Archivos mensuales: julio 2017

Entretenimiento.

Si hay una época del año que nos permite tiempo de ocio es la veraniega. ¿Cómo aprovecharlo? ¿Qué influencia tiene el entretenimiento en el conjunto de la economía y en nuestro desarrollo personal?
Para comenzar, podemos hablar de la diferencia existente entre “veranear” y “estar de vacaciones”. En el primer caso, nos dedicamos a dormir más, a descansar, a estar tumbados y a actividades lúdicas entre las que destacan ver el mar desde una hamaca, comer y beber. En el segundo, realizamos actividades que no podemos hacer durante la temporada de trabajo: pasar más tiempo con los hijos, leer los libros más influyentes del año, hacer deporte o pintar un cuadro. Desde luego, no se trata de tener una disciplina espartana también en verano. Posiblemente lo más adecuado sea repartir nuestro tiempo entre el “veraneo” y las “vacaciones” en la proporción que consideremos adecuada. Ahora bien, no podemos olvidar una cuestión estadística asombrosa. Nadie ha admitido, cuando hace una recopilación de las cosas que ha hecho en su vida, que debería haber invertido más tiempo durmiendo o viendo la televisión. Es decir, no hay quien diga “debería haber visto la televisión 10 horas al día, no 6”. De la misma forma, tampoco quien diga “debería haber dormido al día 14 horas en lugar de 12”. Si le damos la vuelta a la argumentación en un sentido positivo, pocas personas salen de mal humor del gimnasio o de realizar alguna actividad deportiva (a no ser que esa actividad deportiva sea una competición y no se hayan alcanzado los resultados previstos).
En un mundo en el que cada vez se necesitan menos personas para recoger o fabricar todo lo que necesitamos para vivir debido a la mejora tecnológica, es evidente que la industria del entretenimiento cada vez va a tener un peso más importante en la generación de puestos de trabajo futuro. Además, es una cuestión de oferta y demanda, ya que supuestamente el tiempo de trabajo se va a reducir y en consecuencia, de alguna forma nos tendremos que entretener.
Sin duda, el entretenimiento global más extendido es el fútbol. Durante el verano siempre se realizan fichajes de jugadores por unos u otros equipos, y las cifras son mareantes. Se rumorea un pago de 222 millones de euros por el jugador del Barcelona Neymar, o un pago de 180 millones de euros por el jugador del Mónaco Mbappé. ¿Cómo se pueden alcanzar esas cifras? Muy sencillo. Como el mercado del fútbol es mundial, en teoría los ingresos que puede generar son siderales. Otra cosa es que las cifras cuadren. En este sentido, cabría indicar un matiz: grandes empresarios o jeques árabes propietarios de equipos de fútbol están dispuestos a pagar de más a cambio de reconocimiento y reputación. Y la estrategia les sale muy bien: se hacen famosos.

Los organismos futbolísticos deberían regular mejor esos movimientos financieros, pero como el negocio del balón es un monopolio es sí mismo, la corrupción aparece con más facilidad. En caso de duda, preguntar a la FIFA, la UEFA o a la FEF (federación española de fútbol).
Otro entretenimiento que genera controversia es el de las corridas de toros. En Baleares se ha prohibido la muerte del animal después de la lidia. ¿Qué podemos decir de ello? Vamos a valorarlo. Siempre se comenta que el toro existe por y para la fiesta, y sí, eso es una evidencia. Ahora, cambiemos de enfoque. En nuestro planeta, los animales salvajes pesan aproximadamente 100 millones de toneladas. Los animales dedicados a consumo humano (vacas, cerdos, ovejas o gallinas), 700 millones de toneladas. Todos ellos viven fuera de su entorno natural, y muchos sufren durante toda su vida. La ternera, por ejemplo, vive en un espacio muy reducido para que su carne sea más sabrosa. ¿Por qué no defender todos estos animales? ¿Por qué unos sí y otros no? En mi opinión, sólo tiene sentido ser antitaurino siendo coherente, y eso supone no alimentarse de animales que sufren; prácticamente todos. Sí, se puede decir que no está bien que la muerte de un toro sea un espectáculo. Pues en ese caso no se va a la plaza y ya está. Por cierto, para hacer números, los seres humanos (incluidos los salvajes) pesamos, en total, unos 300 millones de toneladas.
Existen muchas opciones de entretenimiento adicional. Podemos pasar de extremos como ayudar a personas necesitadas o estar unos días en un monasterio orando y meditando hasta drogarnos o terminar alcoholizados. No obstante, es una elección. Dentro de la misma se deben considerar muchas variables, las cuales dependen de nuestra personalidad, cultura y valores. Lo que voy a hacer, ¿me genera desarrollo personal? ¿Genera adicción? ¿Mejora a los demás? ¿Sirve para olvidarme de mis problemas dándoles una patada hacia adelante y nada más? ¿Tiene efectos secundarios? ¿Qué sensación tendré una vez terminado mi tiempo de ocio? ¿Tendré más energía?
Feliz entretenimiento.

Subastas diabólicas.

Compro por 10, yo por 12, yo por 13, 14, 18….alguien da más, alguien da más….¡adjudicado! Son las subastas de toda la vida, ¿verdad? El que más ofrece se lleva el bien que se ha ofrecido dentro de la puja y todos tan contentos. Sí, las subastas parecen un método adecuado para lograr una gran cantidad de dinero por algún bien. Los dos casos más comunes de subasta son dentro del mercado del arte (un mercado difícil de entender, ya que se pagan cantidades de dinero estratosféricas por cosas que parecen “cacharros” pero bueno, los entendidos, entendidos son) y aquellas en las que se ofrece un bien que ha pertenecido a alguien famoso y que se suelen usar, aunque no es así siempre, para casos benéficos. Por ejemplo, las zapatillas que llevaba Maradona en el mundial 86, el casco de un astronauta que haya estado en la luna o el primer maillot amarillo de Miguel Induráin se podrían vender por un alto precio de dinero.
No obstante, no todas las subastas son así. Dentro de la economía la teoría de juegos estudia un caso particular de subasta: el segundo que más ha pujado también debe pagar por el bien aunque no se lleve ni las migas. Curioso, ¿no? Vamos a comprenderlo con un ejemplo con el que se ha experimentado muchas veces. Un profesor vende un billete de 20 dólares por un dólar, ya a partir de ahí comienza la puja. Así, el primer alumno ofrece dos dólares. Si nadie más se anima a ofertar un precio, compra por dos dólares un billete de 20. En total, 18 dólares gratis. Un buen negocio.
Es evidente que rápidamente otra persona ofrecerá 3 dólares por el billete. Si acaba la historia allí, el alumno que ha ofrecido 2 dólares los pierde. Por lo tanto, ofrecerá 4. Comienza así una carrera diabólica que no tiene fin (no tiene fin en términos teóricos; en la vida real se han llegado a pagar 200 dólares por billetes de 20 dólares).
Por supuesto, aparentemente nadie es tan estúpido de entrar en una subasta diabólica así. ¿Nadie? Nada más lejos de la realidad. De una forma u otra, todos hemos participado en subastas de este estilo. Un caso muy sencillo se da en los conflictos laborales, cuando se convocan huelgas. Al final las dos partes siempre dicen que han llegado a un acuerdo “altamente satisfactorio” para ellos. Lo que no dicen es que si hubiesen alcanzado ese acuerdo sin huelga ambos lados habrían ganado más. La cosa tiene sentido: por ejemplo, un sindicato que propone una subida del 3% puede observar que pasado un mes, ya se ha perdido una gran cantidad de dinero. El acuerdo que le ofrece la empresa no está mal, pero para justificar su puesto sigue negociando. Lo mismo ocurre en sentido contrario. Y todos pierden.

A menudo también subastamos nuestro tiempo pensando que las cosas ya irán mejorando por sí solas. Es otro tipo de subasta diabólica. Por ejemplo, una película que nos aburre. ¿Por qué no marcharnos del cine? La misma idea se da en matrimonios que permanecen unidos para dotar de sentido al tiempo que llevan casados. Pensamos que el tiempo invertido en el pasado sirve para seguir ocupando el mismo lugar en el futuro, aunque nuestra situación, en términos emocionales, sea desdichada. Más tiempo de convivencia es peor a largo plazo, pero el coste inicial de hacerlo es tan grande que no deseamos incurrir en ese gasto.
En el mercado del deporte, cada vez más irracional, se dan subastas diabólicas en el sentido de pagar cantidades enormes de dinero por los jugadores de más alto nivel. Cuidado, hay excepciones. La NBA (baloncesto estadounidense) se permite hacerlo ya que el nuevo contrato televisivo ha sido enorme, y los jugadores, por convenio, cobran un porcentaje estipulado del mismo. Por cierto, podríamos aprender algo de eso, ¿no?. Primero es el ingreso, después el gasto. Si no hay ingreso, no hay gasto. No es una regla muy compleja, no. Desde niños, cuando nos dan la paga, se aprende. Con el tiempo, como tantas cosas útiles aprendidas en la infancia, se olvida.
Sin embargo se barajan unos pagos de 222 millones de euros por Neymar o de 180 millones de euros por Mbappé. Ya uno no se fía, lo mismo aparece algún club que se anima a pagar más dinero. En este caso muchas veces pierde el que gana la subasta, ya que no amortiza el pago. Puede haber excepciones: un club que sea un juguete de un jeque multimillonario. En ese caso, se supone que el organismo regulador de la competición (sea la FIFA o la UEFA) debería intervenir. Pero ya sabemos cómo se las gastan estos organismos futbolísticos, ¿verdad?
La conclusión, muy sencilla. Cuidado con las subastas diabólicas. Es fácil de entrar, difícil de salir.

Oh, tempora. Oh, mores.

Esta famosa afirmación es del orador romano Marco Tulio Cicerón (siglo I a.c.), y se traduciría así: Oh, tiempos! Oh, costumbres! Con ella se refiere a la ascendencia de algunas influencias que se dejan sentir sobre la conducta humana.
Muchos comportamientos actuales se justifican debido a que estamos viviendo una época de cambios vertiginosos. Puede ser. Pero existe un ejercicio muy divertido que nos puede llevar a una reflexión: ¿qué influencias son atemporales? Es decir, independientemente del lugar y del tiempo en el que nos encontramos, ¿existen aspectos comunes que nos puedan enseñar claves de nuestra conducta para mejorarla? Esto nos permitiría lograr dos objetivos fundamentales. A nivel individual, el DPC (desarrollo personal continuo). A nivel global, adaptar reglas de convivencia para los nuevos tiempos (en el caso de la política) y razonar la provisión de bienes y servicios que mejor se adaptan a la comunidad (en el caso de las decisiones empresariales).
No es muy conocido el hecho de que desde las épocas más antiguas se decía que los jóvenes estaban malcriados y eran unos consentidos que no sabían lo que querían. Por supuesto, hoy en día se sigue comentando lo mismo. Lo asombroso es que la afirmación es falsa. La mayor parte de los jóvenes tienen un objetivo muy claro: crear su futuro, y buscar la manera de generar valor para el conjunto de la sociedad. Existen dos excepciones, ambas extremas. Por un lado, los jóvenes de familias sin ningún tipo de recurso que terminan en la vida callejera. En países como el nuestro eso es una excepción ya que el sistema público se dedica a paliar esa carencia, pero en las grandes urbes eso genera inestabilidad social. El otro extremo son los jóvenes que no tienen preocupación alguna debido al gran patrimonio que tienen sus padres. Aquí el riesgo es distinto: tarde o temprano, deberán gestionar ese patrimonio. Y si no se saben valorar correctamente las consecuencias de sus decisiones debido a la burbuja en la que se ha vivido pues ya se sabe lo que pasa.
Bien, vayamos a esos comportamientos, veamos la influencia que han tenido a lo largo de los tiempos y busquemos medidas para corregirlos.
Uno, la procrastinación. Consiste en dejar las cosas para más adelante, dejando para el olvido el célebre consejo: “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. A nivel personal, esta costumbre es grave: siempre dejamos para más adelante la dieta, el ejercicio, o los arreglos pendientes en casa. A nivel público, las reformas siempre se dejan para el futuro. Hay una frase divertida que expresa esta idea: “Brasil es el país del futuro…y siempre lo será”. Los propios brasileños lo cuentan con humor. A nivel empresarial a veces se dejan las reformas para más adelante, pero no ocurre tan a menudo. Al fin y al cabo, un empresario se juega su dinero.
A nivel personal se puede evitar la procrastinación con reglas mentales al tipo “si-entonces”. Por ejemplo, “si no ahorro hoy mañana no tendré ningún recurso”. Estas reglas se deben repetir a menudo para convertirlas en un hábito. A nivel público, sólo hay una solución: unos incentivos que generen más concordancia entre el interés del político y el bien común.
Dos, la corrupción. Desde tiempos inmemoriales hemos estado preocupados por ella. ¿Por qué se da? Pérdida de control de la situación, ego, ansia de poder y dinero. ¿Cómo combatirla? Hay muchas posibilidades. Por ejemplo, devolución de la cantidad robada con un alto castigo impositivo o penalización en todos los ingresos futuros son medidas razonables. Eso sí, no sólo se arreglan las cosas a palos. A menudo, la zanahoria también está bien. Eso pasa por premiar a todos los denunciantes, y no sólo con dinero: con reconocimiento social. ¿Por qué no salen abriendo las noticias?
Tres, la lucha por los recursos. Desde tiempos inmemoriales los seres humanos siempre queremos más. Pensemos en el gran avance de la economía de mercado: en teoría, quien más tiene es debido a su mérito en el desempeño de un trabajo o a la provisión de un bien. ¿Es en la práctica así? Aunque falta mucho por avanzar, se trata de buscar los mecanismos que permitan erradicar privilegios. En éste ámbito, el fraude fiscal y las ingenierías financieras que drenan el pago de una gran cantidad de impuestos crean problemas para la viabilidad de nuestro sistema social a medio plazo.
Cuatro, la tragedia de los comunes. Se da cuando el incentivo de un agente económico va en contra del interés general. Si un país no firma el tratado contra el cambio climático, podrá producir bienes y servicios más baratos. Lo mismo ocurre si una empresa contamina y otros no lo hacen, o si un ganadero deja en el campo más vacas de las pactadas con sus compañeros de gremio. ¿Cómo arreglar esto? Investigando y divulgando las empresas o personas que se dedican a estas actividades.
Oh, tempora! Oh, mores!

Gobernar.

Vamos a recordar la moción de censura por parte de Podemos en contra del Gobierno de Mariano Rajoy para intuir qué es gobernar. Se pueden sacar las conclusiones que se deseen: es razonable criticar a Iglesias ya que estaba cantado el resultado, y es razonable criticar a Rajoy en tanto no parece dar la sensación de hacer todo lo que puede contra la lacra de la corrupción. De lo que se trata es de valorar la estrategia de la moción en sí misma: ¿a quién beneficia?
Ya se sabe: si Podemos sube en las encuestas, la estrategia ha sido un éxito. En caso contrario, no. Sea como fuere, se han ganado unas páginas de periódico. Y es que quizás hacer oposición sea esto: lograr salir en los medios.
La alta política ha pasado de ser un medio para lograr un fin (gobernar a los miembros de una comunidad buscando el mayor beneficio conjunto) a ser un fin en sí mismo (tener el poder por el hecho de tenerlo). No es difícil observar muchos gobiernos en los que las políticas que se llevan nos dejan completamente sorprendidos ya que no son coherentes con las ideologías teóricas que dábamos como seguras. Por tener el poder, cualquier promesa se convierte en agua de borrajas en aras de un bien superior que siempre comprende tener cierto puesto.
Los puestos, los cargos. A menudo escuchamos casos en los que existe sospecha fundada de corrupción la frase “pongo la mano en el fuego por Fulanito”. Propongo cambiar la frase por “pongo mi puesto en el aire por Fulanito”. ¿Quién lo hace? Nadie. El coste de abandonar un puesto a nivel de reputación y de pérdida de influencia es tan grande que sólo se hace por razones de fuerza mayor.
Hoy en día, vemos una competencia feroz entre los partidos, de manera que cada uno vende su relato, y mientras las ideas brillan por su ausencia. Un desastre. Y es que en el mercado de la política ocurre algo que no es válido en ningún otro: se puede mentir impunemente y se puede soltar cualquier tipo de insulto hacia otra persona u organización política (si una empresa miente acerca de las características del producto que vende o insulta a otra tiene los días contados; existe un respeto que debería ser llevado a todos los órdenes de la vida). Eso sólo tiene una explicación: la política es un mercado podrido que no cumple las condiciones teóricas de eficiencia. ¿Cómo sería la calidad de los productos que consumimos si fuese legítimo mentir acerca de los mismos? Simplemente las empresas compiten, intentan sacar bienes de más calidad a menor precio, y las que lo hacen mejor y saben adaptarse a los tiempos sobreviven, de forma que con ello logran crear un mundo que progresa. No ocurre eso con los gobiernos, ¿verdad?

Sí: gobernar es vender un relato que puede ser real o ser una ficción. Pero no importa mientras suene bien. Así, “los otros” son unos corruptos, unos populistas, una izquierda o derecha rancia y trasnochada, unos nacionalistas o unos inútiles. No importa. Al final, el menos malo gana.
Esta estructura de incentivos existentes en los partidos no presagia nada positivo para el bien común, pues no es eso lo que piensan los buscadores de rentas que suelen ocupar los puestos más altos. Saben que si su jefe se va, ellos están en el mismo carro. Y los que pueden cambiar esa estructura de incentivos no lo van a hacer debido a una razón obvia y sencilla: no les interesa.
Hasta ahora se ha valorado qué es gobernar. ¿Por qué no valorar lo que debería ser gobernar?
La definición más sencilla es la siguiente: crear reglas de convivencia en las que prime la meritocracia a partir de una igualdad de oportunidades real (tristemente, el factor que mejor explica la riqueza futura de los jóvenes es la riqueza presente de los padres) de manera que nadie se quede atrás: todas las personas de la comunidad debe tener un mínimo bienestar.
Sí, lo más difícil es el cómo. ¿Por qué no intentar unas reglas?
Uno.- Respetar los aspectos más personales de cada sujeto, los cuales suelen ser la religión y la identidad. Salvo circunstancias inevitables, no se debe legislar acerca de las mismas ya que pertenecen a la esfera individual de cada individuo.
Dos.- No mentir. No es lo mismo que decir siempre la verdad.
Tres.- Ser transparente: cuentas claras. Indicar de dónde se van a obtener recursos para cumplir promesas. De hecho, en algunos países existen organismos independientes que verifican el cumplimiento de promesas a priori. Basta hacer números.
Cuatro.- Afrontar los problemas que llegarán a medio plazo sin rodeos, indicando los posibles sacrificios que se deberán afrontar para hacerlos más llevaderos.
Cinco.- No confundir el Congreso, el Parlamento o el Consistorio con un Teatro.

Algoritmos.

Parece útil, cuando vivimos en un mundo basado en algoritmos, conocer la definición de los mismos y saber cómo nos afectan. Un algoritmo (web “definiciones de”), en términos matemáticos, “un grupo finito de operaciones organizadas de manera lógica y ordenada que permite solucionar un determinado problema”. Desde niños la educación está basada en algoritmos. El más conocido es la resolución una ecuación de grado 2 (3×2 + 5x = 7), en cuyo caso los pasos serían los siguientes. Uno, ordenar los términos e igualar a cero. Dos, aplicar la fórmula que tiene en cuenta el coeficiente que multiplica a x cuadrado, el que multiplica a x y el independiente. Fin del problema.
Sin embargo, los algoritmos no sólo resuelven problemas. También nos ayudan a tomar decisiones o percibir la realidad. La vida es muy compleja, recibimos mucha información y nuestro cerebro la filtra para ayudarnos a buscar la solución más sencilla posible.
Pensemos en las elecciones. ¿A quién votar? En términos racionales, deberíamos estudiar todos los programas electorales y decidirnos por la opción más cercana a nuestras ideas, valores y creencias. Eso es muy complicado, además en muchos asuntos no tenemos la formación suficiente para tener una opinión. Por ejemplo, ¿cómo se debe gestionar la sanidad o el cambio climático?
Es cierto que se han ensayado algoritmos muy útiles mediante programas informáticos. Funcionan así: a cada elector se le hacen una serie de preguntas sobre diferentes asuntos. Pueden entrar el aborto, la inmigración ilegal o el nivel de impuestos que considera adecuado. La cuestión es que terminado el cuestionario, el algoritmo nos dice el programa electoral que más se ajusta a nuestras preferencias.
Como estos programas no se han generalizado todavía usamos nuestro algoritmo personal. Un ejemplo posible sería éste. Uno: “descartar nacionalismo”. Dos, “priorizar reparto de riqueza”. Tres, “líder de confianza”. Cuatro: “intolerancia frente a la corrupción”. Así, decidimos el partido que más se ajusta a nuestras preferencias. Eso sí, en caso de fallar alguna de estas características se podría decidir una opción cercana o la abstención.
Vamos a una empresa cualquiera, aunque el caso más sencillo es una fábrica. ¿Cómo funciona? Muy fácil. A partir de sus instalaciones, la energía que pueda captar, su tecnología y sus trabajadores, junto con el material que necesita para realizar su proceso productivo, sigue algoritmos para fabricar su producto. La empresa que logre un algoritmo que le proporcione un coste menor (o equivalentemente una mejor productividad) tendrá mucho ganado. Desde luego, también influyen otros factores como la calidad del producto, el poder de la marca o el servicio postventa.

Muchas de las aplicaciones informáticas que usamos hoy en día son simples algoritmos. Nos permiten ordenar la información de una forma más práctica y nos dan pautas para tomar decisiones con más facilidad. De hecho, una de las empresas más famosas del mundo es Google. ¿Qué vende? En sí mismo, un algoritmo. Cuando tecleamos una palabra como “gato” aparece la información requerida al concepto buscado. Además, podemos afinarla mucho: podemos pedir “imágenes de gatos persas” o “vídeos de gatos bailando”. Además de entretenernos, Google es útil para buscar información de algún concepto que nos fascine como “astronomía” o “genética”, pero su gran aplicación económica se da cuando alguien desea buscar algún bien o servicio. Si queremos contratar un fontanero para arreglar una avería en casa, teclearemos “fontanero” con una referencia a la zona donde vivimos (ciudad, barrio). Ahí es dónde está la oportunidad de negocio, donde las empresas pelean por posicionarse y donde Google tiene una gran ventaja competitiva.
De momento hemos comentado los algoritmos de silicio. Pensemos en un animal, por ejemplo una cebra. Cuando oye un ruido raro, aplica una única regla, muy sencilla: “correr”. Un depredador puede estar cerca, amenazando la vida de la cebra. De la misma forma, podemos razonar, a partir de la observación de los animales, cómo reaccionan a los estímulos que reciben: mediante algoritmos. Son algoritmos de carbono.
Sí, ya tocan los seres humanos. ¿Somos algoritmos? De una u otra forma, sí. Usamos reglas, unas veces conscientes y otras inconscientes, para arreglar nuestros problemas y tomar diferentes decisiones. Eso sí, la grandeza del ser humano es que puede decidir, si lo desea, las reglas que va a aplicar para una situación determinada. Por ejemplo, ante una situación de ansiedad, en lugar de elegir “gritar” podemos elegir “calma y mesura”. Al llegar a casa a la noche, en lugar de “cenar pizza, televisión y ordenador” podemos elegir “fruta, lectura y conversación familiar”. Nuestra fuerza es la consciencia y la imaginación.
Sin embargo, hoy en día dejamos ya muchas decisiones en manos de algoritmos. Viajes, rutas de coche, restaurante…en un caso más extremo incluso los podemos usar para buscar pareja o un lugar para vivir.
En un mundo gobernado por algoritmos en el cual se vislumbra una convergencia futura entre el silicio y el carbono, no podemos perder nuestra esencia.
En caso contrario, dejaremos de ser humanos.