Archivos mensuales: noviembre 2015

Desequilibrios financieros y emocionales

¿Cuándo funciona correctamente una sociedad? Es muy difícil ponerse de acuerdo para contestar a esta pregunta, pero una contestación pertinente sería decir “cuando está en equilibrio económico, financiero y emocional”. ¿En qué consiste cada cosa?

Podemos definir equilibrio económico como aquella situación en la que todos los agentes de la sociedad tienen una retribución razonablemente justa con cargo a su situación personal. Sí, está claro en que no nos vamos a poner de acuerdo en la definición de “razonablemente justa” pero al menos podemos aproximarnos: consiste en que los jubilados puedan tener una pensión digna o que las personas ganen sus salarios con cargo a su productividad.

Una sociedad está en equilibrio financiero cuando las inversiones y la cantidad de dinero en la misma reflejan la realidad económica de manera que no se dan ni burbujas, ni corralitos ni altas inflaciones.

Por último, una sociedad está en equilibrio emocional cuando las personas que la componen tienen unas expectativas de acuerdo a sus capacidades que puede darse en el futuro. Por supuesto, eso no siempre ocurre ya que no todo el mundo puede triunfar en la música, el deporte o como ejecutivo de empresa. Pero al menos existen esperanzas razonables de que eso pueda ser así. En este sentido, la comparación importa mucho. Por ejemplo, en países donde existen altas tasas de crecimiento existen problemas si algunas clases sociales se enriquecen más que otras de forma dudosa, generando problemas de convivencia.

Vamos a analizar con este triple enfoque la situación en Grecia y en España.

El tema del equilibrio económico es más peliagudo de lo que parece ya que es difícil llegar al mismo. Para ilustrar la idea, un ejemplo. En la reciente ley de transparencia del Gobierno del PP los políticos no tienen obligación de informar de todas sus reuniones. Eso es muy grave, ya que eso puede generar ventajas jurídicas para ciertos lobbies económicos, y sabido es que en el mundo actual nadie da nada a cambio de nada. Una forma de evitar este tipo de problemas es buscar la existencia de la competencia en los mercados, y en España, la CNMC (comisión nacional de competencia), dirigida por José María Marín, ha hecho ciertos avances. Pero todavía queda mucho por hacer.

Respecto del tema de las pensiones, falta mucho para llegar al equilibrio. El ejemplo de los peluqueros de Grecia, que se jubilaban antes debido a que su profesión se consideraba de “alto riesgo”, es el más ilustrativo. Pero no olvidemos una idea: es inevitable cotizar durante más tiempo por una razón muy sencilla; el aumento de la esperanza de vida. Así, no parece injusto el aumento de la edad de jubilación, eso sí, equilibrándolo con el riesgo de cada una de las profesiones o con la posibilidad de realizar durante más tiempo la misma si existe algo de vocación por parte del trabajador, lo cual se da en profesiones como la medicina o la enseñanza.

Así, este es a mi juicio el mayor problema en el conjunto de las sociedades: buscar el equilibrio económico. En términos técnicos, que el salario de cada persona sea igual a su producto marginal.  Desde este enfoque, no veo muchas diferencias entre los dos países.

Respecto del equilibrio financiero, aquí es donde las posturas están totalmente alejadas. Vamos a valorar bien la situación. En Grecia se ha dado el temido corralito financiero, lo cual a estas alturas es impensable en España. Pero ha habido dos cuestiones que han hecho todavía mayor este desequilibrio y que tiene dos responsables claros. La primera, muy conocida: el falseamiento de las cuentas por parte del Gobierno para poder entrar en la Unión Europea. La segunda, recordada con acierto por el Nobel Krugman: las políticas que combinan austeridad y préstamos caros lleva a los países a la ruina. Y aquí la responsabilidad es de los componentes de la Troika: Banco Central Europeo (BCE), Fondo Monetario Internacional (FMI) y Unión Europea (UE). Por lo tanto, tiene sentido que se repartan las responsabilidades entre estas instituciones, ¿no? Por desgracia, ya se sabe que a nivel personal los componentes de los Gobiernos y de estas instituciones raras veces pagan por sus errores. Ese es uno de los grandes retos de nuestro tiempo, ya que generan las situaciones llamadas en economía de riesgo moral.

Llegamos al desequilibrio emocional. En España hemos pasado de las expectativas negativas a otras intermedias, pero las personas de alrededor de 30 años “entrampadas” en las hipotecas que compraron en lo alto de la burbuja inmobiliaria cuando los pisos “siempre subían” tienen expectativas más bajas que las que están en los 50, con pisos pagados y situación laboral más estable. En Grecia, por desgracia, la esperanza en un futuro mejor se ha derrumbado.

En todo caso, autoridades, gobiernos, instituciones y personas con poder ejecutivo: ¿cómo alcanzar estos equilibrios?

 

Javier Otazu Ojer.

Profesor de Economía de la UNED de Tudela.

Precio y valor: salud, economía y hepatitis C

Actualmente la visión del mundo moderno se caracteriza por la influencia de los aspectos técnicos y económicos sobre los humanitarios. La sanidad no ha podido escapar a esta corriente y, desde hace tiempo, comienza a priorizar las finanzas y los rendimientos al más puro estilo de una empresa del sector servicios. La valoración mercantilista del quehacer médico, traducida a veces de manera oblicua y exclusiva como “gasto en salud”, viene porfiando en su competición con el verdadero fin de la medicina, que no es otro que curar. Fuertes impulsos avalador desde ahce años por consideraciones reduccionistas de la Illiética LIberal hacen que la economía sanitaria, es decir, el dinero, rivalice con la ética médica y con la ética de la salud, y galope junto a los imperativos morales hipocráticos, desbocando a veces los caballos.
El paradigma de lo que acabamos de exponer se observa en el reciente conflicto ético-económico sobre el tratamiento de los enfermos afectador por hepatitis C. Se habla de números pero no de personas, de presupuesto per no de vidas, de escasez pero de dispendios anteriores. Domina la realidad que se empecina en poner límites presupuestarios a los enfermos para su curación y a los seres humanos para su dignidad. Una realidad profana que se impone tercamente, por ser más compleja que las reglas de juego de la razón, y que se inglina por abolir los derechos personales. Y para ello, no duda en arrinconar al humanismo, anteponiendo la sociedad al individuo y marginando a este individuo bajo el peso de la exigencia colectiva.
Quizá hay que enseñarles a quienes piensan que, en el plano social, el bien común pasa a través de ls personas individuales.
Todavía hay quienes no son conscientesd de que en el ejercciio médico se reconoce el valor absoluto de todo ser humano y, por tanto, su titularidad en cuanto a una serid de derechos entre los que la vida ocupa el primer lugar. Esta perspectiva asume, de este modo, la de la ley natural. La justicia se recupera aquí como virtud moral y como un principio fundamental del derecho. Una justicia conmutativa que está llamada a no perjudicar a nadie y una justicia distributiba entendida como reconocimiento de toda persona a recibir lo que le corresponde objetivamente, lo que le es debido deontológicamente por naturaleza. Son los Gobiernos quienes tienen el deber ético de satisfacer las necesidades de los enfermos, sin restringir los recursos necesarios y beneficiosos. Los poderes públicos no pueden basarse únicamente en el coste para limitar las prestaciones sanitarias, cuando en ello puede depender la vida del paciente. Por lo tanto, es el criterio clínico el que debe prevalecer y consideras la gravedad de la patología y la urgencia, dejando aparte cualquier otro aspecto económico, empresarial o social. Parafraseando a Elio Sggreccia en su manual de bioética afirmamos que este es el camino adecuado para construir e implementar una sanidad a medida del ser humano y de sus valores, evitando caer en la trampa de una alternativa ficticia (y mutuamente excluyente) entre ética y economía que, además, mutila el derecho a una asistencia médico igualitaria, sobre todo en los casos graves.
El “precio” actual de un tratamiento completo para curar una hepatitis C durante 12 semanas se eleva a 25.000 euros. Desconocemos si hay algún político, algún alto cargo sanitario que sea capaz de traducir y comparar ese precio con el “valor” de la vida humana. Aristóteles, San Agustín, los escolásticos, Marx e incluso los más recientes Rawls y Habermas, estarían encantados de solucionar esta disyuntiva. Como expresaba Oscar Wilde, algunos saben el precio de todo y el valor de nada. Ni siquiera saben el establecimiento de prioridades en política sanitaria cuyo primer principio , el más amplio, establece que todos los individuos tienen el mismo valor y los mismos derechos independientemente de sus características personales y su papel en la sociedad. El principio de necesidad tiene en cuenta la gravedad y el resultado esperado de las intervenciones. Esa necesidad no puede considerarse como un aspecto “marginal” por afectar a uno solo o unos pocos y juzgarse entonces como prioritaria. Ese necesidad tiene mucho que ver con los valores y la ética y con el concepto del hombre.
Desafortunadamente, en política de salud, la evidencia de que el establecimiento de un marco de valores haya servido para la toma de decisiones, es escasa. Al contrario, los principios de economicismo se han mostrado humanamente regresivos. Escudarse en ellos y no descender al ser humano singular es como quedarse en las masas. Pero las masas a veces sólo conocen sentimientos simples y extremos.

Félix Zubiri – Médico de Familia