Archivos mensuales: noviembre 2016

Educación vial.

(A la memoria de Ana María Elizari, fallecida al cruzar un paso de cebra).

Una y otra vez se repiten diferentes campañas de Tráfico para concienciar a las personas lo importante que es tener la mayor prudencia posible al volante. Se puede llamar la atención sobre el hecho de llevar el cinturón de seguridad, no conducir bajo los efectos de las drogas ni del alcohol o alcanzar  velocidad excesiva entre otras posibilidades. Sin embargo, los accidentes se repiten. Y de pocos de ellos no se pronuncia la siguiente frase: “fue de la forma más tonta”. ¿Qué se puede hacer para minorar el número de accidentes? ¿Quién es el máximo responsable de los mismos?

Aunque ningún coche se libra de tener un fallo mecánico, comenzamos por una evidencia: los principales responsables somos nosotros mismos. Conducir un coche es algo muy serio. Un mínimo despiste nos puede acompañar de por vida. Sí, es un coste inmenso.

Quizás la primera causa de accidente sea el exceso de confianza. El 90% de los conductores piensa que conduce mejor que la media (lo admito, me incluyo). Pensar que somos muy buenos nos hace bajar la guardia y de esa forma somos más vulnerables. A menudo razonamos así: “cómo ha podido ocurrirle eso, si era experto”. Y la argumentación real muchas veces es la contraria: alguien se ha accidentado precisamente por ser experto. Los conductores noveles o las personas que no se sienten seguras al volante extreman su cuidado para minorar el riesgo de accidentes.

No se pueden minusvalorar los despistes que podemos tener debidos al teléfono móvil. ¿Quién no aprovecha un semáforo rojo para consultar el whatsapp? Y eso si no se consulta al conducir, claro está. Aunque no tenga sentido alguno buscar el móvil que se ha caído por el suelo o sacar fotos mientras conducimos, lo hacemos. Sin duda, los teléfonos móviles inteligentes han logrado que disminuya nuestra inteligencia al conducir.

¿Y el papel de la administración? Tiene aspectos positivos y aspectos mejorables.

De la misma forma que nosotros somos responsables del estado mecánico de nuestro coche, la administración lo es del estado de las carreteras. Y pocas críticas se han realizado al vial por el que circulamos, con lo cual lo podemos considerar como bueno.

También se hacen campañas a partir de los medios de comunicación que sirven para que algunas personas extremen su cuidado. Y ojo, no se trata sólo de pensar en conductores. Los peatones también tienen su responsabilidad vial. No obstante, la gran cantidad de dinero que se gasta en estas campañas genera controversias. Eso es normal. Sin embargo, existen unos mecanismos de coerción que son más que dudosos. Vamos a evaluarlos.

 

 

 

Uno, los radares en las autovías. Se dan dos absurdos. Primero, se indican dónde están. No tiene lógica alguna: eso hace que muchos conductores (en especial los que disfrutan de detector) se dediquen a frenar cuando llegar al radar y asunto arreglado. Segundo, existen autovías en las que las velocidades no dejan de cambiar conforme conducimos en ellas. Claro que debe disminuir la velocidad en salidas o en curvas peligrosas, pero a veces da la sensación de que tanta variación se usa para “cazar” multas. La solución es muy sencilla: radares al azar, más uniformidad de velocidad en las vías.

Dos, el tema de la zona azul. Es sangrante y deplorable. Personas que estaban viendo conciertos en sanfermines salían de los mismos a la noche y veían, para su desesperación, que no tenían coche. Y lo mismo ocurre en la zona hospitalaria. O si alguien está realizando una tarea que por diferentes imprevistos se retrasa puede ocurrir que tenga que recoger su coche en el depósito destinado a tal fin y  además le toque pagar la multa correspondiente. El castigo es desorbitado. Y tiene una solución muy sencilla: el coche se deja en su sitio y se paga una multa. Si el afectado se niega a pagarla, se añade dicha multa con un recargo al impuesto de circulación. Si sigue sin pagarla, se le retira el permiso de circulación. Y si es reincidente y ha sido multado en otra ocasión, sí, que la grúa se lleve su coche.

Tres, existen otros castigos que son minúsculos para el riesgo que conllevan. Por ejemplo, coches que aparcan en fila doble y atascan la circulación,  saltarse un paso de cebra dejando al peatón temblando a  pie de calle o   adelantamientos arriesgados en carreteras nacionales podrían tener sanciones mucho más altas. Además, es justo que así sea ya que se ponen en riesgo otras vidas. Y existen posibilidades: cámaras ocultas en pasos de cebra al azar o uso de drones. Una premisa se debe cumplir siempre: si la probabilidad de cazar a un infractor es baja y el riesgo potencial muy alto la única forma de evitar estos hechos es con castigos severos.

Por último, estas afirmaciones no pretenden ser verdades absolutas.

Simplemente se trata de profundizar un poco en el debate.

Buen viaje.

Javier Otazu Ojer.

El médico y el charlatán.

Una persona tiene una enfermedad grave y no sabe lo que es. Como siempre que un ser humano no está sano, necesita un diagnóstico y una terapia adecuada para curarse. Además, pagará generosamente a quien pueda curarle. Dos personas acuden para realizar esa labor. La primera es un médico de reputación internacional. La segunda, un charlatán. Por supuesto, el enfermo no tiene la información suficiente para distinguir uno de otro. En consecuencia, la única posibilidad que tiene es deducir, a partir del discurso de cada uno, cuál es el médico adecuado. ¿A quién elegiría?

El médico le puede contar con exactitud a qué se deben las causas de su enfermedad, cuáles son los síntomas de la misma y las posibilidades de curación existentes, cada una de ellas de con sus correspondientes efectos secundarios. Es posible que con los tecnicismos usados el paciente no comprenda muy bien la explicación, pero desde el punto de vista del médico eso no es grave: lo importante es curarle bien. Por otro lado, el charlatán dará una explicación sencilla de la enfermedad, buscará un remedio simple y con una gran persuasión sabrá cómo convencer a nuestro enfermo para curarle. Además, tiene una ventaja: si el enfermo no se cura, no pasa nada. Va a cobrar su dinero igual y además no tiene que asumir ninguna responsabilidad por sus errores.

En estas condiciones, la normal es que  el enfermo tome partido por el charlatán.

Es claro que en el mundo de hoy la persona enferma son las sociedades actuales, las dos personas son los políticos. Entre los políticos, el charlatán sería el populista  y el médico, si se puede llamar así, el político tradicional. Cada uno tiene una receta diferente. El primero promete un futuro maravilloso, el segundo un futuro un poco mejor.  El pago es conceder el poder y todo lo que ello conlleva.

Gran Bretaña eligió salir de la Unión Europea después de un referéndum creado por la irresponsabilidad histórica del ya dimitido David Cameron. ¿Qué era mejor para los ingleses y para los europeos? Según los análisis de la mayor parte de los economistas, intelectuales, expertos o políticos quedarse. Basta analizar la evidencia empírica: los países que han formado bloques comerciales con unas reglas razonables siempre han mejorado a medio y largo plazo, aunque inevitablemente haya habido perdedores entre los diferentes agentes económicos (la clave, siempre, es buscar mecanismos de compensación). ¿Qué ha ocurrido? Han ganado los charlatanes, y eso ya está teniendo unos efectos preocupantes en la arquitectura europea. Y no se trata de valorar sólo los efectos económicos, no. Se trata de pensar hacia dónde pueden ir las nuevas campañas electorales.

Estados Unidos ha elegido a Donald Trump como nuevo presidente. Es el charlatán de la historia. ¿Hará todo lo que prometió? Claro que no. En primer lugar, los padres fundadores de la Constitución norteamericana crearon varios contrapesos para limitar el poder del presidente y evitar así caer en situaciones dictatoriales. En segundo lugar, muchas de sus promesas electorales, como tantas otras veces, son mentiras a sabiendas. Es normal mentir: el coste de hacerlo es nulo, el beneficio es enorme.  La presidencia del gobierno.

Una de las razones por las que se dan estos resultados es simple: las políticas habituales no han cubierto las demandas de los ciudadanos. Eso es debido a dos factores.

Primero, bajada del peso de los Estados. Cuando la economía iba bien los ingresos públicos subían; en consecuencia, los gastos públicos también. Cuando la economía se enfrió los ingresos comenzaron a bajar, y como muchos gastos públicos son rígidos (es decir, una vez comprometidos son difíciles de reducir en el tiempo; por ejemplo, la contratación de funcionarios) las cuentas ya no cuadran. Además, las necesidades sociales aumentan: más esperanza de vida y más personas en paro implican más gasto. Consecuencia, existe poco presupuesto de libre disposición.

Segundo, reequilibrio de poder. ¿Quién es más fuerte, el gobierno de Portugal o Google? ¿Holanda o Amazon? ¿Polonia o Facebook? ¿Austria o Apple? Y eso por no hablar del Banco Central Europeo (BCE) o el Fondo Monetario Internacional (FMI). Pues bien, aquí encontramos la cuestión fundamental: como regular estas relaciones económicas para evitar desequilibrios sociales, demográficos y medioambientales.

Para acometer estos desafíos, se necesitan instituciones globales ya que vivimos un único país: nuestro planeta. Sin embargo, vamos al revés. Lo lógico sería desarrollar mecanismos que permitan acoplarnos globalmente al mundo de hoy. El mejor ejemplo es la Organización Mundial de la Salud, OMS. Nadie le tose ya que no hay ningún incentivo para ello; además, sería absurdo no coordinarse entre países para evitar una pandemia global.

Por desgracia, no vamos por ese lado. Los países se están volviendo más proteccionistas y a la vez, los populismos ganan terreno.

Todo esto no presagia nada bueno.

Pensiones.

Pensiones.

Uno de los debates de los últimos días viene dado por  la evolución de la población en nuestro país y por la caída del fondo de reserva de la Seguridad Social, conocido popularmente como la “hucha de las pensiones”. Ambos hechos nos llevan, como tantas otras veces, a valorar el sistema público de pensiones. ¿Es viable? Si no lo es, ¿qué medidas económicas se pueden aplicar para que lo sea?

La primera idea que se debe comprender es que el sistema de pensiones es un fondo de reparto. Eso quiere decir que las cotizaciones de los trabajadores a la Seguridad Social, la cual son parte de su nómina bruta, son las que se usan para pagar las pensiones de las personas que están jubiladas. Por supuesto, habría que hacer algún matiz acerca de los tipos de pensiones (contributivas, no contributivas) y la posibilidad de que tengan otro tipo de financiación, pero la idea de fondo es esa. Sin embargo, aquí comienzan los problemas. Como con el conjunto de las cotizaciones no se pueden cubrir el total del gasto de pensiones debemos acudir al fondo de reserva, a la “hucha”. Aunque ahora parezca mentira, en un tiempo no tan lejano las cotizaciones sociales eran mayores que las pensiones a pagar. Eso permitió crear un fondo para cuando llegase la época de las “vacas flacas”. Este fondo alcanzó su máximo nivel en el año 2.009, con 70.000 millones de euros. Según las cuentas del Banco de España, en junio de este año ya sólo quedaban 16.289 millones de euros. Sin duda, esta diferencia de cifras ilustra la magnitud del problema.

Como segunda idea está la evolución de la población, en la cual llaman la atención dos aspectos: el aumento de la esperanza de vida y el hecho de que las defunciones van a superar a los nacimientos. Para ilustrar estos hechos, acudimos a dos datos. Este año, en España aproximadamente 700.000 personas cumplen 50 años. De todas ellas, se estima que la mitad llegará a los 100 años. Segundo, el nivel de la tasa de dependencia, un indicador estadístico que se calcula dividiendo la población dependiente entre la población productiva. Actualmente está en el 53,3%. Se estima que en el año 2.031 será del 62,2% y en el dentro de 50 años alcanzará el 87,6%.

Es indudable que las estimaciones, estimaciones son. Y para que se cumplan se supone que las cosas “van a seguir siendo como son”, y el mundo cambia. Pero son muy útiles ya que estas estimaciones sirven, en el caso de que sean negativas, para que se tomen las políticas y medidas adecuadas para que no se cumplan.

No obstante, hay una estimación que no falla: la de personas que se van a jubilar un año determinado. Si nos situamos en el año 2.050 y consideramos como previsión optimista que ese año la edad de jubilación está en 70 años (lo normal es que sea mayor), con multiplicar el número de nacimientos en el año 1.980 (571.018 niños) por un porcentaje razonable de supervivencia como el 80%, tenemos un total de 456.814 personas que entrarán en el sistema de pensiones ese año. Si suponemos que tres personas pagan la pensión de una, deberían entrar 1.370.443 personas en el mercado laboral. Y así un año tras otro. ¿Es eso sostenible? Claro que no. Y es que las pensiones siguen un esquema de pirámide de Ponzi que  sólo se mantiene si la base es mayor que la altura.

Sí, estamos ante un problema grave. Y lo primero que cabe lamentar, una vez más, es la penosa demagogia de nuestra clase política. Cuando el PSOE estaba en el gobierno, aprobó una reforma de las pensiones. El PP votó en contra. Ahora, con los papeles cambiados, el PSOE y toda la oposición piden que se suban las pensiones a lo que el PP y Ciudadanos se niegan. La misma demagogia la vivimos en Navarra con la subida pendiente de la paga extra de los funcionarios. Es muy triste, pero corrupción aparte, no se me ocurre un ejemplo que ilustre mejor el nivel que tienen nuestros gobernantes.

¿Cómo gestionar el problema de las pensiones? Hay muchas posibilidades. La más escuchada es complementar las cotizaciones con impuestos procedentes de los Presupuestos Generales del Estado, aunque eso nos lleva al problema más común en economía: ¿de dónde quito? Otras opciones son elevar el salario mínimo, que las personas decidan jubilarse cuando lo deseen, revisar el modelo de financiación o eliminar los topes de cotización de los salarios más elevados.

Otra posibilidad es muy sencilla y sostenible en términos matemáticos: se suman las cotizaciones que ha ingresado la Seguridad Social y se dividen entre los pensionistas. Y si alguien quiere más, que se haga un plan privado (aunque de momento su rentabilidad es muy baja: un 1,5% los últimos 15 años, negativa este año).

Difícil y complejo, ¿verdad?

Javier Otazu Ojer.

www.asociacionkratos.com

Profesor de Economía de la UNED de Tudela.

Votar nuevas economías.

A menudo se celebran diferentes actos para concienciar a las personas acerca de otros modelos económicos, los llevan aparejados diferentes atributos como “ecológico”, “circular” o “colaborativo”. ¿En qué consisten estos modelos?

Para contestar a esta pregunta, debemos tener clara la definición de Economía. Para ello, de entre todas las posibles, tomaremos la más aceptada: “ciencia que estudia la administración de recursos en un mundo de necesidades y deseos infinitos”. Los conceptos más delicados son los de necesidades y deseos. ¿Cómo distinguir una cosa de otra? Está claro que como seres vivos necesitamos comer, pero hoy en día, ¿quién no necesita un móvil? El peligro de los deseos es que si se cumplen a menudo terminan convirtiéndose en necesidades.

Si aplicamos la definición a los agentes económicos, podemos separar tres tipos claramente delimitados. Primero, los consumidores. Su recurso es su presupuesto monetario. Siempre es escaso para todo lo que deseamos. Por lo tanto, necesitamos criterios para administrar bien nuestras compras. Segundo, las empresas. Entre varios objetivos, el principal es ganar dinero. Para ello, se debe administrar con eficacia las unidades de trabajo y capital que componen cada empresa. Tercero, los Estados. Necesita administrar bien sus presupuestos en términos de gastos (salud, ecuación, ayuda social o infraestructuras) y de ingresos (en la medida de lo posible, deben ser justos). La economía nos da instrumentos para tomar, en cualquiera de estos ámbitos, mejores decisiones.

La organización de los recursos de un país sobre cómo, qué y para quién producir genera diferentes sistemas económicos. Analizando los casos más extremos, tenemos que en el marxismo todos los medios productivos los lleva el Estado (para evitar la explotación del trabajador) y en el liberalismo todos los medios productivos (incluidos el agua, la sanidad o la educación) los lleva el sector privado. El Estado sólo se queda como garante de las necesidades mínimas de las personas y de la seguridad física y jurídica del país. Hoy en día la mayor parte de los países del mundo se encuentran en el término medio aunque desde luego, se puede oscilar  hacia un lado u otro.

Volviendo a la teoría económica que sustenta el tinglado, diremos que sólo se preocupa del proceso productivo desde los factores que lo generan (tierra, trabajo y capital) hasta que el bien o servicio se vende en el mercado. ¿Qué se le echa en falta a ésta teoría? Tres cosas. Vamos a valorarlas y a estudiar las soluciones que se plantean.

Primero, la extracción de bienes naturales como los minerales, la madera o el petróleo se considera riqueza. Está claro que si talamos todo el Amazonas el Producto Interior Bruto (PIB) de país subirá, pero a medio plazo no podemos considerar el país más rico que antes. El uso de la “economía sostenible”, cuyo objeto es que la extracción de recursos presente no minore los recursos de los que pueden disponer generaciones futuras,  sirve para que la riqueza que nos da nuestro planeta se pueda perpetuar en el tiempo. Otros paradigmas semejantes serían el de  “economía ecológica” o la “bioeconomía”.

 

Segundo, el uso de los desechos. Un producto o servicio vendido es riqueza. Hasta ahí la teoría. Sin embargo, un residuo de un producto puede generar más riqueza o más pobreza. El uso de la “economía circular”, que busca mecanismos para  convertir los desechos en recursos que vuelvan a entrar en el círculo de la economía, arregla también este problema. Por otro lado, otra forma de evitar los desechos es compartir productos. Esa es la clave de la “economía colaborativa”, la cual ha venido para quedarse, aunque todavía debe superar problemas jurídicos de implantación.

Tercero, las desigualdades que se pueden crear a nivel económico y social. Es normal que unas personas ganen más que otras según su aportación al proceso productivo, la cual depende de sus aptitudes, experiencia, competencias y habilidades. Sin embargo, se pueden crear desigualdades. Si una gran parte de personas percibe que el sistema es injusto, que hay personas que ganan su sueldo a dedazo o de forma privilegiada (“casta”) tenemos un problema de convivencia gravísimos. La “economía social de mercado” o el “capitalismo solidario” priorizan las políticas para afrontar estos problemas.

Así todo agregado parece un poco lioso, ¿no?

Digamos que los tiempos han cambiado. Antes nuestras decisiones de compra se basaban principalmente en un precio que llevase aparejado una mínima calidad y punto. Hoy en día ya no es así.

Sin duda, cuando compramos, en cierta forma “votamos” a una empresa u otra. Y pensándolo bien, posiblemente sea más fácil cambiar el mundo con el tipo de compras que hacemos antes que con la papeleta que depositamos en la urna. Al fin y al cabo, ¿para qué han servido nuestros últimos votos?

En definitiva, la conclusión es muy sencilla. Cuando compramos, votamos. Y votamos economía social, capitalismo salvaje, economía colaborativa o sostenibilidad (en este caso también lo hacemos al reciclar).

Amigo lector, consulta tu etiqueta.

La muerte de la muerte.

En fechas en las que tendemos a recordar a nuestros seres queridos, y a meditar sobre el significado de la muerte, toca reflexionar sobre un aspecto muy inquietante, un debate nuevo, una idea que jamás se había tenido en cuenta en la humanidad: la posibilidad de alcanzar la vida eterna…aquí, en la tierra.

Sí, a primera vista parece una estupidez. Pero el asunto es muy serio. Google puso en el año 2013 en funcionamiento una subcompañía llamada Calico. Su misión es resolver el problema de muerte, es decir, el título que nombra el presente artículo: “la muerte de la muerte”. Para hacernos una idea de la magnitud del proyecto, digamos que Google tiene un fondo de inversión llamada “Google Ventures”, cuya cartera de valores es de 2.000 millones. De esta cantidad, el 36% se invierte en empresas biotecnológicas, las cuales se dedican a investigar, investigar e investigar las formas que tenemos de ampliar la vida.

Y las personas que trabajan en este proyecto no se han escogido al azar, no. Una es el gerontólogo Aubrey de Grey, el cual comentaba en una reciente entrevista que nuestro límite de edad, siendo ¡¡pesimista!! era de 1.000 años. Otra persona destacable es Ray Kurzweil, un divulgador científico de prestigio mundial.

Es posible que esta idea no sea una locura: recordemos que este año, en España, 700.000 personas han cumplido 50 años y de todas ellas se espera que la mitad llegue a los 100. Y sí, es claro que todo ello va a ser un problema para sostener las pensiones públicas. Por desgracia, eso es sólo el comienzo del principio. El problema de las pensiones es menor con todo lo que todo esto nos puede acarrear para el futuro. Sólo reflexionar acerca de ello asusta.

Sí, claro que es difícil pensar en escenarios tan complejos. Pero todo ello es fundamental ya que no existe un camino mejor de gestionar el mundo y nuestra vida. Adelantarse a los problemas que puedan aparecer en el futuro puede lograr que alguno de estos problemas ni siquiera llegue a darse.

Un cambio de tendencia  que ya se dio en psicología (Martin Seligman) y que se está desarrollando en la medicina es la “medicina positiva”. Hagamos la analogía: de la misma forma que una persona acude al psicólogo ya que tiene un problema, otra persona va al médico ya que está enfermo. Si un “psicólogo positivo” me hace ver la vida de una forma determinada, cuando tenga un problema dado sabré cómo afrontarlo y no necesitaré ir al “psicólogo negativo” (denominando así al que me ayuda a afrontar mis preocupaciones). De la misma forma, si un análisis genético es capaz de valorar las enfermedades que pueda tener más adelante…simplemente podré tomar las medidas necesarias para que éstas no se desarrollen. Es algo semejante a viajar en el tiempo, hacia el pasado de una enfermedad que voy a tener si sigo con mis hábitos actuales y si no tomo la pastillita adecuada.

Volviendo a la idea inicial, ¿qué problemas podemos tener en el futuro si estos proyectos cristalizan?

Primero, será el comienzo de la verdadera desigualdad. Es verdad que a nivel histórico la medicina se ha “democratizado” (el entrecomillado es debido a que todavía es necesario dinero para curar enfermedades raras; muchos ricos y famosos han pagado cantidades enormes de dinero por curarse en clínicas privadas norteamericanas) pero si un inversor privado se gasta miles de millones de euros en productos de este estilo cuesta creer que los vaya a regalar.

Segundo, ¿qué ocurrirá con las religiones? ¿Qué pasará si la vida eterna que presumiblemente tenemos al morir la podemos lograr aquí en la tierra? ¿Cuál será su razón de ser?

Tercero, alguien que tenga acceso a estos medios, ¿se atreverá a cruzar la calle tranquilamente? ¿Y si le cae un maceta a la cabeza? ¿Serán estas personas unos seres humanos tan obsesionados por su seguridad que no podrán disfrutar de nada de lo que la vida ofrece?

Cuarto, ¿cuál será la reacción de los excluidos? Al fin y al cabo, a muchas personas  nos parece justo que exista cierta meritocracia en la sociedad y que los más válidos en sus profesiones ganen más que otros. Pero este sistema trata de no dejar a nadie fuera del mismo, para que todo el mundo pueda tener una vida digna, que merezca la pena ser vivida. Pero no parece justo que unos aspiren a una vida más larga en años y calidad y otros no.

Quinto, ¿cómo serán las relaciones humanas? Un matrimonio para 100 años no parece muy sostenible, ¿verdad?

En fin, reflexiones que no deben hacer olvidar que, con todos sus inconvenientes, pegas y disgustos, vida sólo hay una. Cada día que pasa no vuelve. Y que puestos a elegir, mejor tomarse la vida con una sonrisa.