Derecho a la cultura financiera.

Derecho a la cultura financiera.

La mayor parte de las personas va a pedir algún préstamo en su vida, generalmente para comprar un piso, aunque hay otras posibilidades: un coche, la apertura de un pequeño negocio, o la compra a plazos de un artículo, por ejemplo. Por otro lado, hay temporadas en las que podemos ahorrar, por lo que se nos abre un abanico de posibilidades: lo dejo en la cuenta corriente, hago un plazo fijo, compro deuda pública, cancelo un préstamo, entro en bolsa, quizás un fondo de inversión….
Cuando estamos en alguno de esos momentos, por los que la práctica totalidad de la población habrá pasado o va a pasar alguna vez, aparecen términos como la TAE, el tipo de interés nominal, el Euribor, la inflación, la fiscalidad, el riesgo soberano, la prima de riesgo, el mercado primario o secundario, las agencias de Rating, o el cálculo de la cuota del préstamo, entre otros.
¿Qué es necesario para tomar la decisión más adecuada (o por lo menos para no perderse) en estos escenarios? Cultura financiera. ¿Estamos suficientemente preparados para afrontar decisiones relacionadas con nuestras necesidades financieras o nuestros ahorros? Creemos que la mayor parte de la población no lo está.
Se han hecho múltiples sondeos en los países de la OCDE en los que se demuestran unos conocimientos ridículos de cultura financiera. Pero es que todavía hay más: estos problemas no sólo afectan a la población general. Muchas personas que gestionan nuestros ahorros tampoco están suficientemente preparadas. De hecho, deben afrontar una prueba de conocimientos a lo largo de este año 2.017 que demuestre un nivel adecuado al amparo de la directiva MiFID II, que se trata de un marco normativo que entra en vigor en el año 2.018.
Por poner algunos ejemplos, si uno de nosotros se plantea realizar una inversión, debe conocer las características de los activos, que son tres desde el punto de vista financiero: rentabilidad, riesgo y liquidez. Vamos a definirlas a partir de tres preguntas. ¿Cuánto dinero voy a recibir a lo largo del año por cada euro invertido teniendo en cuenta, por supuesto, los ajustes fiscales y la inflación? Eso es la rentabilidad. ¿Cuál es la probabilidad que tengo de recibir el dinero acordado? Eso es el riesgo. Y por último, ¿puede vender mi activo financiero con facilidad sin tener unas grandes pérdidas? Eso es la liquidez. Y existe la siguiente relación entre estos conceptos: obtendremos mayor rentabilidad con mayor riesgo y/o menor liquidez.
Por ejemplo, un bono del Estado va a tener una rentabilidad baja, ya que el riesgo de impago es bajo al estar garantizados por el Estado. En este caso, la liquidez es alta. Pero claro, si en vez de un bono del estado preferimos un plazo fijo pues la cosa cambia, como también es diferente si nos decantamos por un fondo de inversión o por invertir en bolsa.
Por otra parte, si pedimos un préstamo, lo importante no es el tipo de interés nominal que nos ofrece la entidad. Lo fundamental es el TAE, al ser un interés que tiene en cuenta otros gastos asociados al préstamo, como las comisiones, impuestos, tasaciones o primas de seguro obligatorias en la oferta que nos hace el banco. Además, tendremos que elegir el plazo a devolver el préstamo, y posiblemente nos ofrezcan contratarlo a tipo fijo o a tipo variable, en cuyo caso deberíamos saber qué es el Euribor y cómo se calcula. Y si pasado un tiempo tengo unos ahorros, ¿amortizo algo? Y si es así, ¿reduzco cuota o plazo?
Puede parecer un lío de conceptos, pero creemos que no lo es. Lo que sucede es que no hemos sido formados en esta materia, lo cual es incomprensible al ser operaciones totalmente habituales de casi toda la población.
Por otro lado, la cultura financiera es fundamental para comprender, exigir y ser más crítico con las políticas económicas del gobierno. Estos días se ha hecho público que se han perdido ¡¡40.000 millones de euros!! del rescate bancario. ¿Dónde han ido? ¿Cómo se van a pagar? Todavía hay más. Pese a que se habla de políticas restrictivas, se sigue gastando más de lo que se ingresa. Eso implica un endeudamiento por parte del Estado que ya supera el PIB (un billón de euros). Los gastos en intereses por persona en España son de unos 700 euros. ¿Es eso sostenible? ¿Qué va a ocurrir cuándo los tipos de interés comiencen a subir? Todavía hay más. El BCE (banco central europeo) está inyectando en la zona euro cada mes 60.000 millones de euros en su conocida política llamada QE. ¿Dónde va a parar ese dinero? ¿Cuánto tiempo van a durar esas políticas? Todavía hay más. Los paraísos fiscales. El BPI (banco de pagos internacionales) que tiene una gran influencia en la sombra. La creación de un sistema financiero alternativo en Asia (BAII).
Rotundamente sí. Necesitamos cultura financiera (y es nuestro derecho).
Javier Otazu Ojer. Profesor de Economía de la UNED.
José Félix García Tinoco. Premio Nacional de Fin de Carrera en Empresariales y en ADE

El coste de oportunidad.

El primer concepto que se da en las clases de economía es el de coste de oportunidad, definido como “cantidad de un bien que sacrificamos por conseguir una unidad adicional de otro”. Para comprender la idea, supongamos una persona que tiene 30 euros para gastar el fin de semana en bebida. Sus opciones son la cerveza (a dos euros cada una) o el cubata (a 6 euros). Si se gasta todo el dinero en cervezas puede consumir un total de 15, si se lo gasta en cubatas puede consumir 5. ¿Cuál es el coste de oportunidad de un cubata? Tres cervezas, puesto que son las que se puede comprar con el precio de un cubata. En sentido contrario, ¿cuál es el coste de oportunidad de un cubata? El inverso del anterior, es decir, un tercio de cerveza.
Los manuales de economía citan un ejemplo clásico: Robinson Crusoe. Suponen que está en la isla y puede invertir su tiempo en conseguir cocos o peces. Imaginemos que si está todo el día bajo las palmeras puede conseguir 15 cocos y si decide pescar logra 30 peces. Aquí lo curioso es que el coste de oportunidad varía: por el primer coco no se dejan de pescar muchos peces, pero por el décimo sí. Al fin y al cabo, posiblemente el primer coco esté a mano. Los posteriores son más difíciles de recoger. Y lo mismo podemos decir de los peces: el primero se pesca con facilidad, pero para el vigésimo hay que esperar más tiempo. En otras palabras, el coste de oportunidad es creciente. Es más barato en términos de cocos el primer pez que el vigésimo.
La mayor parte de las decisiones que tomamos en la vida llevan aparejados un coste de oportunidad. Aunque los libros se centran en los recursos, más importante es el tiempo. Vamos a recordarlo: el dinero va y viene, el tiempo sólo se va.
El coste de oportunidad de leer estas líneas es no dormir más tiempo, no consultar el móvil o no tomar café con un amigo. Pensemos en una persona que se prepara una oposición: mientras estudia, no puede trabajar. Tampoco puede hacer deporte, ver la televisión o cuidar algún familiar. Por eso debemos ser tan delicados en el manejo del tiempo: realizar una actividad determinada implica no hacer otras actividades que también podían ser opciones válidas.
Sí, claro que hay que tener en cuenta el dinero. Puede ser que el coste de comprar un coche sea no reformar lo cocina o no ir de vacaciones. Por supuesto, no se trata de obsesionarse con la toma decisiones. Pero saber que toda decisión tiene un coste “que no se ve” es muy útil para poder elegir mejor.

No deja de ser curioso cómo valoramos más las decisiones monetarias que las referidas a nuestra salud (o lo que es lo mismo, a nuestra energía presente y futura). Los excesos tienen un coste que no sólo es monetario. El tabaco está por las nubes, pero el coste futuro en salud (para la persona que se pone enferma y para el sistema sanitario que cubre sus cuidados) está en la estratosfera. ¿Cómo podemos ser tan irracionales en aspectos relacionados con nuestra salud? El último premio Nobel de Economía, Richard Thaler, lo explica a partir de la economía del comportamiento mediante una idea muy sencilla: sobrevaloramos el corto plazo. Por la misma razón, los políticos no toman las decisiones más adecuadas a largo plazo.
Ya que estamos en los políticos, ¿cuál es el coste de oportunidad de sus promesas electorales? Teniendo en cuenta que casi toda promesa electoral vale dinero (a excepción de cambios jurídicos), hay tres posibilidades. Uno, endeudarse. Dos, subir los impuestos. Tres, quitar de otro lado. No hay más. Por otro lado, ¿cuál es el coste de oportunidad del tiempo que dedican a la política? Unos sacrifican una carrera profesional, pero también muchos otros no tienen otra alternativa posible. En consecuencia, hacen lo imposible por permanecer en sus puestos.
El triste asunto de los incendios de Galicia o Portugal tiene que ver con esta idea. Como es lógico y normal las críticas hacia las administraciones arrecian. ¿Valoraron el coste de oportunidad que supone reducir recursos para combatir estos problemas en términos de lo que se podía perder después? Parece que no.
El no menos triste asunto del procés también camina por esta senda. El coste de oportunidad de todo este choque de trenes es el olvido de las problemas que tenemos y las necesarias reformas para afrontarlos: las pensiones (sólo quedan para diez años), la competitividad del país, el invierno demográfico, el desequilibrio territorial o afrontar los problemas de empleo son casos claros. Y eso sin olvidar los problemas que se han generado de convivencia.
Sí. El concepto más útil para entender la economía en general y nuestras decisiones en particular es el del coste de oportunidad.

El artículo 155

¿Hay que aplicar el artículo 155? Claro que sí. Muchas cosas nos irían mejor si se tendría más en cuenta, ya que su no aplicación genera amplios problemas sociales. Merece la pena recordar lo que dice.
Los hijos deben:
1. Obedecer a los padres mientras permanezcan bajo su potestad, y respetarles siempre.
2. Contribuir equitativamente, según sus posibilidades, al levantamiento de las cargas de la familia mientras convivan con ellos.
Por supuesto, me refería al artículo 155 del Código Civil. A menudo se comenta que algunos jóvenes tienen derechos y no obligaciones. Es pertinente recordar los aspectos a los que les hemos acostumbrado: vivimos tan ocupados que como a veces no tenemos tiempo de estar con los hijos decidimos sustituir dicho tiempo por dinero y derechos adquiridos. Y para cuando nos damos cuenta, ya es demasiado tarde. Eso sí, también los hijos deben conocer las obligaciones de los padres, para lo cual acudimos al artículo 154 del Código Civil, el cual dice así:
Los hijos no emancipados están bajo la potestad de los padres. La patria potestad se ejercerá siempre en beneficio de los hijos, de acuerdo con su personalidad, y con respeto a su integridad física y psicológica. Esta potestad comprende los siguientes deberes y facultades. Primero, velar por ellos, tenerlos en su compañía, alimentarlos, educarlos y procurarles una formación integral. Segundo, representarlos y administrar sus bienes. Si los hijos tuvieren suficiente juicio deberán ser oídos siempre antes de adoptar decisiones que les afecten. Los padres podrán, en el ejercicio de su potestad, recabar el auxilio de la autoridad.
Si los padres y los hijos tienen muy claras estas normas y las cumplen (con los lógicos desvíos estipulados entre ellos) es razonable pensar que la convivencia sería mucho más fácil, ¿no?
En este contexto, podemos meditar acerca de las normas de convivencia efectuadas entre Cataluña y el resto de España. ¿Qué ha fallado? ¿Cómo hemos podido llegar hasta aquí?
Antes que nada, debo expresar una gran preocupación acerca de lo visto y leído en diferentes medios de comunicación. Pocas veces he visto un tratamiento tan diferente para un mismo suceso.

Lo que para unos es incumplimiento de la ley, para otros es incumplimiento de un derecho fundamental (esté en el ordenamiento jurídico o no) como es el derecho a expresar libremente una opinión. Lo que para unos es una gigantesca represión policial con más de 800 heridos, para otros son sólo dos hospitalizados en un ámbito en el que las fuerzas del orden se dedicaron a hacer cumplir las leyes. ¿Cómo hemos podido llegar a esta situación, la cual está dinamitando múltiples cauces de convivencia? Ya han comenzado los boicots de productos catalanes en España y de productos del resto de España en Cataluña. Hemos visto imágenes de la Guardia Civil y la Policía Nacional en algunos pueblos catalanes que recuerdan los peores años de plomo vividos en el País Vasco. Se trata de parar esta situación cuanto antes.
Así, se tornan necesarios evaluar dos aspectos básicos, los cuales se encuentran, al parecer, marginados.
Primero: en esta batalla de relatos nadie se ha preocupado de valorar las ganancias y pérdidas asociadas a la posible independencia catalana. Eso es fundamental: en caso contrario, el derecho a decidir se torna sesgado. ¿Qué beneficio fiscal tendrían los catalanes al pagar menos impuestos a Madrid? ¿Qué ocurriría con las pensiones? ¿Cómo se pagarían las infraestructuras pendientes? ¿Saldría Cataluña de la Unión Europea y del euro? ¿Cómo se gestionaría en ese caso el nuevo país? ¿Variarían los impuestos? ¿Qué derechos tendrían los españoles que están instalados en Cataluña?
Segundo: en algunos países, existen organismos independientes que valoran la veracidad de algunas promesas electores o de diferentes declaraciones realizadas por políticos. Sí, es muy cansado escuchar declaraciones altisonantes sin pararnos a pensar si son ciertas o no (en economía del comportamiento, al hecho de creernos algo sin pensar en ello se le llama Gullibility). Unos dicen que si se independiza, Cataluña perderá miles de millones de euros. Otros, que los ganará. A unos y a otros, por favor, que nos expliquen cómo va a ocurrir eso con cifras y letras.
Por último, podemos comentar el tema del artículo 155 de la Constitución, el cual otorga la potestad al Gobierno Central de suprimir una autonomía en caso de que el interés de España corra peligro. ¿Debe aplicar el gobierno este artículo?
Para unos, es lo más correcto. Al fin y al cabo, un presidente de una comunidad autónoma promete hacer cumplir la Constitución; si no lo hace, ha incumplido su mandato y en teoría no debería seguir en el cargo. Para otros, es una locura aplicarla. La gran movilización social existente lo hace inconveniente y puede profundizar los problemas de convivencia. Mejor buscar diálogo (o directo, o con mediadores).
De lo que se trata es de tomar una decisión. Y no es esa la mejor virtud del presidente del Gobierno.

Efectos colaterales.

Muchos y variados análisis se han hecho del referéndum ilegal del uno de octubre. Y después de la batalla, cada parte tiene un relato fijo e inmutable. Por un lado, no puede ser que un gobierno se salte la ley para promover un referéndum orientado a un resultado predeterminado. Por otro lado, no puede ser que cuando alguien vaya a un colegio electoral en plan pacífico la respuesta policial sea desproporcionada. Los de un lado piden la aplicación del artículo 155 de la Constitución y la suspensión de la autonomía catalana. Tiene lógica: ¿cómo se puede permitir que un presidente de una comunidad se salte un día sí y otro también esa Constitución que se comprometió a respetar desde el momento en el que asume su cargo? ¿Cómo alguien que fomenta la división de la sociedad hasta romper familias o señalar a personas que no están de acuerdo con sus ideas puede ocupar semejante responsabilidad? Pero claro, el otro lado tiene también su lógica: es cierto que la mayor parte de la sociedad catalana admite que el referéndum no era vinculante. Sin embargo, en un mundo de imágenes en el que a menudo importa más la forma que el fondo no se puede permitir esos ataques policiales a personas que simplemente quieren ejercer de forma pacífica un derecho. Por cierto: desconcierta la cifra del total de personas que han resultado heridos. Según unas estadísticas, ha habido un total de 800. Pero otros dicen que han sido personas a las que se les ha hecho un diagnóstico médico en medio de todos los altercados, y que tan sólo ha habido dos hospitalizados. Además, uno de ellos era un anciano que sufrió un infarto. Sí, tenía razón Mark Twain. Hay mentiras, grandes mentiras y estadísticas.
No obstante, las cosas son más complicadas de lo que parecen. Estamos programados para valorar a una causa, un efecto. Y sin embargo, a menudo lo que pasa es que muchas causas llevan a muchos efectos. Además, lo hace de forma difusa. Y como no nos gustan las explicaciones complejas, nos conformamos con explicaciones sencillas. Eso es el caldo de cultivo de los populismos. El paro no es culpa de los inmigrantes, es algo más complicado.
En consecuencia, vamos a valorar las causas, y sobre todo, la gran cantidad de efectos a lo que nos puede llevar el “procés”.
Como causas, se puede valorar la supresión del Estatut (¡¡aunque según las encuestas en esos momentos Cataluña era la comunidad más satisfecha con su autonomía!!), la injusticia fiscal, el tema educativo, la inacción del Gobierno central, la posible manipulación informativa de los medios o un intento de desviar la atención respecto de la corrupción del gobierno catalán. Curiosidad: Puigdemont admitió que había votado en contra del derecho a la autodeterminación de los kurdos. Eso no es muy independentista, no.
Pero lo preocupante son los efectos. Vamos a verlos.
Uno. La lucha de los relatos es descomunal. Por primera vez, la diferencia de tratamiento de lo ocurrido en los medios de comunicación es sideral.
Dos. El posible boicot en Cataluña a productos españoles, en España a productos catalanes. Es una situación mala para todos, y no veo como pararla. Por ejemplo, muchos viajes del Imserso ya no quieren que su destino sea Cataluña.
Tres. Total olvido de los problemas estructurales existentes en nuestro país. Mientras discutimos si son galgos o podencos, la competitividad continúa cayendo.
Cuatro. Familias rotas por temas políticos. Es una desgracia perpetua en la historia de la humanidad: unos tienen una vida desgraciada a causa del cuento del que viven otros.
Cinco. La espiral del silencio. Miedo a decir una opinión que me puede llevar a enemistades. Hoy en día eso no ocurre por declararse de una religión o de un equipo de fútbol. Sí en el ámbito político, en especial en Cataluña.
Seis. La inestabilidad política genera menos inversiones. Y no sólo eso. Algunos empresarios reconocen que han empezado a dejar mercancía en el puerto de Valencia, no en el de Barcelona.
Siete. La inestabilidad política hace que suban los tipos de interés de la deuda, sea pública o privada. Eso supone unos costes de 2.000 millones de euros que se pueden alargar a los 7.000 millones de euros si la situación persiste. Curioso, las políticas de la CUP logran que sus “amigos” los fondos financieros ganen más dinero.
Ocho. Cultura del enfrentamiento que se puede generalizar. Dime en que grupo estás y te diré que WhatsApp recibes.
Nueve. Para algunos, el más grave. El Fútbol Club Barcelona podría no jugar la liga española.
Diez. John Von Neumann fue uno de los grandes genios del siglo XX, ideando en el campo de la economía la célebre Teoría de juegos. En el juego del gallina, dos coches se acercan en frente. El primero que se desvía, es un gallina y pierde.
En nuestro caso, los coches se han estrellado.
Necesitamos mecánicos.

Contra las elecciones.

Este es el original título de un libro publicado por el historiador belga David Van Reybrouck y cuya tesis principal es que la toma de decisiones global basada en las elecciones democráticas de toda la vida o en referéndums ya no sirve. El libro se ha publicado a comienzos de este año en su edición española (editorial Taurus) pero fue escrito en el año 2.013, antes de conocerse los dos resultados más sorprendentes de los últimos tiempos: el Brexit y la victoria de Donald Trump.
Pensemos, en primer lugar, la razón por la cual el sistema actual no es el más adecuado posible. Supongamos que se debate en un referéndum sobre la sanidad: ¿debe ser pública o privada? Es muy difícil saber la solución adecuada, ya que cada sistema tiene su inconveniente. Si es pública, los sanitarios tienen menos incentivos para hacer bien su trabajo (cuidado, se trata de un supuesto teórico: la mayor parte de los sanitarios encuentran más satisfacción intrínseca en realizar bien su labor más que en el salario que reciben) y la población tiene incentivos para acudir a urgencias a poco que sienta un mínimo malestar (dichos malestares bajan significativamente si coinciden con un acontecimiento deportivo de interés). Pero por otro lado la sanidad debe ser un derecho universal, ¿no? El tema es su coste y que no deja de crecer. Eso es debido al envejecimiento paulatino de la población y al aumento de la esperanza de vida. Entonces ya tenemos la solución: la sanidad privada. Los costes serán más razonables ya que la eficiencia de los centros aumentará. Pero eso nos lleva a que los sanitarios se encuentren en una situación de precariedad laboral. Eso, inevitablemente, afectará a su desempeño profesional. Además, si la sanidad es privada la desigualdad entre ricos y pobres aumenta. Los primeros pueden cubrir cualquier imprevisto, los segundos (aunque exista un mínimo asistencial para todos sufragado por el Estado) no. ¿Qué es mejor?
No parece un problema de fácil solución. Yo, personalmente, no sabría qué decir. Lo lógico sería consultar a los que entienden del tema y a partir de ahí que entre todos llegasen a un acuerdo para recomendar la política adecuada al Gobierno y a la oposición, si el asunto se considera de interés nacional. Es evidente que los expertos seleccionados deben estar propuestos, con proporcionalidad electoral, por todos los partidos con representación en el Congreso.
La propuesta de Van Reybrouck, ya ensayada en países como Irlanda, es más atrevida. Seleccionar por sorteo un grupo de personas y darles un tiempo adecuado (en el caso de la ley del aborto han seleccionado a 100 personas les han dado 8 meses) para buscar de todas las fuentes de conocimiento posibles y obtener una recomendación para el Gobierno.

Quizás estas soluciones serían útiles en el caso del Brexit, pero no sirven para los resultados electorales de Estados Unidos. Al fin y al cabo, ¿cómo saber si las políticas que más me convienen como elector norteamericano son las de Hillary Clinton o las de Donald Trump? No olvidemos lo que está pasando hoy en día: el político hábil focaliza uno o dos problemas a su interés y da algún remedio sencillo para resolverlos. Problema: el paro. Solución: control de la inmigración con un muro, aumento de aranceles para defender la industria nacional. Desde luego, las cosas no son tan sencillas, pero así es el mensaje que nos venden.
Una solución atrevida y viable tecnológicamente es que cada persona conteste una encuesta sobre diversos temas de interés. Puede responder sólo a las preguntas que más le importen. Un algoritmo le dice a quién debe votar. Punto. ¿Absurdo? Claro que no. El algoritmo más famoso del mundo es Google, y lo manejamos diariamente. Eso sí, debemos indicar que esta solución se puede ajustar. Si un ciudadano se siente muy de derechas, de izquierdas o simpatiza con un determinado líder no puede tener el voto más claro. Pero para el resto de personas sería útil.
Existen más opciones que ayudan a delimitar el voto que se han ensayado en otros países. Por ejemplo, un consejo independiente decide hasta qué punto las promesas que hacen los partidos son creíbles. Normal, no se pueden subir las ayudas a los parados sin aumentar los impuestos o las cotizaciones, quitar de otra partida o aumentar la deuda. Otra posibilidad que mejora la democracia es el cumplimiento por objetivos y la rendición de cuentas. Es decir, si no llego a una cifra macroeconómica, a la calle. Si una política (ese rescate bancario…) lleva a la ruina a muchas personas, que quien la haya realizado pague por ellas.
En consecuencia, según todas estas tesis ya tenemos una nueva solución. No votar. Además, esta solución es útil. Sirve para todo, evita enfrentamientos y populismos.
Sí, la solución es extrema. Pero un aspecto es indudable: la democracia de ayer no sirve para el mundo de hoy.

Entidades intersubjetivas.

Una entidad intersubjetiva, en palabras del intelectual Yuval Noah Harari, es una “red de leyes, fuerzas o lugares que sólo existen en nuestra imaginación”. Según esta tesis, un país en sí mismo no existe. Está sólo en la imaginación de las personas. Pensemos en la caída de la URSS: una persona podía pasar, de la noche a la mañana, a convertirse de soviética a ucraniana, por ejemplo. ¿Cambiaba eso los sentimientos de la identidad de dicha persona ese factor? Claro que no. La clave, como ocurre a menudo, viene dada por la educación. Y en este aspecto es más importante la familia que el colegio, aunque sin duda, todo pesa. Supongamos un niño que ha tenido una educación en casa y cuando acude a clase observa que todos los demás piensan lo contrario que él. Lo más lógico es que siga la marea de lo que le cuentan el resto de compañeros. De hecho, existe un experimento que corrobora esta idea realizado en adultos.
La idea es la siguiente. Tenemos cinco personas. Cuatro son actores, la quinta no. Se les dan dos palillos y se les pregunta cuál es más largo de los dos. Aunque tienen la misma longitud, los actores dicen que los palillos no miden lo mismo. La quinta persona, la cual es la víctima, ante el sonrojo que supone quedar mal con los demás, dice que la longitud es distinta aunque ve clarísimo que no lo es. En otras palabras, muchas veces renunciamos a lo que vemos o a nuestras ideas (a no ser que tengamos un principio muy arraigado) por simple aceptación social. Ni que decir tiene que se pueden manipular cerebros con técnicas asociadas a esta idea.
Esto nos enseña algo fundamental: es bueno replantearse ideas de manera constante. El caso más impactante lo recuerdo de un obispo alemán: cuando era sacerdote, observó que era católico debido a que esa era la educación que había recibido. Si hubiese nacido en una aldea perdida de Afganistán, pensó que sería musulmán. Eso le llevó a investigar de la forma más profunda posible todas las religiones para descubrir si existía alguna verdadera. Finalmente, sus convicciones quedaron más firmes. Por supuesto, esta historia tiene su reverso. En economía del comportamiento, se llama “efecto de San Manuel” al siguiente caso. Una persona tiene unas ideas muy profundas; tan profundas que las difunde con gran entusiasmo. Cuando tiene muchos convencidos, se hace una prospección interior y descubre que sus ideas son falsas. ¿Cómo debe comportarse a partir de ahora?
También son entidades intersubjetivas marcas comerciales o algunas entidades deportivas. Pensemos en Osasuna. Si se derrumba el campo de fútbol o el equipo tiene un accidente sigue existiendo: se juega en otro lado, se hacen fichajes. Eso es debido a que está en la imaginación (¡y el sentimiento!) de muchas personas.

El efecto más positivo de las entidades intersubjetivas es que nos permiten colaborar con desconocidos. Así se han logrado avances científicos y sociales enormes. El efecto más negativo, la gran cantidad de guerras y muertes que han generado.
En fin, ya hemos llegado al caso de moda. Hola, Cataluña. ¿Será un adiós? Todo indica que no, ya que las implicaciones jurídicas que encierra son enormes. Pero como vemos es un patrón que se ha repetido muchas veces a lo largo de la humanidad: una lucha por algo que sólo existe en la imaginación de las personas. Curioso, ¿verdad?
En el procés se pueden destacar tres cosas. Uno, el tema del incumplimiento de la ley. No parece justo que por aparcar su vehículo diez minutos adicionales en la zona azul alguien deba pagar una multa enorme, ¿verdad? ¿Por qué ellos pueden incumplir las leyes “injustas” y nosotros no? Además, ¿nos podemos fiar de un gobierno que se salta las leyes?
Dos, el papel de la CUP. Para ellos, su objetivo final es un Estado Marxista. El medio para ello es la independencia (tiene otro objetivo: destruir Convergencia, el partido de la “burguesía catalana”; la verdad, eso lo está haciendo muy bien).
Tres, el tema del derecho a decidir. Es lógico que existan posiciones a favor y en contra, pero hay un problema. ¿En qué nivel parar? Supongamos que gana la independencia pero que en Tarragona el 70% ha votado en contra. ¿Es justo que siga dentro de Cataluña? A lo mejor Reus ha votado en un 80% a favor de la independencia. ¿Es justo que siga en España? Puede ocurrir que un barrio de Reus haya votado en un 75% a favor de seguir en España. Sucesivamente, continuando de forma indefinida con esta lógica, terminamos en cada persona particular. Y a su sentimiento de identidad. En el mismo, lo más importante es el sentido de pertenencia (incluido su club de fútbol o asociación de tiempo libre), el religioso (puede no existir), y sus valores personales.
Así, surge una pregunta.
¿Se debe imponer a alguien su identidad por ley?

El efecto Juana Rivas.

Sin duda, el caso de la custodia de los hijos de Juana Rivas y Francesco Arcuri ha terminado generando un fenómeno social de alta magnitud que ha proporcionado muchos y variados debates relacionados con la igualdad, los malos tratos y la efectividad de la justicia para lograr una solución lo más equitativa posible en estos casos sin olvidar lo que obviamente es más importante: los niños.
Los debates, debates son. En ese caso, es complejo aportar ideas a quien está previamente convencido de algo. Pero se pueden ver otros enfoques relacionados con el tema de la igualdad de hombres y mujeres.
Primero, se ha aprobado un paquete de mil millones de euros de cara a fortalecer la igualdad de género. Sin duda, es sorprendente que en este caso todos los partidos políticos se hayan puesto de acuerdo. ¿Por qué no se da eso en ámbitos tan fundamentales como la educación? Muy fácil. Estamos gobernados por modas (la violencia machista) e interés partidista (interesa más un enfrentamiento por algo que un acuerdo del que pueda apropiarse el gobierno de turno, sea el que sea). Además, ¿a dónde va a parar todo ese dinero? Por desgracia, a veces da la sensación de que existen muchos organismos públicos cuya aportación al objetivo buscado es escasa. No veo cómo a un salvaje que acaba con la vida de otra persona, sea en un arrebato o en un plan minuciosamente calculado, le puede afectar un cartel a la entrada de una ciudad.
Segundo, cuidado con la discriminación positiva. En una encuesta reciente y sorprendente, había más hombres que se sentían discriminados por su género (vía judicial en separaciones matrimoniales o vía empresarial) que mujeres.
Tercero, para discriminación, la de los suicidios. Por cada mujer que se quita la vida, lo hacen tres hombres. ¿Se puede trabajar en igualar esa tasa?
Cuatro, un juego de palabras. Pensemos en lo que supone la expresión “yo soy machista” superpuesta con la expresión “soy feminista”. Es obvio el matiz negativo de una y positivo de otra.
Quinto, aunque sea una perogrullada. De la misma forma que la mayor parte de las personas deseamos que no haya hambre o guerras en el mundo, salvo casos extremos lo mismo ocurre con la igualdad entre hombres y mujeres, ¿no?
Es el momento de volver a Juana Rivas. Absurdo es dar la razón a uno u otro, ya que en la mayor parte de los casos el asunto termina en creer a uno o de los dos (llegarán los tiempos en los que los matrimonios se grabarán discusiones o peleas para usarlas como pruebas en caso de extrema necesidad). Se trata de otra idea.
Juana Rivas tuvo la solidaridad de todo su pueblo, la cual queda refrendada por los famosos carteles de “Juana está en mi casa”. No obstante, Juana estaba actuando fuera de la ley. Debía entregar a sus hijos a la justicia, y no lo hizo en el momento adecuado. De acuerdo al orden jurídico que nos obliga a todos, debe pagar por ello. Y aquí es donde viene el problema. Tanta solidaridad y apoyo (incluido, por subirse a la ola de la demagogia fácil, políticos de varios partidos) le ha hecho tomar una decisión equivocada. Los que le han apoyado nada tienen que pagar. Sin embargo, ella sí. Pasado el tiempo y el chaparrón mediático, Juana se encontrará con las consecuencias de sus hechos. Pues bien, a los casos en los que tomamos decisiones que no nos convienen apoyados por una causa superior se le puede denominar el “efecto Juana Rivas”.
Vamos a ilustrarlo con otro ejemplo. Algunos políticos en Cataluña van a impulsar el referéndum del día 1 de octubre. Por supuesto, van a encontrar un gran apoyo en la calle y en algunos medios de comunicación. Sin embargo, corren el riesgo de perder parte de su patrimonio debido a los costes de dicho referéndum. Por lo tanto, cuidado. Muchas veces tomamos decisiones en caliente espoleados por otras personas sin tener en cuenta que la mayor parte de las consecuencias puede recaer en nosotros mismos.
Los autores de los atentados de Barcelona también han sido víctimas de este efecto. Su coste ha sido mayor: han pagado con su vida. Sí, también falleció el tristemente famoso Imán de Ripoll. Pero no es lo habitual. Además, los que ganan son los ideólogos del ISIS, que incrementan su poder e influencia a cambio de sangre. En este caso, la causa superior no es ni la igualdad, ni la independencia. Es preservar el Islam puro. No importa: el efecto es el mismo.
De lo que se trata es de presionar a una persona para que haga algo a cambio de un ideal o un beneficio para otros. ¿Y quién es ésta persona?
La que pone el cascabel al gato

NOVEDADES.

Estimados socios y seguidores:
Aunque vamos un poco más despacio de lo previsto, estamos preparando un acontecimiento muy novedoso para comienzos de otoño, ya que entendemos que el mundo nuevo que nos toca vivir exige respuestas por parte de la sociedad civil.
Para ser más fuertes, necesitamos personas comprometidas. Por favor, los interesados pueden entrar en el correo de la web o escribirme (javi.otazu.ojer@gmail.com). Si me dejáis el teléfono, os llamaría lo antes posible.
Creemos que se debe fomentar el desarrollo personal individual, ya que no hay otra forma de mejorar el conjunto de la sociedad.
Muchas gracias.
Javier Otazu.

Talento.

¿Qué es el talento? ¿De dónde viene? ¿Vivimos realmente en una economía del talento, de manera que aquellos que tienen más, ganan más? Este un debate que sirve para obtener conclusiones prácticas.
Podemos definir el talento como una capacidad innata para realizar una actividad determinada como un deporte particular, el arte o algún tipo de disciplina profesional.
¿A qué personas asociamos la palabra talento? El compositor Wolfang Amadeus Mozart puede ser el primero de la lista. Pintores como Picasso, cantantes como Frank Sinatra, escritoras como Ana María Matute, actores como Robert de Niro, deportistas como el recientemente retirado Usain Bolt o Michael Jordan están también asociados al talento. Sin embargo, cuanto analizamos estos casos comienzan a surgir diferentes sombras. Ya Malcolm Gladwell demostró, con su célebre “regla de las 10.000 horas” que para ser hábil en cualquier tipo de disciplina se debe trabajar durante todo ese tiempo. Es mucho, sí. Ello nos lleva a una primera conclusión: más importante que el talento es el trabajo y el esfuerzo. Esta idea debería estar implantada desde los primeros cursos escolares; muchos niños que son buenos para cierta actividad se duermen en los laureles y no terminan de desarrollar todo su potencial. Una pena enorme, ¿verdad?
Así pues, ya sabemos que un talento específico sin un esfuerzo asociado sirve de poco. Ahora bien, ¿de dónde viene el talento de una persona? Claro que tiene componente genético, pero primero se debe detectar y después se debe desarrollar en un entorno adecuado. Pongamos una persona con una habilidad especial para la pelota que haya nacido en Indonesia: no se podrá detectar el talento ya que esa actividad no se realiza en su país de origen y como consecuencia de ello su entorno no es el adecuado para desarrollarse. Eso nos lleva a la idea de que se deben buscar mecanismos educativos para conocer el talento de los niños que acuden a la escuela.
Es posible que un estímulo adecuado sirva para desarrollar un talento. Un niño que tenga un talento especial para jugar al ajedrez (curiosamente, el tercer deporte en licencias mundiales después del fútbol y del atletismo) no puede profundizar en el mismo si no conoce las reglas del juego. Pero es que además se debe tener pasión, curiosidad y ganas de jugar partidas, y ahí es donde el entorno tiene una importancia enorme. Ello pasa por establecer los incentivos adecuados para los hijos y los padres: torneos atractivos para todos (muchos restaurantes tienen éxito al tener zonas especiales de juego para niños; es un ejemplo claro de entorno adecuado) en los que los padres tengan algún entretenimiento adicional además de ver las partidas y en el que los hijos aspiren no sólo al primer puesto. Disfrutar de cada partida, del viaje, de la compañía de otros niños con la misma afición o de una comida conjunta es un buen estímulo para ir a jugar torneos de ajedrez.
La intuición nos dice que es más fácil desarrollar un talento especial con dos aspectos que nos ayudan a llevar una vida más serena y feliz: la pasión y la curiosidad. ¿Quién conoce alguna persona feliz que no haga las cosas con entusiasmo o que no tenga interés por conocer más del mundo que le rodea?
Una forma útil de desarrollar el talento es no focalizarse en un único tema: en un mundo que avanza dentro de un marco global en el que las diferentes disciplinas del saber se integran entre sí, la capacidad de detectar patrones ocultos es fundamental. En otras palabras, si una persona se dedica a la astronomía no le va mal aprender algo de música o de baile. ¿Acaso no podemos considerar el Universo como algo armónico lleno de constelaciones que “bailan” en esas noches de verano estrelladas que tanto nos gustan? Es posible que saber algo de un tema sirva para explicar algo de otros. Por ejemplo, en un reciente artículo de prensa un doctor en física aplicaba sus conocimientos para explicar la situación del mercado laboral en España. Sorprendente, ¿verdad?
Por último, ¿premia la economía al talento? ¿O se necesita padrino?
Primero, si alguien tiene un talento especial que no está valorado en el mercado, claro que no. Por ejemplo, el campeón mundial de lanzamiento de azadas no aspira a obtener una gran cantidad de dinero. Se debe conformar con un trofeo y un jamón.
Segundo, un padrino ayuda muchísimo. En caso contrario, se trata de abrirse un pequeño hueco y saber abrirlo poco a poco. En el mundo de hoy, existen muchas personas con un talento especial que no lo han explotado por no haber sabido venderse. Y es que la palabra vendedor (que asociamos a las viejas enciclopedias) no está bien valorada en la sociedad. Sin embargo, todos estamos vendiéndonos constantemente.
En fin, conviene aprovechar la época veraniega para reflexionar, pensar en nuestros talentos, desarrollarlos y aprovecharlos.

Terrorismo.

¿Qué conclusiones se pueden sacar del reciente atentado en Barcelona? En circunstancias de tanto dolor, y cuando las emociones están a flor de piel, es difícil valorar la situación como un observador externo que se limita a valorar los hechos. No obstante, ¿por qué no intentarlo?
Se ha valorado de forma positiva la colaboración ciudadana y la espontánea ola de solidaridad que ha surgido entre todas las personas. Bueno, es algo lógico y normal. Todos somos humanos, y la mayor parte de nosotros habríamos reaccionado así. No se puede sobrevalorar un comportamiento que en el caso de no tenerlo, genera un delito. Desde luego, lo razonable es, cuando empieza el atentado, escapar y reaccionar asustados. Cuando llega la tranquilidad, todos tendemos a ayudarnos. Eso sí, puede haber una excepción: los psicópatas, definidos como las personas que no tienen empatía por los demás. Se estima que son aproximadamente el 10% de la población. En el triste suceso del tren de Angrois (Galicia), la población de la zona fue aclamada por sus labores humanitarias. No tiene lógica: no ayudar a alguien que está desangrándose es una falta gravísima a nivel jurídico moral.
Se ha valorado de forma positiva la “unión de los políticos”. Es lógico y normal: es completamente estúpido e inmoral no estar en contra de los atentados. Lo difícil es que esta unión permanezca en el tiempo. Así, al PP se le acusará de aprovechar la situación para endurecer las libertades de todos. A Podemos, de no suscribir el pacto antiyihadista. Al PSOE, de lo que sea. A la CUP, de insolidaria por la exigencia de que el Rey o Rajoy no estén en la manifestación. Y así sucesivamente.
Se ha comentado que “no coartarán nuestra libertad”. Muchas veces un comentario expresa lo contrario de lo que dice. Es como cuando un equipo de fútbol dice que “el entrenador no corre peligro” o cuando un presidente dice que cierto ministro “tiene toda su confianza”. Pues bien, claro que coartan nuestra libertad. Y nos da más respeto acudir a lugares transitados. Un ejemplo muy sencillo que expresa esta idea viene dado por la estampida que hubo en Turín entre aficionados que se encontraban en una plaza animando a su equipo, la Juventus. Si no existiese temor hacia un atentado, es muy difícil que hubiese ocurrido semejante suceso.
Las concentraciones y protestas de repulsa se han sentido a lo largo de muchas ciudades, y bien está que sea así. Pero no ejercen una labor que presione al autor del atentado, como ocurrió a lo largo de los tristes tiempos en los que ETA se dedicaba a “socializar el sufrimiento”. Al Estado Islámico o a todos que actúan inspirados por el mismo (es fundamental conocer si existía algún tipo de conexión entre la célula de Ripoll y el IS) no les importa demasiado si a las protestas van 10 personas o 10 millones. Posiblemente prefieran el segundo escenario: eso quiere decir que su influencia es mayor.
No se puede olvidar que la probabilidad que tenemos de morir en atentado es ínfima. Lo que ocurre es que la perspectiva nos aterra ya que no tenemos ningún tipo de control sobre lo que puedan hacer los terroristas. Es mucho más fácil morir en accidente de coches o ahogados. De hecho, después de los atentados del 11S los muertos en carretera en Estados Unidos se dispararon. Eso era debido a que se usaba más el coche para realizar recorridos largos. Curiosamente, el medio de locomoción más seguro es el ascensor. Por desgracia Rocío, la chica que murió aplastada por un ascensor en un hospital de Sevilla, no puede decir lo mismo.
Los mecanismos de seguridad son cada vez más eficientes. Por desgracia, no podemos conocer la tasa de éxitos de los atentados abortados. Dos ideas. Uno, en opinión de muchos expertos, cuando se escucha algún discurso incendiario en alguna mezquita los propios musulmanes avisan a las autoridades. Dos, hoy en día se puede controlar las páginas web que visita cada usuario de Internet. Vamos, que no es tan sencillo bajarse un tutorial para hacerse una bomba casera, a no ser que uno no sea sospechoso. Sí, eso es lo que ocurrió en el caso que nos ocupa. Pero la falta de experiencia en el manejo de artefactos caseros provocó una explosión conocida por todos. Además, cada atentado estimula la colaboración entre los diferentes cuerpos policiales, sean nacionales o extranjeros. Sí, habrá más muertes. Pero los avances tecnológicos y el uso de diferentes cortafuegos para evitar muchos tipos de ataques nos hacen ser menos pesimistas.
Países como Israel, amenazado por muchos vecinos, han logrado reducir drásticamente los atentados que sufrían. ¿Por qué no aprender o conocer sus técnicas de prevención?
Para terminar, recordemos que la mayor parte de los atentados islamistas matan a musulmanes. Eso es debido a la guerra civil existente entre suníes y chiíes.
Ay, la guerra.