Archivos mensuales: enero 2017

Desigualdades.

La palabra desigualdad está tristemente de moda. Muchos índices económicos nos alertan: los ricos son más ricos y los pobres, más pobres. ¿Es así? ¿Debemos preocuparnos? ¿La desigualdad es buena o es mala?

Para poder comprender a esta pregunta, debemos conocer los tipos de desigualdad. Delimitar un concepto con claridad permite afrontar con más exactitud un problema determinado.

La desigualdad de la riqueza o renta se calcula con el denominado “índice de Gini”, indicador que se encuentra entre 0 y 1. Un valor igual a cero indicaría un reparto perfecto: todas las personas tendrían la misma renta. Un valor igual a uno indicaría la situación más injusta posible: una persona sería propietaria de toda la renta.

En general, este indicador ha empeorado dentro de cada país, con lo cual sí, la desigualdad ha aumentado. No obstante, si comparamos países hay cierta convergencia. Eso quiere decir que en las economías emergentes las desigualdades se están acercando a los índices de otros países. Es algo lógico y empíricamente probado: en una economía abierta (habrá que estar atentos a la evolución de la fiebre proteccionista impulsada en Estados Unidos) los indicadores de los países tienden a parecerse. La idea es sencilla, los países ricos crecen, y los no ricos también lo hacen con una tasa de crecimiento mayor.

Así pues, hay una noticia buena y otra mala. Si comparamos países, la situación está mejorando. Si nos vamos dentro de cada país particular, la situación está empeorando. El Banco de España aportó unas cifras desoladoras. Entre el año 2.008 y el año 2.014, la riqueza de las familias ha pasado de 190.400 euros a 119.400 euros. Los menores de 35 años se han desplomado, pasando de 117.800 euros a 59.800 mientras que las personas entre 65 y 74 años han pasado de 517.200 euros a 439.600 euros. Sí, su riqueza ha disminuido, pero hay una diferencia fundamental: para los menores de 35 años la riqueza no deja de bajar mientras que para los mayores la bajada ya ha tocado fondo (en el año 2.011 estaba en 421.600 euros y a partir de ahí subió). ¿Cómo se explica? A partir de diferentes razones.

Primero, los mayores cobran más que los jóvenes debido a la antigüedad y a sus mejores condiciones en el trabajo. Eso ya genera una pequeña asimetría.

Segundo, muchos jóvenes están alquilados en casas de mayores (para vivir) o en bajeras (para desarrollar su propio negocio). Eso es una transferencia de riqueza de un lugar a otro. Y es que, ¿cuál es la clave de la competitividad en muchos de estos locales? El hecho de pagar el alquiler. En este caso, se trabaja primero para otro, después para uno mismo. En el caso de ser propietario,  lo que se trabaja es para uno mismo. Todo ello es consecuencia de la burbuja inmobiliaria, la cual ha creado una asimetría escandalosa en términos temporales. Los mayores necesitaron entre 10 y 15 años de tiempo para pagar la hipoteca. Los jóvenes, al menos 30.

Tercero, los mayores tienen inversiones en diferentes activos financieros, sobre todo bolsa y bonos del tesoro (o los tienen de forma directa o en fondos de inversión referenciados a los mismos). Estos activos generan renta adicional para los mayores. Los jóvenes no pueden permitirse este tipo de inversiones (bastante tienen con cubrir sus gastos) y además en cierta forma los financian (aunque hay otras posibilidades, el caso principal es la parte de impuestos que sirve para pagar intereses; es un dinero que no se les devuelve en forma de contraprestaciones públicas ya que va a parar a los poseedores de bonos del Estado).

Además, el caso de los paraísos fiscales es gravísimo. Dinero que podría mejorar las cada vez más escasas (respecto a las necesidades) prestaciones sociales se difumina.

Y eso sin olvidar que los jóvenes van a cobrar unas pensiones, en proporción al esfuerzo realizado, muy inferiores a la de los mayores. Así que tenemos un problema grave: mitigar en la medida de lo posible, esta injusticia entre generaciones. Las posibilidades son complejas y posiblemente deberían generar un debate más profundo.

Por otro lado, además de la desigualdad en renta o riqueza entre países y a la vez dentro de cada país hay otra fundamental, se debe valorar un derecho básico en cualquier sociedad de nuestro tiempo: la igualdad de oportunidades. ¿Todas las personas tienen la misma posibilidad de desarrollar sus talentos para que así el sistema de mercado les recompense en relación al valor que  pueden generar? ¿O influye más un amigo o un “enchufe” adecuado?

Aunque en teoría todos tenemos las mismas opciones, hay mucho camino por recorrer. Basta ver cómo funciona el “ascensor social”: cada vez es más difícil pasar de una clase social a otra.

La desigualdad en renta es buena para incentivarnos a sacarnos lo mejor de nosotros mismos. Pero cuando se percibe desigualdad de oportunidades o se observan situaciones injustas, el equilibrio social puede tambalearse.

Ideologías, ideas.

Ideologías, ideas.

 

Es curioso: en los últimos tiempos, medios de derechas están preocupados ya que a su juicio, la derecha está girando a la izquierda. A su vez, medios de izquierdas están preocupados por la misma razón: a su juicio, la izquierda está girando hacia la derecha.

¿Quién tiene razón? Los dos. Hoy en día, las diferencias entre uno y otro bloque son minúsculas. Es más; el voto cada vez viene menos significado por la ideología. Existen otras controversias, de las cuales la más relevante es la siguiente: ¿queremos el país más proteccionista o más abierto? En el primer caso, protegeremos la industria del país y se crean barreras al intercambio de bienes y servicios. Estas barreras se acentúan en el caso de las personas: aumentan las trabas legales para conseguir un contrato de trabajo o se añaden más requisitos para lograr ayudas del Estado (en Francia, por ejemplo, Marine Le Pen desea que algunos inmigrantes paguen por acudir a la escuela pública).

En la batalla electoral entre apertura o proteccionismo, los segundos van ganando. La mejor prueba de ello viene dada por el referéndum del Brexit o por la reciente victoria electoral de Donald Trump en Estados Unidos con el lema “América para los americanos”.

Entonces, ¿han quedado atrás las ideologías anteriores? Para contestar a esta pregunta debemos definir qué es ideología. Ian Morris, unos de los historiadoress más reputados a nivel mundial, define la ideología como “un montón de mentiras de las que alguien se beneficia” aunque matiza, “eso no sucede demasiado tiempo, porque el sentido común es una herramienta muy potente para revelar lo que será más útil en las condiciones materiales en las que nos encontramos” (de su libro “Cazadores, incentivos y carbón”). Podemos adoptar su enfoque como correcto debido a una razón: no ha existido una ideología que se haya demostrado válida a lo largo de toda la historia. ¿Por qué? Muy sencillo: la evolución. En cada época las relaciones sociales, los pensamientos o los valores se han ido adaptando a los avances culturales y tecnológicos. Y siempre será así. Es decir, necesitamos ideas, no ideologías. Sólo así logramos salir del marco mental que impide una visión más abierta y amplificada del mundo que nos rodea. No obstante, podemos estar seguros de que vamos a seguir oyendo el siguiente mensaje desde cada lado: para la izquierda, “la derecha protege las élites creando un capitalismo de amiguetes” y para la derecha, “la izquierda ofrece soluciones imposibles o populistas ya que los recursos son los que son, están muy limitados”. Normal: precisamente, viven de ese enfrentamiento.

Cuando se habla de ideas se debe predicar con el ejemplo, con lo cual se plantea un reto interesante: ¿en qué ideas estarían de acuerdo todos los partidos políticos? Más aún y para hacer la pregunta todavía más adecuada: ¿en qué ideas estarían de acuerdo todos los votantes de todos los partidos políticos?

Vamos con ello.

Uno, proponer una ley en la cual se proteja a los “chivatos”  que descubran casos de corrupción. Esta ley ya existe para evitar abusos en empresas que tienen la fuerza necesaria para pactar precios altos: la empresa “chivata” no recibe sanción económica.

Dos, estudiar los desajustes existentes entre oferta y demanda que impiden el desarrollo de mercados en los que existen agentes que desean comprar y agentes que desean vender. Por ejemplo, las adopciones.

Tres, ley de transparencia integral. Todos los contribuyentes de un ayuntamiento, comunidad o país tendrán derecho a ver las cuentas públicas hasta el último euro. Además, se debería informar de todas las reuniones que tengan las autoridades con grupos de interés que puedan condicionar una decisión jurídica.

Cuatro, potenciar en la educación aspectos olvidados como por ejemplo los primeros auxilios, la nutrición o el equilibrio mental y emocional. Además es bueno que, desde niños, seamos conscientes de las consecuencias que tiene el consumo de las drogas, el tabaco o el alcohol.

Cinco, crear la figura del asistente económico (se pueden realizar muchas actividades) como complemento del asistente social. Pueden ser voluntarios o empresarios que por una mínima compensación monetaria deseen ayudar así a su comunidad.

Seis, crear la figura del diputado a media jornada de forma que la entrada en la política no rompa una carrera profesional. En el Congreso de los Diputados los funcionarios o abogados tienen una representación excesiva; lo contrario ocurre con los empresarios. Además, en los puestos de responsabilidad parte del salario debería estar ligado a la consecución de objetivos (Singapur).

Siete, crear un ministerio del futuro que se dedique a gestionar problemas que puedan surgir a medio y largo plazo. Deben ser personas independientes que realicen informes públicos no vinculantes (esta figura existe en Suecia o Gales).

Ocho, crear un organismo público-privado que se preocupe por velar por las veracidad de las noticias. En la era de la postverdad es algo fundamental (este organismo existe en….sí, en Suecia).

Ideas, ideas, ideas.

No existe otra forma de evolucionar.

Javier Otazu Ojer.

www.asociacionkatos.com

100.000 horas

100.000 horas.

 

¿Cuánto tiempo tenemos para maximizar las oportunidades que nos da la vida? Vamos a hacer números, los cuales serán subjetivos y aproximados. Es decir, van a ser unas estimaciones temporales.

Se considera que a los 15 años los niños pasan a ser adolescentes. Hasta esa edad, la vida está muy dirigida: clase, deberes, actividades extraescolares y familia. A partir de entonces, se comienza a salir con amigos y la independencia es cada vez mayor. Hay, la adolescencia. Como se dice, “la naturaleza nos da quince años para coger cariño a los hijos, justo antes de que se vuelvan adolescentes”. Por supuesto, esta edad es una referencia: hay personas que a los 50 años todavía siguen siendo adolescentes, o al menos se comportan como si lo fueran.

Desde esta perspectiva, podemos considerar que se tiene una vida plena hasta los 80 años. Hoy en día se considera ese límite como la entrada en la “cuarta edad”, ya que entre los 65 y los 80 años todavía la salud se mantiene muy bien. Eso sí, insisto en que esta edad es una referencia: también existen personas que a los 50 años han entrado en la cuarta edad. Por otro lado, uno de los alumnos más jóvenes en ilusión y con ganas de trabajar que conozco, Ramiro, tiene 92 años. Hecho el matiz, se considera como referencia válida los 80 años.

No obstante, nuestra vida sigue siendo muy mecanizada. Dormir, trabajo, familia, actividades fisiológicas (comer, asearnos o ir a hacer la compra necesaria para satisfacer nuestras necesidades humanas) nos ocupan mucho tiempo. Si tenemos 8 horas para dormir, 8 para trabajar, 2 para actividades fisiológicas y 2 para fricciones (definidas como tiempo de traslado y semejantes, por ejemplo, papeleos o aspectos burocráticos: lo que denominamos popularmente “recados”) nos quedan 4 horas diarias. En ese rato podemos decidir lo que más nos gusta: meditación, hacer deporte, ver un culebrón por la televisión, navegar por Internet o pintar un cuadro…aquí es donde nuestras posibilidades son ilimitadas.

En definitiva, ¿cuánto tiempo tenemos? Si multiplicamos 65 años por 365 días al año por 4 horas al día nos salen un total de 94.900 horas; redondeando, 100.000 horas. ¿Cómo aprovecharlas?

Antes de contestar a esa pregunta, debemos hacer un ajuste importantísimo: no se puede menospreciar el resto del tiempo. La palabra trabajo viene de trepalium, (máquina de tortura) y en la medida de lo posible y si tenemos esa posibilidad, es obvio que debemos orientar el trabajo hacia una actividad que nos proporcione desarrollo personal.

 

Sí, es más fácil decirlo que hacerlo: todos sabemos cómo se encuentra el mercado laboral (a nivel teórico, la tasa de paro estructural en España, es decir, la que debería existir con todos los recursos de capital y humanos existentes, es del 16%) y muchas personas no tienen las oportunidades que merecen. Pero la idea es relevante; no se trata de trabajar para vivir.  Se trata de generar valor en la sociedad mediante una actividad que me genera una gratificación interna (desarrollo personal) y otra externa (salario).

Respecto del resto de actividades, aunque no sean tan importantes, lo adecuado es tomarlas con un mínimo de ilusión. Al fin y al cabo, son la base de todo lo que nos va a llenar en el futuro. Por ejemplo, si nos alimentamos desordenadamente o conducimos el coche de mal humor agobiados por los atascos, los primeros perjudicados somos nosotros mismos. Así que está claro: mejor tomarse estas cosas con humor.

Volvemos a las 100.000 horas. ¿Qué hacer? Cada uno tiene su propia respuesta, pero sea la que sea, nos deben llevar a un equilibrio basado en 5 pilares. Son los siguientes: equilibrio físico, emocional, social, intelectual y espiritual. Desde luego, es útil elegir una u otra opción según nuestras prioridades. Existen personas a las que no les importa alguno de estos aspectos y los abandonan. Esa idea es válida, siempre y cuando no nos sintamos mal por hacerlo. No es lo mismo pensar “debería leer más” y sentirnos culpables por ello que pensar “leer no es una prioridad; prefiero cuidarme y tener una vida social amplia”. En el primer caso no estamos siendo consistentes con nuestros actos y nuestros pensamientos, en el segundo sí.

En toda esta historia temporal debemos tener en cuenta la diferencia entre experiencia vivida y experiencia recordada. Son dos percepciones que tenemos de una misma realidad. Sobrevaloramos la experiencia vivida ya que no tenemos en cuenta la incertidumbre del momento, y cuando miramos hacia el pasado tenemos el enfoque “experiencia recordada”, con lo cual pensamos que fue una maravilla. Una actividad desagradable, en retrospectiva, no nos parece tan mala. Como siempre, es cuestión de buscar  un equilibrio.

No obstante, merece la pena terminar, como orientación, con una cita de Charles Dickens: “nunca hubiera podido hacer lo que hice sin los hábitos de la puntualidad, el orden y la diligencia o sin la determinación de concentrarme en un solo tema a la vez”.

Javier Otazu Ojer.

www.asociacionkratos.com

La burbuja.

La burbuja.

 

Una burbuja es una simple pompa de jabón que todos hemos conocido jugando de niños. Sin embargo, pocas palabras hay que nos permitan tantas aplicaciones diferentes.

Sin duda, la expresión más usada de burbuja es para términos económicos. El caso estándar es el inmobiliario: los precios de los pisos van subiendo, subiendo y subiendo sin parar hasta que  todos los agentes económicos creen que continuarán haciéndolo de forma indefinida y actúan en consecuencia. Es decir, todos a comprar.

Sin embargo, en un momento dado se da uno de estos dos supuestos: o alguien decide comenzar a vender y los demás le siguen o simplemente ya no se puede comprar. Siempre habrá personas que hayan adquirido su inmueble  para especular y en consecuencia querrán venderlo cuanto antes para tener la mayor ganancia posible. No obstante, se crea una estampida en la que el sistema se colapsa quedando finalmente unos precios ridículos dejando una serie de ganadores (unos pocos) y perdedores (la mayoría).

No todas las burbujas son inmobiliarias, hay múltiples posibilidades. La estándar, después de la inmobiliaria, es la de la bolsa: ¿quién no recuerda el hundimiento de la acción de Terra hace unos años cuando todo el mundo no hacía más que comprar acciones correspondientes a todas las empresas asociadas a la tecnología? Hay otras burbujas menos comentadas, como la de las bodegas. En su época muchos famosos invertían en el suculento mercado del vino y muchos fueron detrás. Hubo un estallido que no fue tan mediático como otros e incluso hoy en día existen bodegas  abandonadas.

¿Corremos hoy el riesgo de estar sufriendo alguna burbuja? Aunque a nivel de negocio no está claro, a nivel monetario el Banco Central Europeo no deja de introducir dinero en el sistema, comprando diferentes activos financieros y destacando entre ellos el de la deuda de los países. Esto conlleva dos riesgos. Primero, los Estados tienen incentivos a endeudarse a gran escala ya que los tipos de interés asociados a la deuda son muy bajos. De esta forma, no se hacen las reformas estructurales necesarias en las economías y los países se acostumbran, en terminología del economista Daniel Lacalle, al “gas de la risa monetario”. Por otro lado, existe un riesgo de alta inflación para el futuro.  Es algo lógico y sencillo: si en un sistema económico introducimos más y más dinero, tarde o temprano los precios suben.  Sin duda, la burbuja monetaria es un asunto peliagudo.

No obstante, hay más burbujas posibles. Una es la que tenemos nosotros mismos dentro de nuestro microcosmos. Paul Krugman, premio Nobel de Economía, se preguntaba cómo era posible (pese al espinoso asunto de la interferencia rusa) no haber visto que Donald Trump iba a ganar las elecciones. Y su contestación sobresaltaba por la lógica y humildad: él se encontraba en su burbuja y no había podido ver más allá de su ámbito intelectual.

 

 

Pues bien, tiene razón. Se trata de bajar “a la calle”, de trabajar a pie de campo. No es algo habitual: todos vivimos dentro de nuestro mundo particular. Ese problema que con razón se ha achacado a los políticos (más preocupados por sus batallas internas que por las ideas que puedan generar las políticas adecuadas para mejorar la vida de la población a la que representan) lo tenemos nosotros mismos. Es decir, vemos la realidad desde nuestra perspectiva. Desde nuestra burbuja. Cuesta mucho salir de ella: es nuestra zona de seguridad y  confort.

Los ejemplos abundan. Personas bien colocadas argumentan que los parados “no se esfuerzan lo suficiente” por encontrar trabajo. Los profesores dicen que “los alumnos están más pendientes del móvil que de aprender, siempre quieren hacer el mínimo esfuerzo”. Sin embargo, para los alumnos “los profesores no se preocupan de que nuestra formación sea la mejor”. Para los empresarios, “los trabajadores sólo desean ganar su sueldo e irse a su casa”. Para los trabajadores, “el empresario sólo desea ganar el mayor dinero posible sin pensar en nuestras condiciones laborales”.

Como las personas de un ámbito tienden a juntarse con personas de su mismo contexto sus opiniones se hacen más sólidas y las posibilidades de conflicto futuro son mayores. Normal: nos gusta acudir a las personas que piensan como nosotros para reafirmarnos de nuestras creencias e ideas.

Salir de nuestra burbuja sirve para  tener más empatía con los demás, estimula nuestra imaginación y además nos permite comprender cómo actuamos nosotros mismos. No somos tan diferentes: simplemente, todos respondemos a incentivos.

Hay más burbujas, aunque me preocupa mucho una. Se encuentra sola y abandonada, y si no se cuida va a estallar sin remedio. Para ello, se deben buscar mecanismos para que pueda mantenerse fuerte y vigorosa ya que se su estado actual es muy delicado.

Se llama Tierra, y gira alrededor de una cosa grande y amarilla en medio de un inmenso océano cósmico.

 

Javier Otazu Ojer.

Inconsistencia temporal.

Inconsistencia temporal.

 

Año nuevo, costumbres viejas.

En una época de nuevos proyectos y expectativas, un peligro acecha sobre el cumplimiento de nuestros objetivos: es la denominada inconsistencia temporal. Este concepto se da cuando existen desajustes entre nuestros objetivos  y las actitudes o actividades que nos conducen a ellas a lo largo del tiempo.

Dice la sabiduría popular que el hombre es un animal de costumbres, y pocos dichos son tan acertados. La mejor forma de predecir cómo le va a ir a una persona es observar cómo le ha ido en el pasado. Claro que no es un método infalible, pero es el más adecuado. Ya se sabe: una cosa es lo que decimos, otra lo que hacemos. Y lo peor de todo es que muchas veces no somos conscientes de esa inconsistencia. Por ejemplo, pensamos que comemos mejor de lo que realmente comemos, ya que las pocas (o muchas) veces que caemos en alguna tentación no nos parece algo digno de ser tenido en cuenta. Y no se trata de una falsedad a sabiendas: lo que ocurre es que lo olvidamos. El cerebro es selectivo, y eso no es culpa nuestra, aunque es algo que se puede modular. Simplemente, es biología.

Todo esto nos lleva a predecir mal nuestro futuro. Las empresas lo saben, y aquellas que se dedican a la salud (dietas, gimnasios o semejantes) ofrecen atractivas ofertas para disfrutar de sus servicios durante largo tiempo. Hacen bien. Los que nos confundimos somos nosotros, que posteriormente no cumplimos lo que teníamos previsto.

Esta es la idea de la inconsistencia temporal aplicada a nosotros mismos. Bueno es conocerla para ser conscientes de las dificultades que van a acompañar a nuestros retos. En todo caso, también existe la inconsistencia temporal aplicada a la economía. Se da cuando dos agentes acuerdan un trato pero uno de los dos puede incumplir el acuerdo sin que ello le reporte una gran penalización. Para comprender la idea valoremos tres niveles diferentes.

El primer nivel es teórico. Supongamos que una persona  secuestra a otra y ambas intentan acordar un trato. La persona secuestrada le dice a su captor que si le libera no dirá su nombre y le pagará cierta cantidad de dinero. Una vez la persona capturada retorne a la libertad,  puede no cumplir lo acordado. Sí, se arriesga a una represalia. Pero está mejor que antes, y además, a nivel jurídico el secuestrador no tiene mucho que exigir. Esa es la clave por la que se realizan los contratos de compra y venta: el ticket de compra suele ser  la garantía que tenemos para saber que el vendedor cumplirá su trato.

Pasamos a otro nivel, hasta alcanzar el mercado del amor. Desde el punto de vista económico, este mercado tiene su oferta y su demanda. Las personas guapas o bien situadas socialmente tienden a juntarse entre sí (por cierto, con la crisis esta tendencia se ha acentuado). Por acudir a un estereotipo habitual, si vemos un hombre de 60 años desarrapado con una chica de 40 años muy atractiva, es difícil que el primero esté en ruinas y  sin trabajo y por otro lado la mujer  sea una empresaria de élite con millones en su cuenta bancaria. El amor es ciego, pero alguna miradita al bolsillo siempre echa.

En el mercado del amor  la inconsistencia temporal campa a sus anchas. Por seguir con estereotipos, el hombre puede prometer “salir menos” y la mujer “comprar con cabeza” cuanto estén casados que firmado el contrato matrimonial, no es tan difícil incumplir lo prometido. Las excusas sobran.

El mercado del trabajo también tiene inconsistencia temporal. Está más regulado a nivel jurídico que el mercado del amor, pero las dos partes pueden fallar. El empresario puede solicitar horas extras por “imprevistos” y el trabajador puede estar enganchado al móvil y no esforzarse lo acordado.  Desde el punto de vista económico el mercado del amor y el del trabajo son muy parecidos (de hecho, las webs que se usan para buscar parejas o trabajo utilizan algoritmos muy semejantes).

Ahora toca llegar al tercer nivel. ¿Qué será, será?

Bienvenidos al mercado de la política. Un mercado donde la inconsistencia temporal es gigantesca. El único mercado en el que se puede incumplir ¡¡¡todo lo prometido!!! Basta una frase: “es la herencia recibida, yo no lo sabía”.

Pues bien, esto genera unos problemas sociales gravísimos. Debido a eso, la mentira es válida. El insulto es atractivo. Se puede tergiversar la realidad como se desee, ya que el relato y la apariencia es lo que cuenta, no los problemas reales que tenemos y cómo afrontarlos.

¿Existen opciones para arreglar este problema? Claro que sí: orientar salarios a resultados económicos penalizando los  fracasos o testar mediante organismos independientes el número de mentiras realizados en conferencias de prensa serían posibilidades atractivas.

Y es que es inconsistente que en uno de los mercados que más nos afecta haya tanta inconsistencia temporal.

Javier Otazu Ojer.

Fiscalidad y fama.

Fiscalidad y fama.

 

Todos los partidos políticos, sin excepción de su ideología, tienen como objetivo primordial antes de las elecciones reducir el fraude fiscal. Sin embargo, nadie lo hace. ¿Cómo se explica? La intuición es muy sencilla: aquellos que tienen mucho dinero tienen los contactos necesarios para poder defraudar las cantidades que deseen. Así, no importan los esfuerzos de los gobiernos. Siempre habrá algún “agujero” por el que podremos evitar el pago de impuestos con lo que se podrá desviar el dinero a lugares en los que la imposición sea más baja. Desde este enfoque, la única solución a este problema es suprimir los paraísos fiscales.

 

Además las palabras son muy delicadas, ya que debemos tener mucho cuidado con una doble clasificación. Una operación financiera puede ser legal o ilegal. La idea es obvia, en el primer caso dicha operación está amparada por la ley, en el segundo no. Por otro lado, una operación financiera puede ser moral o inmoral. Ni todas las operaciones legales son morales, ni todas las ilegales son inmorales, aunque en general lo sean. Además, mientras que la ley está clara (aunque existen márgenes en los que está sujeta a interpretaciones de los jueces) lo que es moral o inmoral no es evidente. Existen personas que deciden desviar su dinero a paraísos fiscales ya que su lugar de residencia lo consideran un “infierno fiscal”. Por lo tanto, desde su punto de vista su operación es moral. También existen casos en los que se intenta pagar la menor cantidad de impuestos posibles, aunque se pueda considerar inmoral no aportar riqueza a la sociedad en la que vives. Es una definición curiosa de comunismo: “lo mío para mí, lo de los demás a repartir”. Al fin y al cabo, estas personas disfrutan de servicios públicos sufragados por toda la sociedad con un principio inexcusable: contribuir según la renta personal.

 

En definitiva, tenemos un primer problema: no es fácil cohesionar las palabras y los hechos.

 

Sin embargo, hay un problema más grave. El trato de la sociedad y de los jueces al presunto defraudador. Sin duda, ha existido una mayor indulgencia con Messi o Ronaldo antes que con Urdangarín o Imanol Arias. ¿Cómo se explica?

 

Los primeros (que han demostrado una falta de ejemplaridad preocupante) son depositarios de los sueños y alegrías de millones de personas. Ya no creemos en los Reyes Magos: creemos en los futbolistas, aunque sepamos que el fútbol es un negocio del que unos pocos se aprovechan a costa de los sentimientos de los demás. Para comprender esa idea, bastan dos ejemplos. Primer ejemplo, la barbaridad que supone hacer un mundial de fútbol en Qatar. Además, igual de demencial es jugar en el invierno suspendiendo los campeonatos nacionales que hacerlo en verano a una temperatura asfixiante. Pero todavía hay algo peor: la gran cantidad de personas que han muerto (muchos son inmigrantes sin derechos) montando los campos de fútbol en unas condiciones laborales calamitosas. Segundo ejemplo: que juegue en la Champions League un equipo de Kazajistán, país incrustado en el centro de Asia. ¿Tendrá que ver algo que el país (una dictadura liderada por Nursultán Nazarbayev) nade en gas y petróleo?

 

 

 

 

 

Respecto a Urdangarín o Imanol Arias, diremos que en el primer caso la indignación puede ser razonable: parece que se aprovechó de su puesto para hacer negocios. En el segundo, sin embargo, las críticas han sido enormes. Posiblemente sean justas, pero la diferencia de trato mediático es preocupante. Tiene sentido que los periodistas deportivos sean más indulgentes con los futbolistas de élite: en cierta forma viven de ellos, y son difícilmente sustituibles. Sin embargo, si cambiamos de actor y una película o serie televisiva es muy buena el espectáculo no se resiente tanto. Por eso las críticas en unos y otros casos tienen una magnitud diferente, aunque el hecho sea el mismo.

 

Por último, está el trato judicial. Causa especial estupor el caso de la familia Pujol: incluso noticias recientes comentaban que sus “negocios” seguían funcionando viento en popa. ¿Cómo se puede permitir eso? ¿Cómo se explica esa indolencia judicial? Sí, la justicia es igual para todos, pero debe cumplirse una condición especial: ser de la misma familia.

 

En definitiva, podemos concluir así:

 

Primero, no tiene sentido admirar a una persona como tal por jugar bien a fútbol o ser buen actor. Se puede admirar su juego o su interpretación, pero de ahí a generalizar, pues como que no. No es bueno ni para ellos ni para la sociedad.

 

Segundo, el trato mediático de unos casos y otros es diferente. ¿Son fácilmente sustituibles? Palos y más palos.¿No lo son? Indulgencia y comprensión.

 

Tercero; una cosa es lo que es, otra lo que debe ser. Y no, la justicia no es igual para todos.

 

Javier Otazu Ojer.