Gobernar.

Vamos a recordar la moción de censura por parte de Podemos en contra del Gobierno de Mariano Rajoy para intuir qué es gobernar. Se pueden sacar las conclusiones que se deseen: es razonable criticar a Iglesias ya que estaba cantado el resultado, y es razonable criticar a Rajoy en tanto no parece dar la sensación de hacer todo lo que puede contra la lacra de la corrupción. De lo que se trata es de valorar la estrategia de la moción en sí misma: ¿a quién beneficia?
Ya se sabe: si Podemos sube en las encuestas, la estrategia ha sido un éxito. En caso contrario, no. Sea como fuere, se han ganado unas páginas de periódico. Y es que quizás hacer oposición sea esto: lograr salir en los medios.
La alta política ha pasado de ser un medio para lograr un fin (gobernar a los miembros de una comunidad buscando el mayor beneficio conjunto) a ser un fin en sí mismo (tener el poder por el hecho de tenerlo). No es difícil observar muchos gobiernos en los que las políticas que se llevan nos dejan completamente sorprendidos ya que no son coherentes con las ideologías teóricas que dábamos como seguras. Por tener el poder, cualquier promesa se convierte en agua de borrajas en aras de un bien superior que siempre comprende tener cierto puesto.
Los puestos, los cargos. A menudo escuchamos casos en los que existe sospecha fundada de corrupción la frase “pongo la mano en el fuego por Fulanito”. Propongo cambiar la frase por “pongo mi puesto en el aire por Fulanito”. ¿Quién lo hace? Nadie. El coste de abandonar un puesto a nivel de reputación y de pérdida de influencia es tan grande que sólo se hace por razones de fuerza mayor.
Hoy en día, vemos una competencia feroz entre los partidos, de manera que cada uno vende su relato, y mientras las ideas brillan por su ausencia. Un desastre. Y es que en el mercado de la política ocurre algo que no es válido en ningún otro: se puede mentir impunemente y se puede soltar cualquier tipo de insulto hacia otra persona u organización política (si una empresa miente acerca de las características del producto que vende o insulta a otra tiene los días contados; existe un respeto que debería ser llevado a todos los órdenes de la vida). Eso sólo tiene una explicación: la política es un mercado podrido que no cumple las condiciones teóricas de eficiencia. ¿Cómo sería la calidad de los productos que consumimos si fuese legítimo mentir acerca de los mismos? Simplemente las empresas compiten, intentan sacar bienes de más calidad a menor precio, y las que lo hacen mejor y saben adaptarse a los tiempos sobreviven, de forma que con ello logran crear un mundo que progresa. No ocurre eso con los gobiernos, ¿verdad?

Sí: gobernar es vender un relato que puede ser real o ser una ficción. Pero no importa mientras suene bien. Así, “los otros” son unos corruptos, unos populistas, una izquierda o derecha rancia y trasnochada, unos nacionalistas o unos inútiles. No importa. Al final, el menos malo gana.
Esta estructura de incentivos existentes en los partidos no presagia nada positivo para el bien común, pues no es eso lo que piensan los buscadores de rentas que suelen ocupar los puestos más altos. Saben que si su jefe se va, ellos están en el mismo carro. Y los que pueden cambiar esa estructura de incentivos no lo van a hacer debido a una razón obvia y sencilla: no les interesa.
Hasta ahora se ha valorado qué es gobernar. ¿Por qué no valorar lo que debería ser gobernar?
La definición más sencilla es la siguiente: crear reglas de convivencia en las que prime la meritocracia a partir de una igualdad de oportunidades real (tristemente, el factor que mejor explica la riqueza futura de los jóvenes es la riqueza presente de los padres) de manera que nadie se quede atrás: todas las personas de la comunidad debe tener un mínimo bienestar.
Sí, lo más difícil es el cómo. ¿Por qué no intentar unas reglas?
Uno.- Respetar los aspectos más personales de cada sujeto, los cuales suelen ser la religión y la identidad. Salvo circunstancias inevitables, no se debe legislar acerca de las mismas ya que pertenecen a la esfera individual de cada individuo.
Dos.- No mentir. No es lo mismo que decir siempre la verdad.
Tres.- Ser transparente: cuentas claras. Indicar de dónde se van a obtener recursos para cumplir promesas. De hecho, en algunos países existen organismos independientes que verifican el cumplimiento de promesas a priori. Basta hacer números.
Cuatro.- Afrontar los problemas que llegarán a medio plazo sin rodeos, indicando los posibles sacrificios que se deberán afrontar para hacerlos más llevaderos.
Cinco.- No confundir el Congreso, el Parlamento o el Consistorio con un Teatro.

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