionado así. No se puede sobrevalorar un comportamiento que en el caso de no tenerlo, genera un delito. Desde luego, lo razonable es, cuando empieza el atentado, escapar y reaccionar asustados. Cuando llega la tranquilidad, todos tendemos a ayudarnos. Eso sí, puede haber una excepción: los psicópatas, definidos como las personas que no tienen empatía por los demás. Se estima que son aproximadamente el 10% de la población. En el triste suceso del tren de Angrois (Galicia), la población de la zona fue aclamada por sus labores humanitarias. No tiene lógica: no ayudar a alguien que está desangrándose es una falta gravísima a nivel jurídico moral.
Se ha valorado de forma positiva la “unión de los políticos”. Es lógico y normal: es completamente estúpido e inmoral no estar en contra de los atentados. Lo difícil es que esta unión permanezca en el tiempo. Así, al PP se le acusará de aprovechar la situación para endurecer las libertades de todos. A Podemos, de no suscribir el pacto antiyihadista. Al PSOE, de lo que sea. A la CUP, de insolidaria por la exigencia de que el Rey o Rajoy no estén en la manifestación. Y así sucesivamente.
Se ha comentado que “no coartarán nuestra libertad”. Muchas veces un comentario expresa lo contrario de lo que dice. Es como cuando un equipo de fútbol dice que “el entrenador no corre peligro” o cuando un presidente dice que cierto ministro “tiene toda su confianza”. Pues bien, claro que coartan nuestra libertad. Y nos da más respeto acudir a lugares transitados. Un ejemplo muy sencillo que expresa esta idea viene dado por la estampida que hubo en Turín entre aficionados que se encontraban en una plaza animando a su equipo, la Juventus. Si no existiese temor hacia un atentado, es muy difícil que hubiese ocurrido semejante suceso.
Las concentraciones y protestas de repulsa se han sentido a lo largo de muchas ciudades, y bien está que sea así. Pero no ejercen una labor que presione al autor del atentado, como ocurrió a lo largo de los tristes tiempos en los que ETA se dedicaba a “socializar el sufrimiento”. Al Estado Islámico o a todos que actúan inspirados por el mismo (es fundamental conocer si existía algún tipo de conexión entre la célula de Ripoll y el IS) no les importa demasiado si a las protestas van 10 personas o 10 millones. Posiblemente prefieran el segundo escenario: eso quiere decir que su influencia es mayor.
No se puede olvidar que la probabilidad que tenemos de morir en atentado es ínfima. Lo que ocurre es que la perspectiva nos aterra ya que no tenemos ningún tipo de control sobre lo que puedan hacer los terroristas. Es mucho más fácil morir en accidente de coches o ahogados. De hecho, después de los atentados del 11S los muertos en carretera en Estados Unidos se dispararon. Eso era debido a que se usaba más el coche para realizar recorridos largos. Curiosamente, el medio de locomoción más seguro es el ascensor. Por desgracia Rocío, la chica que murió aplastada por un ascensor en un hospital de Sevilla, no puede decir lo mismo.
Los mecanismos de seguridad son cada vez más eficientes. Por desgracia, no podemos conocer la tasa de éxitos de los atentados abortados. Dos ideas. Uno, en opinión de muchos expertos, cuando se escucha algún discurso incendiario en alguna mezquita los propios musulmanes avisan a las autoridades. Dos, hoy en día se puede controlar las páginas web que visita cada usuario de Internet. Vamos, que no es tan sencillo bajarse un tutorial para hacerse una bomba casera, a no ser que uno no sea sospechoso. Sí, eso es lo que ocurrió en el caso que nos ocupa. Pero la falta de experiencia en el manejo de artefactos caseros provocó una explosión conocida por todos. Además, cada atentado estimula la colaboración entre los diferentes cuerpos policiales, sean nacionales o extranjeros. Sí, habrá más muertes. Pero los avances tecnológicos y el uso de diferentes cortafuegos para evitar muchos tipos de ataques nos hacen ser menos pesimistas.
Países como Israel, amenazado por muchos vecinos, han logrado reducir drásticamente los atentados que sufrían. ¿Por qué no aprender o conocer sus técnicas de prevención?
Para terminar, recordemos que la mayor parte de los atentados islamistas matan a musulmanes. Eso es debido a la guerra civil existente entre suníes y chiíes.
Ay, la guerra.

Conectividad global.

Una de las tendencias mundiales que no admite discusión es la hiperconexión. El mundo digital, la mejora en las infraestructuras y los avances en los diferentes medios de transporte hacen que todas las personas estemos cada vez más conectadas entre sí. Una forma de comprobar esta idea es con la teoría de los “grados de separación”. Según esta tesis, cualquier persona está conectada con otra persona de nuestro planeta mediante una cadena de intermediarios que como mucho alcanza cinco personas.
No obstante, la conexión no se refiere sólo a personas. Se refiere también a ciudades, regiones, países o continentes. El estratega e intelecual Parag Khanna, (según la revista Squire está entre las 75 personas más influyentes del siglo XXI), expone en su atractivo libro Conectografía (Editorial Paidós) la idea de que los países ya no importan. Las referencias económicas fundamentales vienen dadas por las grandes ciudades y por los centros en los que se ubican industrias con bienes o servicios que pueden ser demandados por lugares muy alejados del centro de producción. En consecuencia, la estrategia adecuada para sobrevivir en este nuevo mundo es potenciar dichos centros para poder diferenciarse a nivel global. Y eso para por mejorar sus cadenas de suministro. Ni más ni menos.
La forma de comprobar teorías económicas es testarlas con la realidad. Por eso, cuando recibimos informaciones que a veces parecen contradictorias, a veces es útil acudir al célebre consejo de Groucho Marx: “¿a quién vas a creer más, a mí o a tus ojos?”. Por ejemplo, ¿qué sistema económico es mejor para generar riqueza, el comunismo o el capitalismo? Para contestar a la pregunta, basta comparar la renta por persona de Corea del Norte y Corea del Sur.
En este contexto, ¿qué actores económicos son hoy los más influyentes? Aquellos que controlan los centros estratégicos y sus conexiones con el resto del mundo. Sí, está el aspecto energético. Pero éste es un mundo con una competencia enorme en el que un día sí y otro también se dan nuevos descubrimientos acompañados de muchos cambios jurídicos que también deben tenerse en cuenta. Por eso la influencia de la OPEP (organización de los países exportadores de petróleo) ha disminuido con los años: nuevas tecnologías como el fracking o los avances en energías alternativas se han apropiado de diferentes nichos de mercado.
Por tanto, lo más adecuado, en este nuevo entorno, es potenciar las industrias que realicen exportaciones mejorando sus infraestructuras, ya que ésta es clave en su competitividad. Las implicaciones que tiene esta idea para Navarra en un momento en el que existe un debate sobre el Tren de Alta Velocidad o el Canal de Navarra son más que evidentes. No existen zonas ricas que tengan una mala infraestructura. Es algo que vemos, simplemente, abriendo los ojos.
El problema más importante que se genera es el desequilibrio territorial: ¿qué hacer fuera de los nodos generadores de riqueza? Existen amplias zonas con densidades de población ridículas. En muchos pueblos de la “España profunda” los jóvenes ya se han ido. ¿Razón? No hay industria, la minería es marginal y la agricultura o ganadería no dan más de sí. ¿Qué pueden hacer los gobiernos? Muy poco, ¿cómo generar incentivos para que los jóvenes se queden allí? Al menos, los jubilados que viven de sus pensiones se quedan allí realizando una labor poco reconocida.
¿Y los países? A comienzos del Siglo XX se generaban fricciones debido a que existían Imperios que buscaban su expansión entre conquistas. Era un nacionalismo inclusivo: menos países. Hoy en día la fricción ocurre en sentido contrario; las zonas más ricas buscan independizarse para aprovecharse de sus recursos. Es un nacionalismo excluyente: más países. Por desgracia, muchas veces genera problemas de convivencia. Y eso, en términos sociales, no presagia nada bueno. Además, es inconsistente con la economía global.
Eso es debido a que en términos económicos sólo existe un país: nuestro planeta. A lo largo de un día, consumimos productos que tienen componentes generados en los cinco continentes. Es relativamente sencillo viajar de un lugar a otro. Usando páginas web de diferentes medios de comunicación o blogs de personas relevantes podemos saber lo que ocurre en cualquier lugar del mundo casi en tiempo real. El fin de una especie animal o el cambio climático nos afectan a todos. Las mafias que se dedican a la trata de personas o al comercio de drogas tienen también una influencia global. Con el mundo financiero ocurre lo mismo. Sí. Todo está conectado.
Los recientes atentados de Barcelona han servido para comprobarlo: los heridos y fallecidos en el mismo eran todos ellos de múltiples nacionalidades. Los autores del atentado y el armamento que usaron para realizarlo, también.
El mundo es como es. No es como queramos que sea, ni está ajustado a una ideología o pensamiento concreto. Evoluciona, cambia. Y avanza, aunque dando más tumbos de lo que nosotros quisiéramos, hacia un paradigma inmutable.
La conectividad global.