Archivos mensuales: abril 2017

Cuentos.

Había una vez un partido político que prometió regeneración y un nuevo futuro para todos. Con un discurso lleno de emociones y un relato fascinante, el candidato, lleno de carisma, se ganó a la población de su región y así pudo alcanzar el poder. Pasado un tiempo, el nuevo presidente pareció perder contacto con la realidad. No es algo difícil, ya que en ese tipo de puestos las personas tratan a los gobernantes de otra forma. Finalmente, aparecieron asuntos de corrupción. El partido tuvo problemas y la gente, desencantada, terminó votando por otro candidato. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
La neurociencia enseña que el cerebro de los gobernantes cambia, que muchas veces se toman decisiones sin meditarlas de forma profunda y que uno puede terminar creyéndose imprescindible. Además, hay un problema añadido: los colaboradores más cercanos siempre van a persuadir a su jefe para permanecer más tiempo en el poder. Es la forma de mantener su puesto y su influencia.
Había una vez una persona que tenía un sueño: quería ser actor. Así, desde muy joven hizo lo posible para lograrlo. Sin embargo, la profesión es muy difícil. El 75% de los actores en España cobra unos sueldos ridículos, incluso existen personas dispuestas a realizarlo gratis (¿quién tiene más mérito, éstos actores o los que pasean por alfombras rojas?). No obstante, nuestro amigo perseveró. Un día, un ojeador que estaba viendo la función decidió contratarle ya que le gustó mucho su actuación. Y finalmente logró entrar en la rueda del cine y hacer películas hasta ganar un premio Goya. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Este tipo de cuentos sólo los escuchamos en boca de los ganadores. Y lo mismo vale para empresarios o personas que han salido del país en busca de un futuro mejor. Ocultan la realidad: la mayor parte de las personas no alcanzan esos sueños, ya que las barreras no son fáciles de superar. Es un problema educativo: nos preparan para triunfar y sólo vale el resultado, obviando que lo mejor está en el proceso, en saber que estamos haciendo lo que pensamos que tenemos que hacer.
Había una vez un oso que vivía en las zonas polares de Estados Unidos. Su vida es la típica de estos animales; en el verano se trata de buscar alimento, en el invierno toca hibernar a la espera de tiempo mejores. Es el ciclo de la vida que tan bien narró la estupenda película de Disney “El rey León”. No obstante, el verano parecía adelantarse. La temperatura y el medio ambiente no se adaptaban a sus hábitos naturales. El oso tuvo, pues, que cambiar su hábitat natural. Tuvo problemas de convivencia con otros animales, pero finalmente logró adaptarse y pese a todos estos avatares, hoy es un oso feliz. Colorín colorado, este cuento se ha acabado.
El cambio climático está generando cambios de hábitos en numerosos animales. Es preocupante que el nuevo presidente norteamericano (adicto a la televisión, alérgico a los libros) reitere la inexistencia del cambio climático. No hay mejor prueba para ello: muchos animales están cambiando sus hábitos de vida después de siglos repitiendo sus costumbres de siempre.
Había una vez una pareja que se enamoró cuando eran muy jóvenes. Sin embargo, la vida les dio caminos distintos. Sus ámbitos profesionales eran muy diferentes, él ingeniero, ella profesora. Además, la precaria situación laboral de su país hizo que él tuviese que emigrar. Pese a todo, el amor perduró. Por fortuna, encontraron una posibilidad de vivir juntos. Parecía, muy difícil, pero fructificó. Finalmente se casaron, fueron felices y comieron perdices. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Los cuentos de amor han idealizado la vida de pareja y han creado un triste patrón: inconscientemente, creemos que cuando llega el momento de la boda está todo hecho. Sin embargo, no es así. Es el comienzo. El amor se debe cuidar todos los días ya que cumple una curiosa propiedad: si no crece, decrece. Además, esta idealización nos hace pensar que todo amor debe ser correspondido. Y no es así. Cuando se da esa situación, simplemente podemos pensar que ese no es el amor que nos conviene. Sencillo pero muy complejo a la vez.
Había un niño que perdió sus padres en la guerra. No sabe si están muertos o se encuentran en los campamentos de refugiados en los que tantas personas que antes tenían una vida digna tristemente deambulan como zombis sin esperanza alguna. Al menos, unos tíos se hicieron cargo del pequeño. Pensaron que había una posibilidad: Europa. Era la mejor opción al precio que fuese. Así, los tíos embarcaron con el niño en una patera. Por desgracia, no pudieron llegar. Un temporal hizo volcar la embarcación y todos sus sueños yacen, desgraciadamente, en el fondo del mar. Y colorín colorado, este cuento no se ha acabado.

Expectativas.

¿Qué es más importante, lo que tenemos o lo que esperamos que podemos tener? Sin nos dan a elegir, ¿qué sensaciones tenemos? ¿Estamos buscando mantenernos o deseamos mejorar?
De todo ello tratan de las expectativas. Y sí, las expectativas importan mucho. Son de varios tipos y tal y como demostró el premio Nobel de Economía Robert Lucas, influyen de una forma fundamental incluso en el progreso de un país. Por eso existen índices basados en expectativas, como por ejemplo el índice de confianza de los consumidores o de los empresarios. Un buen indicador implica, para los primeros, que las personas están más dispuestas a ir de viaje o a cenar en un restaurante antes que disfrutar tranquilamente de la vida hogareña. Es decir, más movimiento económico. Para los empresarios eso supone una mayor inversión futura. Sea como fuere, nuestras creencias acerca del futuro influyen en el mismo de forma decisiva. Ya lo decía un asesor norteamericano del presidente George Bush: “a nosotros no nos preocupa el futuro. Lo creamos.” Eso sí, no crearon el mejor futuro posible para la zona de Irak tal y como era su pretensión.
Hay muchos tipos de expectativas. Las más simples son las que tenemos cuando vamos al cine o leemos un libro. Si nos dicen que “La la Land está genial y va a arrasar en la entrega de los Oscar” vamos a ver la película pensando que va a ser una maravilla y puede que salgamos decepcionados. Por otro lado, si nos dicen que un libro es malo pero tenemos curiosidad por el autor puede ser que al final nos parezca una delicia. Sí, es difícil abstraernos pero es aconsejable: cuando tenemos una recomendación de ese estilo lo mejor es ir con la intención de disfrutar de la experiencia. Lo mismo ocurre cuando vamos a comer a algún restaurante o a conocer un determinado país.
Más importantes son las expectativas acerca de nuestra vida futura. Son fundamentales en nuestro ánimo y espíritu. ¿Qué perspectivas tenemos? ¿Qué rango de población lo tiene peor? Por primera vez se comenta que los jóvenes pueden vivir peor que sus padres. Tiene lógica: la tasa de desempleo es preocupante. Los datos son irrefutables, y las estadísticas de los jóvenes sin estudios son desoladoras. El papel fundamental del Estado es garantizar una buena convivencia entre todas las personas que viven en el mismo. En este contexto es primordial preparar, mediante la educación, a la población para afrontar la vida futura creando valor que repercuta en el conjunto de toda la sociedad. Pero eso es un asunto que merece un análisis aparte.
Pensemos en movimientos como los del 15M. ¿Cuándo se generan? Se trata de una cuestión de expectativas: eran negativas. Pensemos en la corrupción. Se puede (no se debe) conllevar si el conjunto de la población tiene perspectivas positivas acerca de lo que les pueda venir. Pero en una situación como la actual ese no es el caso. Por esa razón es difícil aguantar tanto juicio.

Eso sí, merece la pena resaltar un aspecto curioso. Cada vez que aparece un nuevo caso de corrupción se tiene la sensación de que “ese es un asunto del pasado”, “que haya aflorado implica que los controles funcionan” y profundizando en esta argumentación, “es claro que ya no va a volver a pasar”. Sin embargo, no deja de surgir. Una y otra vez. Da que pensar acerca de la condición humana y de los incentivos que hacen que tantas personas caigan en el mismo saco. ¿Tan difícil es crear una estructura en la que sea humillante ser un corrupto?
Para comprender esta idea, pensemos en la educación y en el modelo anglosajón. En esos países los profesores se ausentan de los exámenes dejando a los alumnos solos. No copia nadie. ¿Cómo se explica? Muy fácil: si te cazan, has cometido un delito y posiblemente no puedan volver a estudiar en ninguna universidad. Por otro lado, los profesores indican en el currículum los congresos a los que han acudido sin justificante alguno. ¿Y si mienten? Su carrera académica ha terminado. Es una evidencia: las personas respondemos a incentivos.
Volviendo al 15M, estos movimientos se han generado por la sensación de que existe una clase “privilegiada” (no formada únicamente por políticos) que se está aprovechando de la situación. Hoy observamos, con preocupación, cómo muchas de las personas que iban a cambiarlo todo tenían el mismo objetivo: ingresar en esa clase privilegiada. ¿Y eso es debido a que en política sólo entra lo peor? No. Una vez más, es cuestión de incentivos. Unos hacen que salga siempre lo mejor del ser humano, otras que eso no ocurra.
Sea como fuere, las expectativas influyen en nuestra vida. Y sí, el Estado debe realizar políticas para mejorarlas. Pero también debe decir la verdad, para que así podamos crear, para nosotros mismos, nuestras mejores expectativas.
Feliz viaje hacia el futuro