Subastas diabólicas.

Compro por 10, yo por 12, yo por 13, 14, 18….alguien da más, alguien da más….¡adjudicado! Son las subastas de toda la vida, ¿verdad? El que más ofrece se lleva el bien que se ha ofrecido dentro de la puja y todos tan contentos. Sí, las subastas parecen un método adecuado para lograr una gran cantidad de dinero por algún bien. Los dos casos más comunes de subasta son dentro del mercado del arte (un mercado difícil de entender, ya que se pagan cantidades de dinero estratosféricas por cosas que parecen “cacharros” pero bueno, los entendidos, entendidos son) y aquellas en las que se ofrece un bien que ha pertenecido a alguien famoso y que se suelen usar, aunque no es así siempre, para casos benéficos. Por ejemplo, las zapatillas que llevaba Maradona en el mundial 86, el casco de un astronauta que haya estado en la luna o el primer maillot amarillo de Miguel Induráin se podrían vender por un alto precio de dinero.
No obstante, no todas las subastas son así. Dentro de la economía la teoría de juegos estudia un caso particular de subasta: el segundo que más ha pujado también debe pagar por el bien aunque no se lleve ni las migas. Curioso, ¿no? Vamos a comprenderlo con un ejemplo con el que se ha experimentado muchas veces. Un profesor vende un billete de 20 dólares por un dólar, ya a partir de ahí comienza la puja. Así, el primer alumno ofrece dos dólares. Si nadie más se anima a ofertar un precio, compra por dos dólares un billete de 20. En total, 18 dólares gratis. Un buen negocio.
Es evidente que rápidamente otra persona ofrecerá 3 dólares por el billete. Si acaba la historia allí, el alumno que ha ofrecido 2 dólares los pierde. Por lo tanto, ofrecerá 4. Comienza así una carrera diabólica que no tiene fin (no tiene fin en términos teóricos; en la vida real se han llegado a pagar 200 dólares por billetes de 20 dólares).
Por supuesto, aparentemente nadie es tan estúpido de entrar en una subasta diabólica así. ¿Nadie? Nada más lejos de la realidad. De una forma u otra, todos hemos participado en subastas de este estilo. Un caso muy sencillo se da en los conflictos laborales, cuando se convocan huelgas. Al final las dos partes siempre dicen que han llegado a un acuerdo “altamente satisfactorio” para ellos. Lo que no dicen es que si hubiesen alcanzado ese acuerdo sin huelga ambos lados habrían ganado más. La cosa tiene sentido: por ejemplo, un sindicato que propone una subida del 3% puede observar que pasado un mes, ya se ha perdido una gran cantidad de dinero. El acuerdo que le ofrece la empresa no está mal, pero para justificar su puesto sigue negociando. Lo mismo ocurre en sentido contrario. Y todos pierden.

A menudo también subastamos nuestro tiempo pensando que las cosas ya irán mejorando por sí solas. Es otro tipo de subasta diabólica. Por ejemplo, una película que nos aburre. ¿Por qué no marcharnos del cine? La misma idea se da en matrimonios que permanecen unidos para dotar de sentido al tiempo que llevan casados. Pensamos que el tiempo invertido en el pasado sirve para seguir ocupando el mismo lugar en el futuro, aunque nuestra situación, en términos emocionales, sea desdichada. Más tiempo de convivencia es peor a largo plazo, pero el coste inicial de hacerlo es tan grande que no deseamos incurrir en ese gasto.
En el mercado del deporte, cada vez más irracional, se dan subastas diabólicas en el sentido de pagar cantidades enormes de dinero por los jugadores de más alto nivel. Cuidado, hay excepciones. La NBA (baloncesto estadounidense) se permite hacerlo ya que el nuevo contrato televisivo ha sido enorme, y los jugadores, por convenio, cobran un porcentaje estipulado del mismo. Por cierto, podríamos aprender algo de eso, ¿no?. Primero es el ingreso, después el gasto. Si no hay ingreso, no hay gasto. No es una regla muy compleja, no. Desde niños, cuando nos dan la paga, se aprende. Con el tiempo, como tantas cosas útiles aprendidas en la infancia, se olvida.
Sin embargo se barajan unos pagos de 222 millones de euros por Neymar o de 180 millones de euros por Mbappé. Ya uno no se fía, lo mismo aparece algún club que se anima a pagar más dinero. En este caso muchas veces pierde el que gana la subasta, ya que no amortiza el pago. Puede haber excepciones: un club que sea un juguete de un jeque multimillonario. En ese caso, se supone que el organismo regulador de la competición (sea la FIFA o la UEFA) debería intervenir. Pero ya sabemos cómo se las gastan estos organismos futbolísticos, ¿verdad?
La conclusión, muy sencilla. Cuidado con las subastas diabólicas. Es fácil de entrar, difícil de salir.

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