Archivos mensuales: septiembre 2016

Adopciones. ¿Podría ser así?

Adopciones: ¿podría ser así?

Que un partido de fútbol entre Osasuna y Eibar se juegue un lunes a las 20.45 horas se puede catalogar, en el argot económico, como “desajuste de oferta y demanda”. ¿Cuál es la razón de ello? Simplemente se podría generar una gran cantidad de dinero y no se genera. Si ese partido se jugase, por ejemplo, un sábado a las 4 de la tarde o un domingo a las doce del mediodía produciría un gran movimiento de aficionados de un lugar a otro. Se venderían más entradas. Las ciudades tendrían más ambiente,  la hostelería expendería una gran cantidad adicional de bebidas y los restaurantes multiplicarían sus comidas. Por supuesto, todo ello repercutiría en una mayor recaudación de impuestos por el gobierno vía combustible al llenar los aficionados los depósitos de gasolina para el viaje, sumando también el IVA de aquellos productos que se consumen, o las horas extras que se pagan a los camareros.

Así, la solución es muy sencilla: basta tener cuidado con los horarios cuando dos clubs juegan en ciudades con una distancia inferior, por ejemplo, a los 200 kilómetros. Pero no se hace.

Existen más desajustes de oferta y demanda; por ejemplo, el tema del botellón (del que no somos partidarios por muchas razones entre ellas la salud). Suele ser molesto para los vecinos donde se realiza y no genera movimiento de dinero, salvo el de la compra de la bebida. Se podrían abrir recintos para ello, de tal forma que se cobrase una pequeña entrada. Eso es más movimiento de dinero, menos molestia para los vecinos y un incentivo mayor para que los chavales fueran a los bares y de nuevo, generasen más dinero (aunque sería aconsejable otro tipo de “diversión social”).

Sin duda, en un período de crisis, todo lo que se pueda hacer para generar movimiento económico es positivo. Y el tema del “desajuste de oferta y demanda” da para mucho: es una incongruencia que haya personas que deseen vender un producto, otros que quieran comprarlo y que no se pueda establecer la transacción económica.

Entre todos estos desajustes, hay uno sangrante, penoso y que compromete a la humanidad entera. Es el tema de las adopciones. Millones de niños viven huérfanos o en condiciones muy precarias. Unas condiciones que difícilmente podríamos catalogar como humanas. Millones de parejas desearían adoptar niños por razones biológicas (no pueden tener hijos) o humanitarias (nada hay más hermoso que dar futuro y amor a una persona que no lo tiene). Y sin embargo, el mercado de las adopciones está completamente paralizado. ¿Cómo puede ser?

 

 

 

 

Las parejas que han intentado realizar adopciones conocen los inconvenientes que ello conlleva. Los gastos son triples: emocionales, temporales y económicos. Emocionales  por la angustia, incertidumbre y preocupación que conllevan. Muchas parejas se están jugando su proyecto vital. Temporales por la gran cantidad de tiempo que pasa desde que comienzan los trámites hasta que se adopta el niño. Y si al final llega la adopción ya pueden estar bien contentos. Económicos debido a que una adopción supone unos gastos enormes. Unos son entendibles: trámites burocráticos, gestiones para encontrar al niño más adecuado junto con los viajes que se deben realizar al país de referencia. Otros son abusivos, ya que en estos mercados siempre aparecen desaprensivos que se aprovechan de la necesidad de los demás para aumentar sus ganancias.

Eso sí, cuando aquí se usa la terminología “mercado” somos cautos, ya que no se puede comparar un ser humano con una bicicleta, por ejemplo. Pero en términos económicos el mercado de adopciones es legal, no como en el caso de los órganos, los traficantes de mujeres o las mafias que se dedican a trasladar personas de lugares sin esperanza a otros donde la vida, quizás, pueda ser mejor.

Existe un tema muy delicado de difícil gestión: el de las mujeres que desean abortar al esperar un hijo no deseado. ¿No podrían tenerlo y acudir al mercado de la adopción? Sabemos que esta pregunta va a generar controversia pero en nuestra opción ganarían cuatro agentes económicos diferentes. Primero y más importante: el niño. Tenemos  una nueva vida humana. Segundo, los padres adoptivos. Tienen el niño soñado. Tercero, la mujer que deseaba adoptar. No tendrá que soportar los traumas que suponen dar fin a una vida, aporta un bien a la sociedad y  aunque sea secundario, gana dinero. Cuarto, el intermediario.

Insistimos en ello: es un tema de gestión muy complicada. Pero de lo que se trata es de abrir nuevos debates que conduzcan a lo que todos deseamos: desarrollo socioeconómico y un mundo mejor.

Un problema adicional sería qué tipo de organismo podría hacer todo ello, ya que por definición sería supranacional. Eso sí, su financiación debería de ser muy sencilla: con una pequeña proporción monetaria por adopción sería suficiente.

Por desgracia, tenemos el mismo problema que tenía Henry Kissinger, antiguo secretario de Estado norteamericano, cuando quería ponerse en contacto con Europa.

¿A qué teléfono llamo?

Félix Zubiri Sáenz,  Médico de familia.

CDS

Las personas de cierta edad recordarán las siglas del CDS como el Centro Democrático y Social, partido que fundó Adolfo Suárez después de su dimisión para recuperar su prestigio y reputación. Por desgracia, se ha visto al rebautizar el aeropuerto de Madrid Barajas como el de Adolfo Suárez Madrid Barajas. En este país los reconocimientos acostumbran a llegar cuando ya no estamos en este mundo.
En todo caso, las siglas CDS se conocen en el mundo de las finanzas como los temidos “Credit Default Swaps”. Warren Buffet los denominó como “armas de destrucción masiva”. ¿A qué se debe tal definición? ¿Son un peligro para el sistema financiero global? ¿Qué cantidad de riesgo soportan realmente?
Un CDS es un seguro por el que un inversor pretende garantizarse el cobro que le genera un activo financiero en el caso de que la empresa emisora no pueda afrontar el pago que le corresponde. Un ejemplo ayudará a comprender el concepto. Si compramos un bono griego por 1.000 euros a diez años, el gobierno de ese país se compromete a pagarnos cada año los intereses acordados y a devolvernos el principal después de ese tiempo. Sin embargo, si el Estado griego quiebra el inversor pierde todo su dinero. Para evitar ese riesgo, se compra un CDS a un tercero (lo lógico es que sea una aseguradora) y en caso de impago griego, la empresa emisora del CDS será la encargada de pagar el dinero acordado a nuestro inversor.
Para hacernos una idea sencilla, supongamos que un CDS griego vale 650 puntos. Eso quiere decir que si nuestro inversor paga el 6,5% de su bono (65 euros adicionales) a la aseguradora, entonces tiene cubierto su dinero. No parece mala idea, ¿verdad? Además el mercado ordenaría el precio de los CDS. Es evidente que el CDS de un bono griego es más caro que el CDS de un bono francés ya que en el primer caso la probabilidad de impago es mayor. Entonces, ¿qué falla?
De la misma forma que en el ámbito jurídico todos hemos oído el típico “hecha la ley, hecha la trampa” en el ámbito financiero podemos decir que “hecho el instrumento financiero, hecha la especulación”.
Para comenzar, se pueden dar dos anomalías asombrosas. Primero, una emisión de bonos de 1.000 millones de dólares puede hacer que se suscriban contratos de CDS por cifras siderales como 20.000 millones de dólares. Segundo, en muchas ocasiones (en especial antes del estallido de la crisis), las empresas aseguradoras tenían una capacidad crediticia inferior a las empresas que pretenden proteger. En otras palabras, ¡¡la empresa que ofrece el CDS es menos fiable que la empresa o país del que hemos comprado el bono!! El caso más célebre es el del hundimiento de la aseguradora AIG, conocida por patrocinar al Manchester United. Al menos, en diciembre del año 2.011 la Unión Europea prohibió la emisión de CDS públicos “desnudos” para evitar que a un bono de un Estado le corresponda más de un CDS.

Por desgracia, eso es sólo el comienzo. ¿Cómo funciona la especulación financiera con CDS? De nuevo, un ejemplo servirá como soporte. Supongamos que un fondo de inversión compra 100.000 bonos españoles con sus CDS, a un valor cada uno de 30 puntos, es decir, 30 euros por bono. Pasado un tiempo, el fondo decide vender los 100.000 bonos. Como es una cantidad enorme, el precio de todos los bonos baja, y el mercado piensa que “si se vende tal cantidad de bonos eso es debido a que el Estado español no es fiable”. Otros inversores que tienen bonos españoles se asustan al ver que el precio de su bono ha bajado mucho. En consecuencia, tampoco desean venderlo ya que pierden dinero. Es mejor comprar un CDS para asegurarse el cobro del bono. Pero claro, como muchos inversores piensan lo mismo el precio del CDS se dispara. Supongamos que llega a los 50 puntos. El fondo de inversión con el que empezaba el ejemplo los vende y gana la diferencia, 20 puntos (20 euros) por CDS. Cómo había comprado 100.000, la operación especulativa ha generado dos millones de euros de ganancia. No está mal.
Sí, es increíble que el sistema financiero funcione así. Pero las cosas son como son, no como deberían ser. No obstante, no se vayan todavía. Falta lo peor.
El CDS es un producto financiero correspondiente al mercado de los derivados, es decir, un producto que tiene como referencia un activo real o financiero. El PIB mundial es de unos 70 billones de dólares. El mercado de derivados oscila, según las fuentes, entre 600 y 1200 billones de dólares. Tal horquilla da a entender la transparencia existente: nula.
Unos dicen que un derivado financiero es riqueza, otros dicen que humo. Como todo producto financiero, cuando se desnaturaliza respecto de su objetivo inicial genera efectos secundarios peligrosos.
Hoy en día se critica mucho a los partidos políticos. Sin embargo, el CDS me gusta más como partido político.
Javier Otazu Ojer.

Cuello de botella.

Dentro de los procesos productivos, se denomina cuello de botella a una parte de dicho proceso que no funciona como es debido y que en consecuencia ralentiza toda la producción. Es evidente que el gestor de una empresa debe impedir este hecho debido al gran aumento de costes que genera.
Pensemos en los atascos que nos han tocado vivir en las carreteras. Pueden ser debidos a las inclemencias meteorológicas, a la saturación de la vía o a la existencia de algún accidente. Es importante el lugar donde se da el accidente; si es una carretera nacional con un amplio arcén no influye mucho en la conducción, pero si es en un puente puede generar un cuello de botella. El lugar donde se ha producido el percance va a servir para definir el suceso como cuello de botella.
Personalmente, tenemos un cuello de botella mental cuando tenemos algún problema o preocupación que nos influye en nuestras actividades cotidianas. Como personas que somos nos tomamos las cosas de forma diferente: lo que para unos es gravísimo, para otros no tiene importancia. Pero es difícil que cuestiones como un despido en el trabajo o la aparición de una enfermedad grave propia o de alguien cercano no nos afecten. Sea como fuere, la forma de ver si un problema ha supuesto un cuello de botella es pensar de adelante hacia atrás. ¿Cómo veremos lo que nos pasa hoy dentro de diez años? Si ese problema tiene influencia en nuestro posible futuro a largo plazo, la cosa es grave.
Por desgracia, existe un cuello de botella peor. El generado en el mercado de trabajo. Múltiples instituciones o empresas siguen con las mismas personas desde hace mucho tiempo. Y los que se jubilan no son sustituidos por nuevos trabajadores: los aumentos de la productividad debidos a la mejora tecnológica hacen que no sean necesarios.
Un caso claro es la administración. Los funcionarios que se van no son sustituidos por personas nuevas en la misma proporción: puede ser que si se van cinco venga uno. Las excepciones obvias son la sanidad (veremos que ocurre con la teleasistencia en el futuro), la educación (aunque se desarrollan cada vez más clases virtuales por Internet) o la policía (si no se inventan robots policías que todo se andará). Pero lo mismo ocurre en las fábricas: las personas que se jubilan tampoco son sustituidas por otras en la misma proporción. Incluso profesiones muy arraigadas como la contabilidad, el secretariado o la administración se pueden ver afectadas por los enormes avances existentes en los programas informáticos. Hoy en día existen aplicaciones a partir de las cuales cada gasto e ingreso realizado queda registrado directamente en la contabilidad de una empresa determinada.

A nivel mediático, en especial en el mundo de la radio y de la televisión, todavía se da un efecto más grave. Las personas que llevan mucho tiempo en los programas han adquirido gran relevancia y acaban pensando que son imprescindibles, de manera que cobran unas cantidades enormes, las cuales drenan ingresos a los jóvenes que desean prosperar en ese mundo. Una figura mediática de la radio y televisión puede cobrar entre dos y tres millones de euros mientras que los becarios que comienzan sueñan, simplemente, con ser mileuristas. Este efecto se traslada al mundo artístico, en especial el cine o la música. Han pasado años desde la aparición del famoso programa “operación triunfo” y los que permanecen…son los de la primera edición. Sin quitarles ningún mérito, cuesta creer que todos los de ese grupo fuesen tan buenos como para quedarse con todo el pastel, ¿no? Eso sugiere que la fama de este tipo de personas muchas veces viene inducida por los medios.
Un escritor lo tiene más difícil: ¿cómo publicitar un libro en la televisión? Se puede oír cantar a un artista, y es agradable. Es menos divertido oír la lectura de un libro. Hay otras vías: es inolvidable el éxito de Carlos Ruiz Zafón con “La sombra del viento”, una obra que vendió multitud de ejemplares con el fenómeno del boca a boca.
Es difícil evaluar la existencia de cuellos de botella en política. A veces da la sensación de que vienen más generados por el equipo que le rodea al líder del partido que por el líder en sí mismo. Por lo menos los criterios de elección han mejorado con el sistema de primarias, más justos que los anteriores procedimientos “digitales”. Pero sería deseable un límite más claro al tiempo de permanencia….en el mando del partido. Los líderes que tanto hablan de regeneración podrían establecer un límite a su propia permanencia en la cúpula de su partido para evitar la existencia de cuellos de botella.
Curioso, esto de los cuellos de botella. Un problema de los procesos de producción que se puede trasladar a la mente de las personas, al mercado laboral o a los partidos políticos.
Necesitamos desatascadores.

TTIP

El TTIP, por sus siglas en inglés, es un tratado comercial llamado “Asociación transatlántica de comercio e inversión” que están negociando, desde julio del año 2.013, la Unión Europea y los Estados Unidos. El objetivo principal del mismo es incrementar los flujos de comercio e inversión entre estos dos bloques económicos, los cuales generan el 45% del PIB global y el 60% de la inversión extranjera directa mundial formando un mercado conjunto de 800 millones de personas.
Para lograr dicho objetivo se pretende reducir o suprimir tarifas aduaneras, eliminar trabas burocráticas y armonizar en la medida de los posible las leyes (estándares medioambientales y laborales) e impuestos que gravan estas transacciones comerciales.

Curiosamente, la iniciativa de emprender estas negociaciones partió de las grandes multinacionales, no de los parlamentos. La idea era revertir la caída del peso del comercio de mercancías entre Estados Unidos y Europa, que había pasado del 7,2% del total mundial en el año 1.995 al 4,3% en el año 2.013.

La cuestión es que el asunto no es muy conocido a nivel público (aproximadamente siete de cada de 10 personas no sabe lo que es) pero ha originado fuertes movilizaciones en otros países europeos. Por ejemplo, están en contra del TTIP ideologías tan dispares como las de Donald Trump (Estados Unidos) y Marine Lepen (Francia), por un lado, y Podemos o Izquierda Unida por otro. En España se han posicionado a favor el PP, el PSOE y Cuidadanos. A nivel europeo, Alemania y Austria ven ciertos inconvenientes. Gobiernos como el británico o el italiano están así mismo por firmar el tratado pero no lo dicen en voz muy alta.

¿Qué tiene este acuerdo que origina unas controversias tan extremas? Según los análisis positivos, su aplicación generaría un aumento del PIB en Europa de 119.000 millones de euros y de otros 95.000 millones en Estados Unidos además de generar dos millones de puestos de trabajo. Para ubicarnos en este contexto, la Organización Mundial del Comercio (OMC) estima que sólo eliminar las barreras proteccionistas establecidas por el G20 después del estallido de la crisis en el año 2.008 podría generar un aumento anual del 423.000 millones de dólares al año y generar 9 millones de puestos de trabajo. Según los análisis negativos, podría ocurrir que las condiciones laborales de los trabajadores europeos en empresas norteamericanas fuesen igual que las de allí (Estados Unidos no ha firmado algunos de los convenios de la Organización Internacional del Trabajo, OIT), que se impulsase la energía fósil en prejuicio de las renovables, que las normas de etiquetado de los productos estuviesen más relajadas y que en consecuencia éstos fuesen menos seguros, que no se respetasen las denominaciones de origen o que las empresas pudiesen denunciar a los gobiernos de los países en los que operan por oponerse al “libre mercado”.

Entonces, ¿quién tiene razón? ¿A qué podemos atenernos?

En temas tan complejos como éste es difícil tener una opinión clara y concisa ya que el diablo está en los detalles, y muchos de ellos no los conocemos. Es decir, habría que hacer un gran estudio: hablar con agentes implicados, leer cómo estaban las leyes antes, cómo van a cambiar y conocer las áreas económicas en riesgo dentro de cada bloque comercial. Además, es fundamental emplear parte de las ganancias del tratado en buscar algún mecanismo de compensación para las personas que se queden sin trabajo.

Al menos, podemos reflexionar acerca de los asuntos más peliagudos, los cuales han originado las mayores protestas en Europa.

Uno: hay un secretismo muy alto. Las negociaciones tardaron un año en ser conocidas por la prensa. Y aunque la discreción en estos asuntos es normal (al menos existe una web para ciudadanos interesados), tanto misterio ha generado preocupación. ¿Qué es lo que no se ve?

Dos: tema de los transgénicos (productos modificados genéticamente) o productos químicos. En Estados Unidos, un producto es bueno para el organismo o el medio ambiente mientras no se demuestre lo contrario. En Europa, un producto es malo mientras no se demuestre lo contrario. Este asunto genera ventaja competitiva para los norteamericanos ya que terminan produciendo bienes a precios más bajos al tener menos exigencias jurídicas.

Tres: la posibilidad de instaurar tribunales de arbitraje entre el inversor y el Estado (cláusula ISDS) para proporcionar seguridad jurídica a las empresas. Por ejemplo, un Estado no podría cambiar las reglas a posteriori. ¿Puede generar eso un gobierno mundial de multinacionales?

Entonces, ¿con qué nos quedamos?

La evidencia empírica demuestra que la liberalización comercial genera expansiones económicas, y para ello bien está que se establezcan negociaciones entre diferentes bloques comerciales a nivel mundial. Y desde luego, cada bloque debe extremar el cuidado para determinar las áreas económicas que puede y debe proteger.

En todo caso, la conclusión ya se ha comentado en estas líneas pero merece ser, de nuevo, remarcada.

El diablo está en los detalles.