Algoritmos.

Parece útil, cuando vivimos en un mundo basado en algoritmos, conocer la definición de los mismos y saber cómo nos afectan. Un algoritmo (web “definiciones de”), en términos matemáticos, “un grupo finito de operaciones organizadas de manera lógica y ordenada que permite solucionar un determinado problema”. Desde niños la educación está basada en algoritmos. El más conocido es la resolución una ecuación de grado 2 (3×2 + 5x = 7), en cuyo caso los pasos serían los siguientes. Uno, ordenar los términos e igualar a cero. Dos, aplicar la fórmula que tiene en cuenta el coeficiente que multiplica a x cuadrado, el que multiplica a x y el independiente. Fin del problema.
Sin embargo, los algoritmos no sólo resuelven problemas. También nos ayudan a tomar decisiones o percibir la realidad. La vida es muy compleja, recibimos mucha información y nuestro cerebro la filtra para ayudarnos a buscar la solución más sencilla posible.
Pensemos en las elecciones. ¿A quién votar? En términos racionales, deberíamos estudiar todos los programas electorales y decidirnos por la opción más cercana a nuestras ideas, valores y creencias. Eso es muy complicado, además en muchos asuntos no tenemos la formación suficiente para tener una opinión. Por ejemplo, ¿cómo se debe gestionar la sanidad o el cambio climático?
Es cierto que se han ensayado algoritmos muy útiles mediante programas informáticos. Funcionan así: a cada elector se le hacen una serie de preguntas sobre diferentes asuntos. Pueden entrar el aborto, la inmigración ilegal o el nivel de impuestos que considera adecuado. La cuestión es que terminado el cuestionario, el algoritmo nos dice el programa electoral que más se ajusta a nuestras preferencias.
Como estos programas no se han generalizado todavía usamos nuestro algoritmo personal. Un ejemplo posible sería éste. Uno: “descartar nacionalismo”. Dos, “priorizar reparto de riqueza”. Tres, “líder de confianza”. Cuatro: “intolerancia frente a la corrupción”. Así, decidimos el partido que más se ajusta a nuestras preferencias. Eso sí, en caso de fallar alguna de estas características se podría decidir una opción cercana o la abstención.
Vamos a una empresa cualquiera, aunque el caso más sencillo es una fábrica. ¿Cómo funciona? Muy fácil. A partir de sus instalaciones, la energía que pueda captar, su tecnología y sus trabajadores, junto con el material que necesita para realizar su proceso productivo, sigue algoritmos para fabricar su producto. La empresa que logre un algoritmo que le proporcione un coste menor (o equivalentemente una mejor productividad) tendrá mucho ganado. Desde luego, también influyen otros factores como la calidad del producto, el poder de la marca o el servicio postventa.

Muchas de las aplicaciones informáticas que usamos hoy en día son simples algoritmos. Nos permiten ordenar la información de una forma más práctica y nos dan pautas para tomar decisiones con más facilidad. De hecho, una de las empresas más famosas del mundo es Google. ¿Qué vende? En sí mismo, un algoritmo. Cuando tecleamos una palabra como “gato” aparece la información requerida al concepto buscado. Además, podemos afinarla mucho: podemos pedir “imágenes de gatos persas” o “vídeos de gatos bailando”. Además de entretenernos, Google es útil para buscar información de algún concepto que nos fascine como “astronomía” o “genética”, pero su gran aplicación económica se da cuando alguien desea buscar algún bien o servicio. Si queremos contratar un fontanero para arreglar una avería en casa, teclearemos “fontanero” con una referencia a la zona donde vivimos (ciudad, barrio). Ahí es dónde está la oportunidad de negocio, donde las empresas pelean por posicionarse y donde Google tiene una gran ventaja competitiva.
De momento hemos comentado los algoritmos de silicio. Pensemos en un animal, por ejemplo una cebra. Cuando oye un ruido raro, aplica una única regla, muy sencilla: “correr”. Un depredador puede estar cerca, amenazando la vida de la cebra. De la misma forma, podemos razonar, a partir de la observación de los animales, cómo reaccionan a los estímulos que reciben: mediante algoritmos. Son algoritmos de carbono.
Sí, ya tocan los seres humanos. ¿Somos algoritmos? De una u otra forma, sí. Usamos reglas, unas veces conscientes y otras inconscientes, para arreglar nuestros problemas y tomar diferentes decisiones. Eso sí, la grandeza del ser humano es que puede decidir, si lo desea, las reglas que va a aplicar para una situación determinada. Por ejemplo, ante una situación de ansiedad, en lugar de elegir “gritar” podemos elegir “calma y mesura”. Al llegar a casa a la noche, en lugar de “cenar pizza, televisión y ordenador” podemos elegir “fruta, lectura y conversación familiar”. Nuestra fuerza es la consciencia y la imaginación.
Sin embargo, hoy en día dejamos ya muchas decisiones en manos de algoritmos. Viajes, rutas de coche, restaurante…en un caso más extremo incluso los podemos usar para buscar pareja o un lugar para vivir.
En un mundo gobernado por algoritmos en el cual se vislumbra una convergencia futura entre el silicio y el carbono, no podemos perder nuestra esencia.
En caso contrario, dejaremos de ser humanos.

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