Archivos mensuales: octubre 2016

NUEVA TEMPORADA.

Estimados socios, accedemos a la temporada 2016/2017 en la cual tenemos intención de relanzar nuestra sociedad. La parálisis social, económica y política de nuestro país induce la entrada de nuevos actores en el escenario y pensamos que el papel de todas las sociedades es vital.

Para ello, los pasos que vamos a realizar son los siguientes:

1.- Nos han permitido el acceso a la red Civivox en el centro de Iturrama los jueves de 19.30 horas a 21 horas. Ahí nos reuniremos de forma periódica para ir indicando las actividades que vayamos a realizar. La primera reunión será el día 6 de octubre.

MUY IMPORTANTE: a partir del jueves 27 de octubre todos los jueves acude alguien que va a exponer un proyecto interesante. Os iremos informando.

2.- Los socios habrán recibido un email directo con la información que aparece en la red…además de un artículo motivador (web; referencia del 17 de octubre).

3.- Preparación de un plan de acción para la Fundación Diario de Navarra en un ámbito relacionado con la cooperación local, cooperación internacional, empleo, emprendimiento y educación.

4.- Próxima conferencia (enero) acerca del modelo económico/político/social que está siguiendo nuestro país. Título: PaSaD (de las pensiones a la sanidad y al desarrollo).

5.- Si no eres socio, puedes pedir información mediante la web o mandando un correo a javi.otazu.ojer@gmail.com

6.- Para inspirar al personal, adjunto un nuevo artículo de cabecera…

¿Qué? ¿Cómo? ¿Para qué?

 

Comienza la nueva temporada de septiembre. Nuevos proyectos personales se ciernen sobre nuestras vidas. Y es que el año tiene, en realidad, dos comienzos: el uno de enero y el uno de septiembre, coincidiendo con el curso escolar. Basta ver el mercado de agendas. Si alguien desea comprar una, cubren  dos espacios temporales: pueden comenzar en enero o en septiembre.

Otras pistas nos dicen también que va a comenzar una nueva temporada. Las ofertas de gimnasios, aparición de colecciones diversas u otras actividades variadas como cursos de aprendizaje. También las competiciones deportivas como la liga de fútbol o de baloncesto, o el comienzo del curso académico son ejemplos válidos.

Entonces, ¿cómo organizarnos? ¿Cuáles son las pautas adecuadas para estar satisfechos con nuestras vidas cuando llegue el próximo verano? Las preguntas adecuadas son las que nombran el artículo: ¿Qué hacer? ¿Cómo? ¿Para qué? El tema delicado es otro: ¿en qué orden debemos hacernos las preguntas?

Es útil diferenciar estas preguntas en el contexto político, personal y empresarial. Pensemos en los programas de muchos partidos; todos quieren lo mismo. Disminuir el paro, mejorar sanidad o una educación adaptada a los nuevos tiempos. Sin embargo, cuando profundizamos en los análisis muchas veces falla el cómo.

Por ejemplo, ¿qué queremos? Reducir el desempleo. ¿Para qué? Para que las personas que lo deseen puedan ganar honradamente un salario que les permita tener una vida digna. ¿Cómo lo hacemos? Eso es lo que falla. Las contestaciones suelen ser “políticas activas de empleo”. Pero eso no dice nada ya que esta cuestión está en el “que”, no en el “cómo”. No suele quedar claro cómo hacer dichas políticas. Eso sí, ocurre un hecho relevante. Muchos expertos saben lo que en teoría se debe hacer: ajustar la educación a la demanda de las empresas o hacer otro tipo de contratos. Pero no siempre dicen cómo hacerlo. Y lo más importante, si el cómo es viable. Sobre todo a nivel presupuestario.  Siempre está la frase mágica: “la forma de financiar nuestros proyectos es reducir el fraude fiscal”. En ese principio están de acuerdo todos los partidos, sean de la ideología que sean. Y hasta ahora, nadie ha reducido el fraude en la medida deseada. Por algo será.

¿Qué desea una empresa? Ganar dinero. Pero cuidado, no es el único objetivo. Existen empresas que prefieren ganar menos y tener buena reputación social. Para ello, se dedican a la filantropía o incurren en costes adicionales para minorar los daños al medio ambiente. Desde luego, esa reputación puede hacer que más consumidores se animen a comprar bienes o servicios de dicha empresa. Pero hoy en día la mayor parte de los empresarios prefieren ganar menos y tener buena reputación antes que tener fama explotar a los trabajadores. Son las cosas de la responsabilidad social. Y como tendencia, es imparable. Muchas páginas web permiten al consumidor valorar una determinada empresa. Y si un consumidor potencial observa que las evaluaciones son muy negativas preferirá evitar una mala experiencia.

La pregunta del millón es la misma: ¿cómo logra eso una empresa? Generando valor para la sociedad. Pero de la misma forma que en el caso del empleo, debemos tener cuidado. Generar valor no contesta al cómo. Contesta al qué. El cómo generar valor de forma sostenible es lo difícil. Hoy en día los mercados, como el mundo, son líquidos. Y lo que parece un negocio seguro puede llevarnos, si no nos adaptamos, a una ruina segura.

¿Y nosotros, las personas, qué queremos? Sí, la primera respuesta es dinero en tanto lo podemos intercambiar por los bienes que necesitamos para sobrevivir como alimento, bebida, ropa, hogar y hoy en día, teléfono móvil. Ahora bien, si ya tenemos estas necesidades cubiertas es cuando la cosa ya no está clara, ¿verdad?

Esta pregunta, qué queremos, se contesta con facilidad en las instituciones públicas y en las empresas. Pero la respuesta no está clara en el caso de las personas. Vivimos en un mundo en el que la información bulle por todos lados llenándonos de ruido, ruido y más ruido de forma que no podemos entrar en el silencio donde habitamos nosotros mismos. Para saber el qué, es útil contestar a otra pregunta previa: para qué o por qué.

Ya hemos llegado al célebre círculo de oro de Simon Sinek, el cual propone el orden adecuado: por qué, cómo, qué. Y como ejemplo modelo se usa la empresa Apple, de Steve Jobs. ¿Por qué de sus productos? Desafiar el pensamiento convencional, hacer las cosas de otra forma. ¿Cómo? Diseño y sencillez. ¿Qué hacemos? Computadores maravillosos para las personas. Este es el orden que supuestamente nos inspira y nos produce nuevas ideas.

Si pasamos a contestarnos esas preguntas a nivel personal, yo compartiría las dos primeras respuestas de Jobs. La tercera pregunta es, precisamente,  la más personal.

Comienzos de septiembre. Temporada 2016/2017.

Causas y efectos.

Causas y efectos.

La frase “si llueve, me mojo” indica una obviedad a partir de una causa, la lluvia, y su efecto: nos mojamos. Existen más frases con una causalidad definida, como por ejemplo, “la deuda sube porque el gobierno ha aumentado gastos sin subir ingresos” o “si estudio más, mis notas mejoran”. Son cuestiones muy claras. Otra frase con una causalidad evidente que lleva demasiado tiempo de moda: “la corrupción hace que algunos políticos roben”.

Sí, socialmente tendemos a buscar una causa para cada suceso. Como este verano hemos pasado mucho calor, ha sido debido al cambio climático. Si ha descarrilado un tren, ha sido por un despiste del conductor. Si vienen muchos refugiados, la culpa es de la guerra de Siria. Si existe menos trabajo, es debido a que vienen “los de fuera” a quitarlo. Todas estas frases tienen un vicio común: dar una causa sencilla a un fenómeno complejo. Eso es un diagnóstico erróneo, y como tal generará soluciones equivocadas.

Los acontecimientos citados tienen muchas causas, las cuales operan en diferentes escalas y pueden dar resultados distintos según el ámbito en el que se desarrollen. En Túnez, un vendedor ambulante se quemó a lo bonzo y generó la revolución árabe, quebrando todo el sistema político de la zona. En China, las protestas populares fueron aplastadas a sangre y fuego y el sistema se mantuvo (recientemente ha ocurrido lo mismo en Etiopía).

En la vida real, un efecto puede ser debido a muchas causas y una causa puede generar muchos efectos. Además, existen dos sesgos de percepción adicionales que tienden a confundirnos todavía más entre causas y  efectos. Son la causalidad inversa y la correlación.

Se habla de causalidad inversa cuando valoramos una relación causa efecto en sentido contrario del real. El ejemplo estándar es el de los nadadores. Todos tienen unos cuerpos especiales, los cuales parecen ser efecto del duro entrenamiento al que se someten. Sin embargo, es al revés. Tener ese cuerpo les permite destacar en el medio acuático. Esa relación es evidente en el baloncesto: no por practicar ese deporte nos hacemos más altos. Al revés, entre las personas de mayor estatura se hace una selección natural. Es así; no han existido estrellas de la NBA de menos de 170 cm.

La causalidad inversa tergiversa completamente nuestra percepción ya que incluso ocurre que a menudo una causa y un efecto se retroalimentan constantemente. Si el efecto es positivo, hablamos de “círculo virtuoso”. En caso contrario, de “círculo vicioso”. Por ejemplo, los países más pobres, ¿lo son debido a las malas instituciones? ¿O es que la pobreza genera malas instituciones? ¿La corrupción genera recesión económica o la recesión económica genera corrupción? ¿La mala gestión genera listas de espera o el hecho de que haya listas de espera genera mala gestión? ¿Alguien pierde los nervios debido a una provocación objetiva de otra persona o los pierde debido a que percibe los actos de la otra persona como provocación? En otras palabras, ¿de quién es la culpa?

 

 

Incluso podemos plantearnos otras posibilidades más divertidas; si en el gimnasio vemos personas con sobrepeso, ¿es debido a que ir al gimnasio engorda ya que nos sentimos más libres para caer en tentaciones culinarias? ¿O las personas que van al gimnasio son aquellas que desean perder peso? Si bien la respuesta en este caso es intuitiva, en los anteriores no lo es tanto.

Pasamos ahora a la correlación. Esta palabra es sinónimo de asociación. Es decir, decimos que dos variables tienen correlación si cuando sube una, otra sube o baja. Por ejemplo, el peso y la altura. A más peso, más altura. Sin embargo, correlación no es causalidad. Y ese es un error muy extendido. En un estudio famoso en Estados Unidos se comprobó que en una muestra de ciudades, conforme más policía había, más delitos se cometían. ¿Era un caso de causalidad inversa? No. Había una causa oculta: el tamaño de las ciudades. A más tamaño, es necesaria más policía pero también, al tener más habitantes, tiene lógica que se cometan más delitos. La conclusión es muy clara: correlación no implica causalidad.

Es lo que siempre nos hemos preguntado de muchos de los sucesos que vemos. ¿Por qué? La relación sencilla que pensamos suele ser falsa. Puede haber muchas causas, muchos efectos. Puede ser causalidad inversa. Puede ser correlación que no implique causalidad.

Y es que el mundo es difícil de comprender. Por eso, un truco recomendable es “la reiteración de los porqués”. Es decir, repetir la misma pregunta hasta llegar a la causa final. Hagamos una prueba.

¿Por qué una empresa va mal? No genera ingresos. ¿Por qué? Su producto no se vende. ¿Por qué? Los clientes no lo compran. ¿Por qué? Hay otro semejante mejor. ¿Por qué? Otras empresas han ajustado costes.

Ya sabemos lo que toca.

Ajustar, mejorar la calidad o cerrar.

Motivación.

Motivación.

¿Qué nos motiva? ¿Por qué hacemos unos actos y no otros? ¿Qué está en el fondo de nuestras decisiones? Y lo más importante: ¿cómo se explica la falta de consistencia existente entre lo que nos motiva y lo que realmente hacemos?

Muchos libros de autoayuda recomiendan, cuando nos planteamos nuevos proyectos, escribir los objetivos concretos que tenemos en mente. Pasado un tiempo, se comprueba el avance de nuestros planes. Si la  cosa va bien, nada que objetar. Si algo falla, se corrige y punto. En todo caso, se trata de no desfallecer y de no rendirse. Eso es al menos lo que dicen los manuales de autoayuda.

Sin embargo, la perspectiva que da el tiempo enseña que muchas veces no cumplimos lo que teníamos establecido. ¿A qué se debe? A la diferencia entre el “yo que quiere” y el “yo que debe”. En el primero, se tiene en cuenta el corto plazo, y para ello, se usa la excusa de siempre: “total, por un poco más…”. La diferencia básica se encuentra entre la gratificación a corto plazo y el beneficio a largo plazo que sacrificamos debido a ello. Por ejemplo, “debemos” alimentarnos de comida sana. (Cuidado: no es un imperativo. Quien piensa que debe alimentarse de comida basura y decide hacerlo siendo consciente de los problemas que le va a ocasionar en el futuro está en su perfecto derecho. Eso sí, los efectos secundarios no sólo serán de salud: algunos países se están planteando cobrar más por usar la sanidad a los fumadores o a las personas obesas.) Sin embargo, compramos comida basura. Debemos hacer ejercicio. Sin embargo, vemos la televisión. Debemos ahorrar para el futuro. Sin embargo, compramos ahora. Debemos estudiar y prepararnos con el debido tiempo para el examen que tenemos dentro de unos meses. Sin embargo, nos vamos a tomar un café. Debemos levantarnos pronto para aprovechar el día. Sin embargo, dormimos un poco más: nos encontramos cansados por las razones que sean.

Entonces, ¿cómo superar esa barrera? Rubén Turienzo, en su reciente obra “el pequeño libro de la motivación”, sugiere…¡una ecuación matemática! La argumentación es la siguiente: si sentimos un fuerte compromiso por hacer algo, lo hacemos. (Existen páginas web en la cual te puedes comprometer a realizar algo, y para dar fe de ello se paga una cantidad determinada de dinero. Si en el tiempo establecido no cumples tu propósito no te devuelven el dinero. En fin, la letra con sangre entra). ¿Cómo crear ese compromiso? Así: C = (m – i)p siendo C el compromiso, m el motivo, i las interferencias y p el potenciador, el cual está formado por técnicas y herramientas que se usan para motivarnos más, como planes de acción o ayudas emocionales que nos hacemos a nosotros mismos. Verifiquemos el cumplimiento de la ecuación con el caso más habitual: la pérdida de peso.

 

 

 

 

Para lograr el compromiso que permita lograr ese fin tenemos varias motivaciones: sentirnos mejor con nosotros mismos, ser más atractivos, tener más energía para hacer otras cosas. Las interferencias, las de siempre: la tiranía del corto plazo y la fuerza de la costumbre. El potenciador pasa por registrar en una tabla los avances que realizamos en la pérdida de peso o darnos pequeños premios por objetivos: la recompensa de comprar algo de ropa cada vez que se pierdan dos kilogramos es más que útil (y más aún si pensamos que recuperar el peso perdido supone…no volver a usar la ropa recién comprada).

No obstante, siempre existen pautas para mejorar nuestra motivación interior. Primero, y más aún en el caso de las dietas, se debe comprender que sólo es útil cambiar hábitos de por vida. Una dieta  no existe como tal  si la recompensa que vamos a darnos cuando terminemos es volver a  comer como antes. Eso tiene un nombre: la dieta yoyó. Segundo: aunque el resultado final es el objetivo principal, no siempre se cumple, sobre todo si depende de lo que hagan otras personas. Podemos preparar muy bien una oposición y no obtener plaza debido a que otros han sido mejores o han tenido más suerte que nosotros. Pese al disgusto, lo importante es cumplir con el deber que nos imponemos a cada uno de nosotros como personas. Tercero: no puede abandonarnos ni el entusiasmo, ni la capacidad de atención y de concentración. ¿Quién conoce alguien que haya logrado un objetivo complicado sin pasión?

Por último, Mark Twain, en uno de sus aforismos memorables dejó escrito que “los dos días más importantes de una persona son, primero, el día en el que nace. Segundo, el día en el que sabemos para qué”.

Si tenemos muy clara cuál es esa respuesta para nosotros mismos, no hace falta buscar la motivación necesaria para vivir la vida. Simplemente, la motivación nos encuentra a nosotros mismos.

Javier Otazu Ojer.

El foco.

El foco.

Estos días todo el foco informativo se ha encontrado en la batalla de poder establecida dentro del PSOE. Los periodistas han rodeado sin descanso la sede de Ferraz, los tertulianos se lo han pasado de fábula contando la visión que tienen de este asunto y el resto del país ha asistido, atónito, a este triste espectáculo. Ahora bien, ¿está justificada la cobertura mediática de las batallas políticas? ¿Es normal ver declaraciones un día sí y otro también de uno u otro político? Claro que no.

La razón es muy sencilla: no está nada clara la diferencia entre PP y PSOE. Los partidos de derechas tienden a bajar los impuestos para así priorizar la creación de riqueza y que haya una cantidad mayor de PIB (Producto Interior Bruto) para repartir. El PP ha hecho lo contrario, subir los impuestos. Los partidos de izquierdas tienden a subir los impuestos para priorizar el reparto de riqueza, de forma que aunque el PIB pueda ser más bajo al menos esté mejor repartido y no haya grandes desigualdades. Basta recordar aquella frase del José Luis Rodríguez Zapatero: “bajar los impuestos es de izquierdas”. Se ha cumplido más de una vez, ya que medidas de este tipo han sido tomadas por gobiernos socialistas.

Todos recordamos la victoria del Brexit en Gran Bretaña. Uno de los partidarios más firmes del Brexit era Nigel Farage, principal dirigente de la UKIP. Una vez que salió en el referéndum aquello por lo que había luchado, Farage dimitió y se fue. Desde luego, podemos achacar muchas cosas a este dirigente, sobre todo la gran  cantidad de mentiras usadas para poder ganar la votación. Pero fue consistente con su idea principal: tenía un objetivo, lo cumplió, pues adiós. Además de la  política, la vida tiene más posibilidades.

De la misma forma que la UKIP tuvo su razón de ser, observamos que la razón de ser del PP y PSOE como partidos de derechas e izquierdas ya no sirve. Y no se trata de escuchar lo que dicen, se trata de observar lo que hacen…y lo que no hacen.

La célebre frase “no es no” conlleva una intransigencia devastadora. Sánchez tenía estrategias razonables. Uno, abstenerse para permitir la gobernabilidad del país un período limitado de tiempo. Dos, proponer políticas genuinas de izquierdas. Si Rajoy las acepta del todo o en parte,  abstenerse. Tres, intentar formar un gobierno. No se ha visto ninguna.

La evidencia empírica enseña que las personas hacen todo lo posible para ocupar parcelas de influencia y poder. Por lo tanto las instituciones deben tener unas reglas claras, simples y concisas que sirvan para evitar situaciones como las que hemos estado viviendo estos días. Sirve como ejemplo de reglas ineficientes la formación del Gobierno Español: se permite la inexistencia del gobierno “in eternum”.

Así pues, el foco no tiene nada que ver con los problemas y retos más acuciantes para nuestro país. No está de más recordarlos, aunque por desgracia no parece que éste sea el asunto más importante de hoy. ¿Dónde deberían estar más enfocados los medios?

 

 

Uno, el aumento vertiginoso de la deuda pública. Pese al desgobierno, no deja de subir (las políticas monetarias del BCE tienen relación con este aumento y son peliagudas: se podría estar generando una burbuja financiera muy muy peligrosa). Y eso compromete nuestro futuro. Además, este problema es consecuencia de otro: los ingresos públicos no cubren todas las necesidades del Estado.

Dos, las pensiones. Simplemente, no cuadran. Es primordial enfrentarnos ya a este problema, hay muchas posibilidades y merecen un amplio debate social.

Tres, el cuello de botella en el mercado de trabajo que crea barreras para la entrada en el mismo de los jóvenes. ¿Cómo afrontar este problema?

Cuatro y relacionado con el anterior: educación. Pero no la educación como pacto de Estado (eso es evidente), no. La educación como medio para el desarrollo personal y laboral de las personas. ¿Cómo debe hacerse?

Cinco, el papel que debe tener nuestro país en la escena internacional para afrontar problemas globales como los refugiados, la inmigración, el cambio climático o las drogas.

Sí, está claro. La socialdemocracia ha muerto de éxito, y necesita redefinirse, siendo los intentos más interesantes los de Valls en Francia y las dos vertientes establecidas en Gran Bretaña: más a la izquierda todavía (Jeremy Corbyn) o con una vía más hacia el centro (Tony Blair). Por esa misma razón el PP también debe redefinirse, ya que como hemos comprobado, también realiza políticas de izquierdas.

Por último está el papel de Podemos, aparentemente enfrentado entre las corrientes de Pablo Iglesias e Iñigo Errejón. Ahora bien, en política los enfrentamientos siempre han sido a puerta cerrada. ¿No será una estrategia para poder abarcar todo el voto del arco de la izquierda?

Vaya, he vuelto a caer en la trampa.

Termino el artículo, de nuevo, desenfocado.

Javier Otazu Ojer.

Incentivos y fechas límite.

Incentivos y fechas límite.

Fecha de entrega del trabajo de historia: 31 de octubre. La mayoría de los alumnos entrega su documento ese día. Fecha límite para terminar una negociación entre dos agentes económicos: 31 de octubre. Es probable que hasta ese día no se haya resuelto el asunto que llevaban entre manos. Fecha límite para que se disuelvan las Cortes y se convoquen nuevas elecciones: 31 de octubre. En este ámbito cualquiera sabe lo que ocurrirá, pero según los últimos acontecimientos lo más razonable es que se alcance un pacto de investidura. En todo caso, ¿por qué apuramos las cosas? Existen dos claves. Primero, los incentivos de los agentes económicos. Segundo, el peso de la fecha  límite.

La economía se resume en un principio: “las personas responden a incentivos”. El resto de leyes económicas (se dice que en física tres leyes explican el 99% de la ciencia; en economía 99 leyes explican el 3% de todos los temas que se abordan) son consecuencia de este principio. Pensemos en conflictos en el ámbito de las relaciones laborales. Ni a un sindicato ni a un empresario le interesa una huelga que ponga en peligro la viabilidad de la empresa. Razón: a ninguna de las partes les interesa el cierre de la empresa por falta de actividad. Incluso muchas veces se da el absurdo de que después de una huelga las dos partes se encuentran peor que antes, ya que el empresario ha visto reducidas las ganancias y el trabajador ha visto reconocidas algunas de sus exigencias aunque se da el detalle de que lo ganado no cubre lo perdido en los días de huelga.

Por supuesto, las huelgas son un derecho fundamental de los trabajadores. Incluso aun perdiendo en un caso particular existe una lógica oculta: en el caso de existir otro conflicto, el empresario sabe que los sindicatos están dispuestos a llegar hasta el final. En ese caso, es más fácil que ceda a las demandas exigidas por los trabajadores. Desde luego, también ocurre lo mismo en sentido contrario.  En fin, típicos juegos de relaciones humanas, en los que como casi siempre, no hay buenos ni malos. Simplemente, depende del contexto.

¿Por qué entonces los partidos políticos no han llegado a acuerdos? De nuevo, cuestión de incentivos. A nivel particular, puede no interesarles. Luego lo edulcorarán como sea, pero es así. Es curioso: al trabajador y al sindicato les interesa que la empresa vaya bien. Sin embargo, a un partido como tal le puede interesar que a la región en la que tenga ámbito de actuación (ciudad, comunidad y país) le vaya mal. En especial si está en la oposición. Arreglar ese esquema de incentivos debería ser unos de los debates de nuestro tiempo.

En todo caso, lo que llama la atención es lo siguiente. Cuando tenemos una fecha límite para hacer algo, tendemos a llegar al límite. Apuramos. Y no tiene sentido: si tenemos un imprevisto al final podemos no cumplir nuestro objetivo. Al menos, tiene una explicación. Dejar las cosas para más adelante es un fenómeno común a muchos humanos llamado procrastinación. Por la razón que sea, nos cuesta cumplir el sabio consejo de Benjamin Franklin: “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”.

 

Lo asombroso es que si la fecha límite es una negociación del ámbito que sea….¡también apuramos hasta el final! Negociaciones en la Unión Europea entre ministros por algún asunto candente, pactos en Estados Unidos entre republicanos y demócratas para poder mantener el gasto de deuda o convenios salariales diversos tienden a terminar las negociaciones “a altas horas de la madrugada”. La cuestión es muy sencilla: ¿por qué es tantas veces así? Parece que a nivel social si apuramos el tiempo en una negociación lo hemos hecho mejor que si llegamos a un acuerdo rápido. Y no tiene ningún sentido. Sea el acuerdo rápido o lento, la conclusión de las partes es siempre la misma: “Al final todos hemos cedido un poco para que gane el bien común. Estamos muy satisfechos del acuerdo alcanzado”. Por desgracia, esta manía social supone un desgaste de tiempo, dinero y emociones (si las negociaciones son duras siempre pueden acabar somatizándose) colosal.

Y es que, aunque sea más difícil hacerlo que decirlo, se trata de buscar reglas o leyes que cumplan dos únicas condiciones. Primero, que generen incentivos en los que el bien individual y el bien común tengan cierta armonía. Segundo, que minimicen conflictos futuros. Para ello deben ser reglas sencillas con una interpretación clara y directa.

Es una ley de nuestro mundo: el conflicto y, en el mejor de los casos, la negociación que conlleva su resolución son inherentes a la vida. Por eso es mejor buscar la resolución antes de que se produzca el problema.

Basta pensar en los conflictos existentes en parejas o en la gestión de empresas. ¿Por qué no pensar a priori en lo que puede ir mal?

Javier Otazu Ojer.

www.asociacionkratos.com